La producción de petróleo en Alaska atraviesa una nueva etapa de crecimiento en un momento en que Japón y otros países con alta dependencia del crudo de Medio Oriente buscan diversificar sus fuentes de abastecimiento. La guerra entre Estados Unidos e Irán y el cierre del estrecho de Ormuz han alterado el mercado energético internacional, impulsando a Tokio a reforzar sus vínculos con productores considerados más estables.
La necesidad de encontrar rutas alternativas para garantizar el suministro se volvió más urgente tras la interrupción del tránsito por el estrecho de Ormuz, un paso clave para el transporte mundial de petróleo. La prolongada incertidumbre sobre el futuro de esa vía marítima elevó la preocupación de Japón, cuya economía depende en gran medida de las importaciones de energía.
En ese contexto, la primera ministra Sanae Takaichi planteó durante su reunión con el presidente estadounidense Donald Trump, celebrada en Washington en marzo, la conveniencia de ampliar la cooperación para incrementar la producción de energía en territorio estadounidense. Trump respondió destacando que Japón es uno de los principales compradores de petróleo y gas de Estados Unidos y señaló especialmente el potencial de Alaska, cuya ubicación permite reducir los tiempos de transporte hacia Asia a través del océano Pacífico.
La estrategia comenzó a reflejarse poco después. A comienzos de junio, un buque con petróleo extraído en Alaska llegó a una refinería cercana a Tokio, en lo que representó el primer envío desde ese estado hacia Japón desde el inicio del conflicto entre Washington y Teherán.
El centro de esta nueva etapa es el yacimiento de Prudhoe Bay, ubicado en la región de North Slope, frente al océano Ártico. Considerado el mayor campo petrolero de América del Norte, alberga una extensa red de plataformas y oleoductos sobre la tundra, donde se calcula que aún existen miles de millones de barriles recuperables.
La actividad en la zona se ha intensificado durante los últimos meses. Trabajadores que operan en los campos petroleros aseguran que el movimiento es muy superior al registrado el año anterior, impulsado por la reanudación de perforaciones exploratorias autorizadas para la empresa ConocoPhillips después de varios años sin nuevos permisos.
Las proyecciones oficiales elaboradas antes de que el conflicto alterara los mercados energéticos ya anticipaban un aumento importante de la producción de crudo en Alaska durante este año, el mayor crecimiento en varias décadas luego de un largo período de declive.
El impulso también responde al cambio de política energética aplicado por la administración de Trump. En su primer día de regreso a la Casa Blanca firmó una orden ejecutiva destinada a acelerar la aprobación de permisos para proyectos energéticos en tierras federales y estatales. La medida dejó sin efecto restricciones impuestas durante la presidencia de Joe Biden sobre la explotación de hidrocarburos en zonas del Refugio Nacional de Vida Silvestre del Ártico y reactivó proyectos que habían quedado suspendidos.
Al mismo tiempo, el gobierno estadounidense dio prioridad al desarrollo de un gran proyecto de gas natural licuado en Alaska. La iniciativa contempla la construcción de un gasoducto que unirá Prudhoe Bay con el puerto de Nikiski, desde donde el combustible podrá ser exportado hacia los mercados asiáticos.
Empresas energéticas japonesas ya manifestaron su interés en participar mediante acuerdos preliminares para adquirir parte de la producción futura. Compañías de Corea del Sur, Taiwán y Tailandia también avanzaron en compromisos similares, reflejando el creciente interés regional por nuevas fuentes de suministro.
Sin embargo, el desarrollo petrolero también genera preocupación entre las comunidades indígenas que habitan el norte de Alaska. En la localidad de Nuiqsut, donde reside población inuit dedicada tradicionalmente a la caza y la pesca, varios habitantes advierten que la expansión de la actividad industrial modificó las rutas migratorias de los animales de los que dependen para subsistir.
La exalcaldesa Rosemary Ahtuangaruak reconoce que los ingresos provenientes del petróleo permitieron mejorar escuelas, infraestructura y el acceso al gas natural, pero sostiene que esos beneficios tienen un costo elevado para el modo de vida tradicional de su comunidad. A su juicio, la prioridad económica ha desplazado la protección de los recursos naturales que durante generaciones garantizaron la supervivencia de los pueblos originarios.
La dirigente también lanzó una advertencia dirigida a los países que dependen de las importaciones energéticas. Consideró que basar el abastecimiento en recursos provenientes del exterior incrementa la vulnerabilidad frente a las crisis internacionales y obliga a mantener una permanente búsqueda de nuevas fuentes de suministro, un desafío que hoy enfrenta Japón mientras intenta reducir su exposición a la inestabilidad en Medio Oriente.












