Entre 1964 y 1973, mientras China atravesaba la Revolución Cultural y superaba los 700 millones de habitantes, Quino convirtió a los chinos en la metáfora más recurrente del asombro ante lo inabarcable. Un análisis de las 10 tiras donde China aparece como personaje sin estar presente.
Mafalda se publicó entre el 29 de septiembre de 1964 y el 25 de junio de 1973. Nueve años exactos. En ese mismo período, China vivió algunos de los episodios más convulsivos de su historia moderna: el censo de 1964 que reveló 694 millones de habitantes, el lanzamiento de la Revolución Cultural por Mao Zedong en 1966, el caos de los Guardias Rojos, el aislamiento internacional del país y, hacia el final de la tira, la histórica visita de Nixon a Pekín en 1972 que abrió una nueva era geopolítica.
Quino no era corresponsal en Pekín. Era un dibujante de Buenos Aires que leía los diarios y miraba el mundo con una mezcla de indignación y humor ácido. Pero China apareció en su obra con una frecuencia y una coherencia que merece ser leída como algo más que casualidad.
China como masa incomprensible
La imagen más recurrente en las tiras de Mafalda es la de China como sinónimo de cantidad desbordante, de una escala humana que el cerebro simplemente no puede procesar.
En la tira 904, Mafalda intenta imaginarse 700 millones de chinos juntos, falla, decide empezar de a poco con cuatro, representa cada uno con un puntito, va sumando filas de puntos hasta llenar el globo de diálogo y termina desmayada gritando «¡Socorro!».
Es un gag visual perfecto, pero también una descripción precisa del problema que China le planteaba al mundo occidental en esos años: era simplemente demasiado grande para ser conceptualizada.

Esa misma lógica reaparece en la tira de la guía telefónica, donde Mafalda busca algo, ve que la página está repleta de «Pérez» repetidos hasta el infinito y concluye: «los Pérez son a la guía telefónica lo que los chinos a la población mundial».
La comparación equipara la masa china con lo cotidianamente abrumador, lo que te enfrenta a tu propia pequeñez cuando intentás encontrar algo específico en un océano de igualdad aparente.

En 1964, el censo chino había arrojado 694 millones de personas. Para la Argentina de entonces —menos de 23 millones de habitantes— esa cifra era literalmente inconcebible. Quino la convirtió en material cómico, pero el asombro era genuino.

Mao Tse-Tung como amenaza geopolítica de bolsillo
En la tira 380, Mao aparece citado de manera explícita pero no por Mafalda sino por su padre, quien le comenta: si los 700 millones de chinos se pusieran de acuerdo y dieran al mismo tiempo una patada en el suelo, el resto del mundo la pasaría mal. El adulto se ríe. Mafalda no. «No es gracioso», dice el papá al final, cambiando de posición ante la mirada fija de la nena.
La tira captura algo real: en el imaginario de los años 60, la China de Mao era percibida como una amenaza de otro orden, una potencia que no necesitaba tecnología nuclear sofisticada sino simplemente coordinación demográfica para volverse apocalíptica. Era el miedo a la masa movilizada, al «Gran Salto Adelante» llevado a su extremo absurdo.
La Revolución Cultural estalló en 1966, en plena publicación de Mafalda. Mao movilizó a millones de jóvenes Guardias Rojos para purgar al partido, destruir el patrimonio cultural «burgués» y reinstalar su culto personal. El mundo miraba con una mezcla de horror y perplejidad.
China comunista como otredad política
Varias tiras trabajan con la China comunista como concepto político antes que geográfico. En una de ellas, Mafalda le pregunta a su mamá si cree que China es comunista mientras hacen burbujas de jabón.
La madre elude la pregunta con el clásico «eso creo», y Mafalda repite la pregunta al final, ignorando las burbujas que la habían entrenido unos instantes. La estructura es perfecta: el comunismo chino como pregunta que los adultos no quieren responder.

En otra tira, Susanita narra un sueño en el que su mamá la manda a visitar a su abuela enferma en «China comunista», versión Caperucita Roja donde el lobo es un guardia rojo que le pregunta «¿adónde vas, simpática burguesa?». Mafalda responde: «es mentira que lo soñaste».
Pero Susanita le responde dándole a entender que de lo que estaba hablando realmente era de una trama de intrigas tipo Guerra Fría, narrativa que en esa época separaba al mundo en dos bandos desconocidos y sobre los que había mucha propaganda, a favor y en contra, desperdigada por doquier. Esto hacía todavía más difícil que ambos lados del mundo pudieran conocerse entre sí, y que pudieran recibir información fehaciente el uno del otro.

El juego literario es brillante, pero el sustrato político también: China como espacio donde los valores del mundo conocido se invierten, donde la abuela enferma puede estar al otro lado de la Cortina de Bambú y donde Susanita puede ser descubierta como una enemiga del régimen maoísta por ser, de manera evidente, extranjera y capitalista.
El color del mapamundi
Una tira que parece frívola resulta ser la más geopolíticamente precisa. Miguelito dice que los colores del mapamundi están mal. Mafalda le da la razón con un argumento propio: «¡China tendría que estar amarilla!… ¡O roja!».
Cuando Miguelito revela que en su mapa China está verde, Mafalda exclama aliviada: «¡Por suerte, Miguelito, por suerte!».

Es una visión, muy de aquellos años, que no involucra la complejidad histórica del país, pero Quino la retrata sin caricaturizarla demasiado: así pensaba la gente, así se hablaba en las casas, muestra.
Los chinos de antes y los de ahora
Una de las tiras más sutiles tiene a Susanita hablando de las tazas de té chinas de su tía: «son de cuando los chinos hacían cosas lindas, porque antes los chinos no eran malos».
La secuencia de «sí, bueno… pero luego, la vida, las malas compañías…» termina con Susanita desconcertada: «yo no sé qué le pasó a esos muchachos».

La tira replica literalmente el discurso que la clase media latinoamericana tenía sobre China: la separación entre la China imperial y artesanal —tazas de porcelana, proverbios sabios— y la China comunista de Mao, que habría «tomado el mal camino». Es una visión que infantiliza e ignora por completo la complejidad histórica del país, pero Quino la retrata sin caricaturizarla demasiado: así pensaba la gente, así se hablaba en las casas.
Las malas compañías a las que hace referencia Susanita son los comunistas. Porque debe recordarse que China pocos años antes de la publicación de Mafalda había sido uno de los principales protagonista del bando de los Aliados, alineados con Washington durante la Segunda Guerra Mundial y que libró la resistencia más prolongada, desde 1937 hasta 1945, contra el fascismo que representaba Japón en Asia. De allí que diga que antes «los chinos no ran malos».

El poderío bélico ruso-chino-norteamericano
La última tira del corpus es quizás la más austera y la más poderosa. Mafalda lee en el diario: «el presente cuadro comparativo da una idea del poderío bélico ruso-chino-norteamericano». En el cuadro siguiente, sin palabras, está frente al globo terráqueo. Silencio.

Eso es todo. No hace falta el remate. La escala del problema —las tres potencias que dividían el mundo, con China ya ensayando su primer dispositivo nuclear desde 1964— no admite chiste. Quino lo sabe y no lo intenta. De ahí que el sobre se lea «Sr. Juez», como quien deja una nota explicativa antes de escapar.
Lo que Quino vio desde Buenos Aires
En los nueve años de Mafalda, China fue para Quino exactamente lo que era para la mayoría de los latinoamericanos de clase media ilustrada: una presencia enorme, lejana, incomprensible en su escala, inquietante en su política, admirable en su pasado y amenazante en su presente. No había matices, no había información directa, no había corresponsales en Pekín que escribieran para Clarín. Había cifras astronómicas, había Mao en los titulares, había el Libro Rojo circulando entre estudiantes, había el miedo difuso a que 700 millones de personas se pusieran de acuerdo en algo.
Lo notable es que esa mirada —limitada, culturalmente condicionada, genuinamente asombrada— resulta hoy un documento histórico de primer orden. No sobre China, sino sobre cómo el mundo observaba a China antes de que empezara a hacerse más concreta y visible.
Argentina y China: dos países no tan conocidos entre sí
Hay una dimensión diplomática que vuelve todo aún más significativo. Cuando Quino publicaba sus tiras sobre los chinos, Argentina ni siquiera reconocía oficialmente a la República Popular China. Desde 1945, el gobierno argentino mantenía relaciones diplomáticas exclusivamente con la República de China, es decir, con Taiwán.
En el contexto de la Guerra Fría, los sucesivos gobiernos —tanto democráticos como dictaduras militares— mantuvieron una postura anticomunista que hacía impensable cualquier acercamiento con el régimen de Mao Zedong.
Por ello, entre 1951 y 1971, Argentina votó sistemáticamente en las Naciones Unidas contra el ingreso de la China comunista al organismo, respaldando la permanencia de Taiwán en el Consejo de Seguridad.
Cabe destacar que, en junio de 1964, el general Juan Carlos Onganía realizó una visita de Estado oficial a Taiwán (República de China) como Jefe del Ejército Argentino. Invitado por el ejército taiwanés, Onganía recibió todos los honores presidenciales. Este viaje, ampliamente difundido, sirvió como escaparate ideológico de su firme postura anticomunista durante la llamada «Cold War» en inglés.
El panorama cambió en 1971, cuando la ONU aprobó la Resolución 2758 y reconoció a la República Popular China como el único representante legítimo del país en el organismo internacional. Ese giro forzó a la dictadura de Alejandro Agustín Lanusse a revaluar su estrategia exterior. El 19 de febrero de 1972, Argentina rompió con Taipéi y estableció relaciones diplomáticas formales con Pekín.
La tira de Mafalda terminó de publicarse el 25 de junio de 1973. Es decir: durante prácticamente toda su existencia, Quino dibujó a un país con el que Argentina no tenía relaciones diplomáticas, al que no podría haber viajado con facilidad, del que no llegaba casi información, y cuya existencia oficial el propio Estado argentino negaba en los foros internacionales.
Esa China que Mafalda no podía imaginarse era también, en términos diplomáticos, una China que oficialmente no existía para Buenos Aires.
El cierre irónico: Mafalda terminó publicándose en China
Hay un epílogo que Quino no escribió pero que la historia redactó por él. En 1976, tres años después de que la tira dejara de publicarse, la escritora taiwanesa Chen Maoping —conocida por su seudónimo literario Sanmao— tradujo Mafalda al chino.
Lo hizo, según cuenta ella misma, después de que su esposo comprara un ejemplar en la única librería del Sáhara mientras vivían en el desierto africano.

Mafalda llegó al mundo sinoparlante con un título completamente diferente: Las cosas de este mundo a través de los ojos de los pequeños. El nombre de Sanmao aparecía en la portada más grande que el de Quino.
La traducción fue un éxito. Sanmao no solo adaptó expresiones y giros idiomáticos: cambió onomatopeyas, ajustó referencias culturales y acercó a Mafalda a una lectora china.
Curiosamente, Quino no se enteró de la publicación hasta tiempo después —la edición taiwanesa circuló sin que el autor hubiera dado su autorización formal.

Desde entonces, Mafalda tuvo múltiples ediciones en chino. La más reciente, lanzada en 2024 con motivo del 60° aniversario de la tira, fue publicada por la editorial NeoCogito en cinco tomos de tapa dura con una nueva traducción.
Wang Rufei, responsable de esa edición, declaró: «Todavía conservo mi edición de 1999 toda deshojada de tanto leerla. Mafalda se ha convertido en un programa vital que orienta mi vida cotidiana».
La nena que no podía imaginarse 700 millones de chinos juntos terminó siendo leída por muchos de ellos. Quino dibujó a China como lo incomprensible y lo lejano. China le devolvió el gesto volviéndola propia.
Co-fundador de ReporteAsia.














