India: El «exceso de propaganda» puede complicar la imagen de un líder

India

El odio y la sed de venganza han estado en piloto automático desde que terroristas asesinaron a 26 turistas en el prado alpino de Baisaran, cerca de Pahalgam, en el sur de Cachemira, la cálida tarde del 22 de abril. Esto está enturbiando las aguas para el gobierno… y para la India.

Detrás de la belicosidad y el tamborileo antimusulmán se encuentra el elaborado y cuidadosamente construido universo propagandístico del ala Hindutva, que ha prosperado durante el mandato del primer ministro Narendra Modi.

En 2014, cuando Modi estaba por lanzarse como primer ministro, su jefe de campaña, el entusiasta estratega Amit Shah —hoy ministro del Interior de la Unión— se jactó en una reunión con la célula informática del BJP (la “fábrica de mentiras”) de que su ecosistema contaba con 3,2 millones de grupos de WhatsApp, capaces de hacer creíble cualquier cosa en cuestión de minutos. Virtudes goebbelsianas en su máxima expresión.

La propaganda que se genera tiene como objetivo establecer a Modi como un superhéroe mágico, al estilo del personaje de cómic Phantom, que puede hacer lo que quiera, cuando quiera, gracias a su valentía y recursos infinitos, para realizar actos audaces y mágicos que le den la victoria.

Pero el “exceso de propaganda” puede llevar al líder a cabalgar un tigre —y eso ya no es tan mágico, porque bajarse implica un riesgo evidente: el tigre es carnívoro.

En un mundo de restricciones estratégicas, límites económicos y presiones geopolíticas, el líder necesita tiempo para reflexionar y mecanismos para moderar las expectativas infladas por los efectos negativos de la propaganda desbordada.

Sin filtros, sin mediciones, sin calibraciones ni anclas, lo que se pensó para ensalzar puede dañar al héroe político. Eso es exactamente de lo que es culpable el burdo ecosistema de propaganda tras la atrocidad de Pahalgam. Ha llevado al país a creer que un ataque militar para darle una lección a Pakistán es cuestión de días —si no de horas.

El jefe de la RSS, Mohan Bhagwat, ya sea por ingenuidad o por cálculo, también se subió al escenario, exponiendo su versión de estrategia político-militar, invocando el llamado superior del “dharma” para castigar a los malhechores y dándonos un sabor del siglo XXI de aquella escena en que el Señor Krishna guía a Arjuna antes de la batalla —solo que aquí, es Bhagwat quien susurra el mantra en los oídos de Modi, pero a través de un megáfono.

Afortunadamente, el primer ministro no está desconectado del mundo real.

Interrumpió su viaje a Arabia Saudita al enterarse del brutal ataque a turistas inocentes —el peor hecho de este tipo dentro de la historia de la interferencia terrorista inspirada por Pakistán en Cachemira— donde los civiles fueron atacados por su religión. Volvió de inmediato y habló en un acto en Bihar, en plena campaña electoral.

Invocó la ira y la indignación justa, y apeló a la determinación, pero eligió cuidadosamente sus palabras al pronunciar unas pocas frases en inglés, dejando en claro que no quería poner a prueba el hindi de los interlocutores extranjeros de la India.

Con deliberación, anunció que los responsables del ataque, y sus colaboradores, serían “perseguidos hasta los confines de la tierra”, es decir, que los individuos y las organizaciones malignas serían identificados y castigados. Se abstuvo de culpar directamente a ningún país.

Esto seguramente calmó los ánimos en el plano internacional. Con Europa y Asia Occidental ya sumidas en guerras, las capitales del mundo necesitaban garantías de que no estallaría otro conflicto entre dos potencias nucleares, iniciado por la India. Modi estaba enviando la señal de que, bajo su liderazgo responsable, la India encontraría otros medios adecuados para hacer justicia.

Y lo hizo. Anunció la suspensión del Tratado de Aguas del Indo. Eso hizo estallar de júbilo a sus seguidores y a los guerreros de los estudios de televisión, aunque seguían pidiendo más.

Los analistas explicaron que el desvío de aguas hacia Pakistán no podría detenerse por años, ya que se requiere tiempo para construir la infraestructura necesaria, lo que claramente desinfló los ánimos de los belicistas y los empujó a redoblar su presión por una guerra.

Modi, atrapado en la telaraña que él mismo ayudó a tejer, encontró una salida astuta al anunciar, tras reunirse con la cúpula militar y sus principales ministros, que el gobierno había decidido dar “libertad de acción” al ejército para actuar ante la situación.

Hubo aplausos generalizados, lo cual entusiasmó a los narradores del régimen, aunque lo cierto es que las fuerzas armadas siempre tienen libertad de planificación, y no hay nada nuevo en ello.

Con sus planes listos, lo que buscan es la aprobación política del gobierno —pero el primer ministro y sus allegados lo presentaron como si ahora fuera decisión de los militares atacar “cuando llegue el momento”.

Aun así, por las dudas, el astuto ministro del Interior —un hábil estratega y manipulador consumado de aliados leales— reiteró el mensaje del primer ministro el 1 de mayo, nueve días después del ataque en Baisaran, asegurando que bajo el liderazgo de Modi, el gobierno perseguiría “hasta los confines de la tierra” a los responsables. Esto fue otro intento de desviar la atención de la locura belicista que intentan azuzar los propagandistas fraternales y sus famosos grupos de WhatsApp.

¿Hacia dónde vamos?

El Consejo de Seguridad de la ONU condenó el terrorismo y expresó condolencias a las víctimas, pero ningún país nombró a Pakistán como quizás India esperaba. De hecho, gracias a China, ningún grupo terrorista con base en Pakistán pudo ser mencionado, a pesar de que The Resistance Front —que según inteligencia india y muchos habitantes de Cachemira opera como un brazo de Lashkar-e-Taiba— se atribuyó el atentado en Pahalgam, aunque luego se retractó.

EE. UU., el Reino Unido, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos —todos países con los que India mantiene relaciones amistosas en un amplio espectro— dijeron todo lo políticamente correcto, pero aconsejaron dialogar con Pakistán. Así está el panorama diplomático.

¿Y en lo militar? Si se descarta una guerra abierta, como parece probable, ¿será un ataque directo con misiles, o una operación aérea como en Balakot, en el interior de Pakistán (más allá de POK, que India reclama) tras el atentado suicida en Pulwama en 2019? ¿Habrá acción de fuerzas especiales? ¿O alguna combinación de ambas?

Es difícil decirlo, pero vale una advertencia: en círculos de seguridad y entre algunos diplomáticos, existe la sensación de que en 2019 la India elevó el umbral estratégico al atacar con aviones a Pakistán —y que ahora eso se ha convertido en la nueva normalidad.

Esto es una temeridad en expansión. Es evidente que el llamado “umbral más alto” —que en realidad es un umbral más bajo de tolerancia— no ha generado ningún tipo de disuasión frente a los terroristas pakistaníes.

A nivel internacional, muchos se preguntan si India realmente tiene una doctrina nuclear elaborada o solo una consigna que se hace pasar por doctrina. También se ha cuestionado si existe una doctrina militar general, especialmente frente a un adversario como Pakistán, que ha demostrado ser experto en el uso de terroristas y mercenarios.

Nota: esta es un artículo republicado del medio «The Wire» a través de un acuerdo de cooperación entre ambas partes para la difusión de contenido periodístico. Link original.

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Anand K. Sahay es un periodista y comentarista político radicado en Nueva Delhi.