India reabre una de las centrales nucleares más antiguas del mundo — y eso es apenas el comienzo de su apuesta atómica

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La reactivación de los reactores originales de Tarapur, inaugurados en 1969, condensa seis décadas de ambición nuclear india: la estrategia de tres etapas basada en torio, la sombra de la bomba de 1974 y una dependencia del uranio australiano que Modi acaba de reforzar.

Cuando la Central Atómica de Tarapur abrió sus puertas en 1969, India era una nación orgullosamente independiente, ansiosa por hacerse un nombre en el escenario global. El país se desarrollaba a ritmo acelerado y la autosuficiencia económica era prioridad absoluta tras las grandes hambrunas y las guerras con sus vecinos. Casi seis décadas después, al reiniciar esos mismos reactores, India está atravesada por preocupaciones sorprendentemente similares: montada sobre la ola nacionalista del gobierno de Narendra Modi, trabaja para convertirse en la próxima superpotencia global, mantiene escaramuzas ocasionales con China y Pakistán, y redobla su apuesta por la autosuficiencia.

La reactivación de Tarapur —hoy una de las centrales nucleares más antiguas del mundo en operación, tras la aprobación de una extensión de vida útil por diez años— cuenta una historia sobre la ambición india, sus prioridades de defensa y su dependencia de países como Australia. «Mientras India avanza hacia un futuro energético más limpio y seguro, Tarapur sigue siendo un símbolo de innovación, resiliencia y excelencia tecnológica», celebró la Corporación de Energía Nuclear de India.

La central nuclear de Tarapur está ubicada en Tarapur, Palghar, India. Fue la primera central nuclear comercial construida en la India. Es la cuarta central nuclear más grande del país. Cuenta con 4 reactores: 2 BWR-1 de 160 MWe cada uno y 2 IPHWR de 540 MWe cada uno.

Nacimiento de una potencia atómica

Tras sacudirse el yugo del Imperio Británico, India estableció su comisión de energía atómica en 1948. Con combustible del Reino Unido y tecnología canadiense construyó reactores de investigación en los años cincuenta, pero la generación comercial recién llegó con Tarapur. Desde entonces, el país fijó —e incumplió— repetidamente metas ambiciosas de expansión nuclear. Hoy la energía atómica aporta apenas el 3% de la red eléctrica, aunque el gobierno anunció el año pasado que la llevará al 10%, unos 100 gigavatios, para 2047, centenario de la independencia.

El escepticismo académico no falta. M.V. Ramana, de la Universidad de Columbia Británica, recuerda que las expectativas infladas son un clásico del sector: en los setenta, Estados Unidos proyectaba mil reactores para fin de siglo y construyó unos cien. A escala global, la participación nuclear en la generación cayó de un pico del 17% en 1996 al 9% en 2024, en parte porque las centrales «son muy caras y, en definitiva, una forma muy complicada de hervir agua mediante un proceso peligroso».

Buda, bombas y el aislamiento

Los reactores de Tarapur llevaban pocos años funcionando cuando India tomó una decisión trascendental: detonar una bomba nuclear. La explosión subterránea de 1974 en el sitio de pruebas de Pokhran, bautizada Operación Buda Sonriente, se presentó como un avance en los usos «pacíficos» del átomo. Pero, sumada a la negativa india a firmar el Tratado de No Proliferación, sacudió al mundo. Estados Unidos suspendió las exportaciones de uranio enriquecido en 1980 e India quedó mayormente excluida del comercio global de combustible y tecnología nuclear.

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Funcionarios recorren la central nuclear de Tarapur, recientemente remodelada, tras la aprobación de una extensión de su vida útil por 10 años.

Nueva Delhi siempre consideró «muy injusto» el tratado, que consagró a los cinco estados que habían testeado armas antes de 1967 —incluida su rival China— y prohibió al resto desarrollarlas. El resultado, en palabras de la académica Marianne Hanson, fue un mundo dividido entre «los que tienen la bomba y todos los demás». Hoy India posee un arsenal estimado de 190 ojivas nucleares: algo más que Pakistán, un tercio del de China.

La estrategia de las tres etapas y el as del torio

Aislada y con escasas reservas de uranio, India no abandonó sus ambiciones. El padre del programa nuclear, Homi Jehangir Bhabha, diseñó una estrategia de tres etapas basada en recursos y experiencia locales. Primero, reactores de agua pesada presurizada que consumen mucho menos uranio natural y no requieren enriquecimiento, y que además producen plutonio. Segundo, reactores reproductores rápidos alimentados con ese plutonio: en abril de este año, un prototipo de 500 megavatios alcanzó la criticidad, un hito mayúsculo. Estos reactores «generan más combustible del que consumen» y pueden producir uranio-233 a partir del torio, uno de los elementos más abundantes del planeta. La tercera etapa —una nueva generación de reactores a base de torio— sellaría la independencia energética india.

La apuesta tiene fundamento geológico: el torio es tres veces más abundante que el uranio e India posee las mayores reservas mundiales, estimadas en 850.000 toneladas. Como explica el ingeniero nuclear Edward Obbard, de la UNSW, para países sin uranio propio «el torio es una opción estratégica», con la ventaja adicional de generar residuos menos problemáticos y estar sujeto a regulaciones más laxas, por estar «muchos pasos más lejos» de servir para fabricar un arma.

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Hoy la energía atómica aporta apenas el 3% de la red eléctrica, aunque el gobierno anunció el año pasado que la llevará al 10%, unos 100 gigavatios, para 2047, centenario de la independencia

El deshielo y la carta australiana

India sigue sin firmar el Tratado de No Proliferación, pero su invierno nuclear comenzó a descongelarse. El acuerdo de 2008 con el Grupo de Proveedores Nucleares abrió la puerta a las importaciones, y siguieron pactos de cooperación con Estados Unidos, Rusia, Francia, Reino Unido, Corea del Sur y Canadá. El acuerdo de 2015 por uranio australiano fue reforzado este mes con un «acuerdo administrativo» que garantiza el uso exclusivamente pacífico del combustible, sellado durante la visita de Modi a Melbourne. El premier indio afirmó que el pacto dará «nuevo impulso» a los objetivos de energía limpia y es «importante para nuestra seguridad estratégica».

Los críticos no se apaciguan: Ramana considera «bastante injusto» que India importe tecnología nuclear sin haber firmado el tratado que otros aceptaron a cambio de ese acceso, e India mantiene ocho reactores fuera de la supervisión del Organismo Internacional de Energía Atómica. Hanson advierte el riesgo de fondo de todo programa civil: con tecnología, materiales y determinación, el uranio puede enriquecerse hasta grado militar.

Pequeños reactores, grandes preguntas

India opera hoy 24 reactores, construye ocho y tiene una docena más en carpeta. Los dos reactores originales de Tarapur, fuera de servicio desde 2020, aportan apenas 150 megavatios cada uno — lo suficientemente pequeños, ironiza Ramana, para calzar en la última moda del sector: los reactores modulares pequeños (SMR), etiqueta que India evita «porque quiere presentarlo como algo realmente nuevo». Y el camino no está despejado: la central de Kudankulam, de construcción rusa, enfrentó protestas masivas, y para varios especialistas las renovables siguen siendo más rápidas y baratas para un país donde millones aún carecen de acceso suficiente a energía moderna.

Entre la épica de la autosuficiencia y la aritmética de los costos, Tarapur vuelve a encenderse como lo que siempre fue: menos una central eléctrica que una declaración de principios.

 

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Periodista con sede en Brasil, experto en Relaciones Internacionales.