Elon Musk anticipa que China liderará la carrera global de la inteligencia artificial y que las prohibiciones de chips no alcanzarán para frenarla

China

En una entrevista con The Economist, el empresario sostuvo que el cuello de botella de la IA dejó de ser el diseño de semiconductores para pasar a ser la electricidad, un terreno donde China lleva una ventaja estructural. También advirtió que Washington puede prohibir a sus empresas usar modelos chinos, pero no puede impedir que el resto del mundo los adopte.

Elon Musk introdujo un giro incómodo en el debate estadounidense sobre la competencia tecnológica con China. En una entrevista con The Economist, el CEO de Tesla y SpaceX planteó que existe una posibilidad concreta de que China se convierta en el líder mundial de la inteligencia artificial, y argumentó que las políticas de bloqueo comercial impuestas por Occidente no bastarán para frenar el avance del gigante asiático.

El planteo no es menor viniendo de quien lo formula: Musk dirige xAI, uno de los laboratorios estadounidenses de frontera, y su lectura contradice frontalmente el supuesto que sostiene la estrategia de contención tecnológica de Washington desde 2022.

El cuello de botella cambió de lugar

El eje del argumento es un desplazamiento conceptual. Para Musk, la carrera ya no se define únicamente por el diseño de semiconductores sino por la capacidad real de encender y refrigerar los centros de datos. La restricción actual, sostuvo, pesa hoy algo más sobre la energía y el enfriamiento que sobre los propios chips de IA, porque el ritmo al que se fabrican esos chips excede el ritmo al que se incorpora nueva generación eléctrica fuera de China.

Los números que viene manejando el empresario dan cuerpo a esa tesis. Según sus estimaciones, China alcanzaría este año una generación eléctrica cercana al triple de la estadounidense, tras haber sumado unos 500 teravatios-hora en un solo ejercicio, con alrededor del 70% proveniente de energía solar. En Davos, meses atrás, Musk había resumido el problema del lado norteamericano con una frase que hizo ruido en el sector: Estados Unidos está en camino de producir más chips de los que puede encender, sobre una red eléctrica envejecida y subinvertida durante décadas.

La paradoja del embargo: menos chips, más eficiencia

El segundo argumento es más contraintuitivo. Musk señaló que, precisamente porque Estados Unidos prohibió la exportación de sus chips de IA más avanzados, China quedó en una situación de escasez que la obligó a volverse mucho más eficiente en el uso del hardware disponible. Y citó un ejemplo concreto: lo llamativo de Kimi K3, el modelo de la startup china Moonshot AI, es justamente su eficiencia.

El dato conecta con la disputa que estalló esta semana entre Washington y Beijing, cuando funcionarios estadounidenses acusaron a Moonshot de haber destilado su modelo a partir de un sistema de Anthropic y el secretario del Tesoro Scott Bessent advirtió con sanciones. Para Musk, ese tipo de medidas no altera la trayectoria de fondo.

A eso sumó una advertencia sobre el horizonte del hardware: China estaría más cerca de lo que la mayoría supone de resolver el problema de la litografía, el eslabón que hoy la mantiene dependiente de la tecnología occidental. Si lo consigue, podría fabricar chips de IA en volúmenes muy grandes, y toda la arquitectura de controles a la exportación perdería su razón de ser. El desaceleramiento de la ley de Moore —el salto de 3 a 2 nanómetros aportó apenas un 10% de mejora en rendimiento— trabaja en la misma dirección: cuanto menos rinde estar en la frontera, menos vale la ventaja de quien la ocupa.

«Prohibir no alcanza»: el límite jurisdiccional

Consultado sobre la posibilidad, hoy en discusión en Washington, de restringir el uso de modelos chinos de pesos abiertos por parte de empresas estadounidenses, Musk fue directo: no cree que esa medida ayude, y sostuvo que no impedirá que China se convierta en líder del sector.

Su razonamiento apunta a un límite estructural del poder regulatorio norteamericano. El gobierno estadounidense puede aprobar una ley que impida a sus propias compañías utilizar modelos chinos, pero carece de autoridad sobre China o sobre el resto del mundo. En un ecosistema donde los modelos de pesos abiertos se descargan y ejecutan localmente, la prohibición nacional se traduce en una desventaja competitiva doméstica antes que en un freno externo.

Musk cerró su intervención con una recomendación que contrasta con el clima actual: cooperación entre Estados Unidos, China y las empresas del sector en materia de pruebas de seguridad, precisamente el canal que la escalada de sanciones amenaza con clausurar antes de que llegue a funcionar.

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Musk señaló que, precisamente porque Estados Unidos prohibió la exportación de sus chips de IA más avanzados, China quedó en una situación de escasez que la obligó a volverse mucho más eficiente en el uso del hardware disponible.

Lo que está en juego para Asia y para el Sur global

La tesis de Musk tiene consecuencias que exceden a sus dos protagonistas. Si el factor decisivo es la electricidad y no el silicio, la geografía del poder tecnológico se reordena alrededor de quién puede construir capacidad de generación rápido y barato. Ahí China no solo lidera en su propio territorio: es además el proveedor dominante de paneles solares, baterías, turbinas eólicas y equipamiento de red para buena parte del mundo en desarrollo, incluida América Latina.

Para las economías asiáticas la lectura es inmediata. Japón, Corea del Sur y Taiwán concentran capacidades críticas en semiconductores, pero enfrentan limitaciones severas de generación eléctrica y dependencia energética externa. El sudeste asiático, en cambio, se posiciona como destino de centros de datos apostando exactamente a la variable que Musk identifica como decisiva: energía disponible y barata.

Y para países como los latinoamericanos, que no producen modelos de frontera pero sí los adoptan, el escenario que describe el empresario tiene un costado favorable. Si los modelos chinos de pesos abiertos siguen ganando eficiencia y Washington no puede impedir su circulación global, la brecha entre quienes acceden a inteligencia artificial de punta y quienes no podría estrecharse más rápido de lo previsto. La contracara es la fragmentación: un ecosistema partido en dos bloques obligaría a elegir un lado en una competencia ajena.

La disputa por la inteligencia artificial, en definitiva, dejó de ser una historia de laboratorios para convertirse en una puja por infraestructura. Y en ese terreno, como señala Musk, las ventajas se construyen con hormigón, cables, circuitos, y no con decretos.

 

 

 

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Co-fundador de ReporteAsia.