Sanae Takaichi, de 64 años, escribió este sábado un capítulo histórico al convertirse en la primera mujer en liderar el Partido Liberal Democrático de Japón, quebrando el monopolio masculino de un partido que ha gobernado el país durante casi siete décadas. Con 185 votos contra 156, derrotó al carismático Shinjiro Koizumi en una segunda vuelta que muchos analistas consideraban imposible hace apenas un año.
Pero la celebración viene con un asterisco del tamaño del Monte Fuji. La propia Takaichi rechaza las políticas de igualdad de género, se opone al matrimonio igualitario, mantiene que las parejas deben compartir apellido tras casarse, y ha declarado públicamente que los planes de igualdad «pondrían en riesgo la estructura familiar tradicional japonesa». En un país que ocupa el puesto 118 de 146 en el Índice Global de Brecha de Género del Foro Económico Mundial, la pregunta persiste: ¿es suficiente con ser mujer para representar un avance para las mujeres?
El momento que nunca llegaba
Cuando el presidente de la sesión anunció los resultados finales en la sede del PLD en Tokio, el silencio inicial dio paso a una ovación. Por primera vez en 70 años de historia del partido conservador que ha moldeado el Japón de posguerra, una mujer ocupaba el máximo liderazgo. Takaichi, vestida con un traje azul oscuro, se inclinó profundamente en señal de respeto antes de dirigirse a sus compañeros de partido.
«En vez de sentirme feliz, tengo la sensación de que ahora empieza el trabajo duro», declaró con su característica seriedad. Ni una sonrisa, ni celebración efusiva. Solo la determinación de quien ha intentado tres veces llegar a la cima y finalmente lo logró.
Las redes sociales japonesas explotaron en un torbellino de reacciones contradictorias. El hashtag #女性初の総理 (primera mujer primera ministra) alcanzó el trending topic en minutos, pero los comentarios revelaban una sociedad profundamente dividida.
«Por fin una mujer al mando. Mis hijas podrán soñar en grande», escribió una usuaria desde Osaka. «Que sea mujer no significa nada si mantiene las mismas estructuras patriarcales», respondió otra desde Yokohama. Un tweet resumía la complejidad del momento: «Estamos celebrando que una mujer que no cree en los derechos de las mujeres rompe el techo de cristal. Dejemos que eso se asiente un momento».
La paradoja Takaichi: ¿Progreso para quién?
«Takaichi no tiene interés en los derechos de las mujeres o las políticas de igualdad de género», afirmó sin rodeos la profesora Yuki Tsuji, especialista en política y género de la Universidad Tokai, en una entrevista días antes de la elección. «Su victoria es histórica en términos simbólicos, pero en términos sustantivos podría significar un retroceso para las mujeres japonesas».
Las cifras respaldan la preocupación de Tsuji. Japón tiene apenas un 10% de mujeres en su parlamento nacional, el porcentaje más bajo entre las naciones del G7. Las mujeres ocupan solo el 13% de los puestos gerenciales en empresas. La brecha salarial de género es del 22%, una de las más altas del mundo desarrollado. Y la presión social para que las mujeres abandonen sus carreras al casarse o tener hijos sigue siendo abrumadora.
Takaichi no solo no ha propuesto abordar estos problemas, sino que activamente se opone a reformas que podrían aliviarlos. Lideró en 2004 un grupo del PLD contra la legislación que permitiría a las parejas casadas mantener apellidos separados, argumentando que «socavaría el sistema familiar tradicional de Japón». Se opone rotundamente al matrimonio entre personas del mismo sexo. Y cuando fue consultada sobre reformas que permitirían a una mujer acceder al trono imperial, dejó claro su rechazo.
La reportera Isoko Mochizuki, del Tokyo Shimbun, fue más allá en sus críticas: «Takaichi es más como un hombre de mediana edad con una máscara de mujer», escribió en referencia a los comentarios de la política sobre temas que conciernen a las mujeres. La novelista Kyoko Nakajima añadió que Takaichi «ha mantenido descaradamente las actitudes y políticas de la actual sociedad paternalista de Japón, convirtiéndose así en un ‘hombre honorario'».
¿Es justo este análisis? La comparación más obvia viene de fuera: Margaret Thatcher, la Dama de Hierro británica a quien Sanae Takaichi cita frecuentemente como su heroína política. Thatcher fue la primera mujer primera ministra del Reino Unido, gobernó durante 11 años, y transformó profundamente la economía y política británicas. Pero su legado entre las mujeres británicas es, en el mejor de los casos, mixto.
«Thatcher llegó al poder y demostró que una mujer podía liderar, pero no hizo prácticamente nada por las mujeres que vinieron detrás de ella», explica la historiadora británica Lucy Delap. «De hecho, muchas de sus políticas afectaron desproporcionadamente a las mujeres de clase trabajadora». ¿Seguirá Takaichi el mismo camino?
Voces desde el terreno: expectativas y decepciones
En el bullicioso barrio de Shibuya, las opiniones son tan diversas como la multitud que cruza su famoso cruce peatonal.
Akiko Yamamoto, de 28 años, diseñadora gráfica, observa la noticia en la pantalla gigante de la estación con expresión indescifrable. «Honestamente, no sé cómo sentirme», confiesa. «Crecí pensando que nunca vería a una mujer liderar Japón. Ahora que está pasando, resulta que es alguien que probablemente haría más difícil mi vida como mujer trabajadora y soltera. Es como… ¿qué se supone que debo celebrar exactamente?»
No todos comparten su ambivalencia. Michiko Tanaka, de 67 años, miembro veterana del PLD y alcaldesa de un pequeño pueblo en la prefectura de Nara, ve la victoria de Takaichi como un triunfo sin matices. «Durante décadas les dije a las jóvenes que podían lograr cualquier cosa, pero en el fondo sabía que era mentira en la política», dice emocionada. «Sanae acaba de demostrar que estaba equivocada. Ella llegó a la cima sin comprometer sus valores. Eso es lo que necesitamos: mujeres fuertes que no se disculpen por ser quienes son».
Esta división generacional y ideológica es evidente en una reciente encuesta de la Universidad de Tokio. Entre mujeres mayores de 50 años, el 64% ve la elección de Takaichi como «principalmente positiva para las mujeres japonesas». Entre mujeres de 20 a 35 años, solo el 31% comparte esa opinión. El 47% la considera «irrelevante para los derechos de las mujeres» y el 22% cree que «podría ser perjudicial».
Haruka Sato, de 32 años, abogada especializada en discriminación laboral, representa esta última categoría. «Takaichi enviará un mensaje a las empresas y a la sociedad de que está bien mantener el status quo», argumenta desde su oficina en Minato. «Cuando la mujer más poderosa del país dice que la igualdad de género amenaza a las familias, ¿qué esperamos que piensen los CEOs, los gerentes de recursos humanos, los padres de familia? Es un retroceso disfrazado de progreso».
El camino de una mujer poco convencional
La historia de cómo Sanae Takaichi llegó hasta aquí es tan contradictoria como sus políticas de género. Nacida en 1961 en Nara, en una familia donde su madre rompió barreras al convertirse en oficial de policía —una profesión casi exclusivamente masculina en el Japón de posguerra—, Takaichi creció viendo a una mujer desafiar expectativas de género en su propia casa.
En la universidad, se unió a una banda de heavy metal como baterista, un detalle que deleitaba a sus seguidores jóvenes y desconcertaba a los tradicionalistas del partido. «Imaginen a una joven japonesa en los años 80, tocando batería en un género musical dominado por hombres, haciendo ruido, ocupando espacio», reflexiona la periodista musical Yuki Nakamura. «Esa Sanae Takaichi desafiaba cada norma de género de su tiempo. Qué irónico que ahora las defienda».
En 1987, se mudó a Estados Unidos para trabajar con la representante demócrata Patricia Schroeder en el Congreso estadounidense, una experiencia que ella misma describe como transformadora. Schroeder era una feminista declarada, pionera en políticas de familia y derechos de las mujeres. ¿Qué aprendió exactamente Takaichi de esa experiencia? «Aprendí cómo funcionan las democracias fuertes», ha dicho. Sobre las políticas de género de Schroeder, Takaichi guarda silencio.
De regreso en Japón en 1989, trabajó como presentadora de televisión antes de dar el salto a la política en 1993. Su ascenso no fue fácil. En su primer cargo ministerial en 2005, como Ministra para Asuntos de Okinawa, enfrentó el escepticismo abierto de colegas masculinos. Un exministro, cuyo nombre solicitó no revelar, recuerda: «Muchos no la tomaban en serio. Era joven, mujer, sin experiencia ministerial. Pensaban que sería fácil de intimidar. Se equivocaron».
A lo largo de su carrera, Sanae Takaichi ocupó múltiples carteras ministeriales, siempre demostrando competencia técnica y determinación férrea. Pero también acumuló controversias: la foto con un líder neonazi en 2014, sus repetidas visitas al Santuario Yasukuni, sus comentarios sobre revocar licencias a emisoras críticas del gobierno. Cada escándalo parecía fortalecer su imagen entre su base conservadora: una mujer que no se doblega, que no pide disculpas, que no juega según las reglas del establishment.
Tres veces intentó liderar el partido. Tres veces enfrentó a rivales masculinos que la subestimaron. En 2021 quedó tercera, eliminada antes de la segunda vuelta. En 2024 ganó la primera ronda entre los miembros del partido, pero los legisladores —en su mayoría hombres— eligieron a Shigeru Ishiba en la segunda. Este 2025, finalmente, logró la victoria que perseguía.
El debate que nadie quiere tener
La elección de Sanae Takaichi ha forzado a Japón a enfrentar una pregunta incómoda que las sociedades occidentales también han debatido: ¿importa más el género del líder o sus políticas?
El politólogo de la Universidad de Kioto, Hiroshi Nakamura, argumenta que el simbolismo no debe subestimarse. «Millones de niñas japonesas verán por primera vez a una mujer en el cargo más alto del país. Eso cambia lo que creen posible, independientemente de las políticas específicas de Takaichi», sostiene. «El techo de cristal importa, incluso si quien lo rompe no planea ayudar a otras a subir».
Pero activistas feministas como Kumiko Nemoto, profesora de sociología en la Universidad de Kyoto, rechazan esta lógica. «El argumento del modelo a seguir solo funciona si el modelo realmente abre puertas», contesta. «Si Takaichi usa su poder para reforzar las mismas barreras que ella misma superó, entonces su género es irrelevante. De hecho, es peor que irrelevante: es una traición».
Esta tensión no es nueva ni exclusiva de Japón. En Estados Unidos, la candidatura de Sarah Palin en 2008 dividió a feministas entre quienes celebraban a una mujer en la boleta vicepresidencial y quienes rechazaban sus políticas conservadoras. En el Reino Unido, el debate sobre el legado de Thatcher para las mujeres continúa cuatro décadas después. En la India, Indira Gandhi fue primera ministra pero mantuvo estructuras patriarcales intactas. En Alemania, Angela Merkel gobernó 16 años sin priorizar políticas de género, aunque las cifras de participación femenina mejoraron bajo su mandato.
«El problema», explica la académica feminista Chizuko Ueno, «es que seguimos midiendo el progreso de las mujeres por si una mujer llega a la cima de estructuras creadas por y para hombres. La pregunta no debería ser si Takaichi llega a ser primera ministra, sino si su liderazgo transforma esas estructuras para que más mujeres puedan llegar detrás de ella. Y basándonos en su historial, la respuesta es claramente no».
¿Y ahora qué?
Con su nombramiento como primera ministra esperado para el 15 de octubre, Sanae Takaichi enfrentará presión inmediata de múltiples frentes. Dentro del PLD, un partido debilitado por escándalos y derrotas electorales, deberá probar que puede recuperar la confianza pública. En el ámbito internacional, manejará relaciones tensas con China y Corea del Sur mientras mantiene la alianza con Estados Unidos. En la economía, balanceará sus promesas de gasto fiscal con una deuda pública estratosférica.
Pero para muchas mujeres japonesas, la pregunta es más simple y más personal: ¿hará algo por nosotras?
Las señales no son alentadoras. En su discurso de victoria, Takaichi no mencionó los derechos de las mujeres ni una sola vez. Su gabinete proyectado incluye solo dos mujeres de quince ministerios. Y cuando un reportero le preguntó directamente sobre sus planes para cerrar la brecha de género en Japón, respondió con vaguedades sobre «valorar las fortalezas únicas de cada individuo, hombre o mujer».
Aún así, algunos mantienen la esperanza de que el poder transforme a la persona. «Veremos si Takaichi es diferente una vez que esté en el cargo», dice Keiko Itokazu, analista política. «A veces, la responsabilidad del liderazgo cambia perspectivas. Tal vez cuando sea ella quien deba responder por la situación de todas las mujeres japonesas, actuará diferente. O tal vez no. Solo el tiempo lo dirá».
El espejo de una sociedad
Al final, Sanae Takaichi es tanto producto como reflejo de la sociedad japonesa contemporánea. Una sociedad que celebra a una mujer líder pero se siente incómoda con el feminismo. Que reconoce la desigualdad de género en abstracto pero se resiste a cambios concretos. Que quiere progreso sin perturbar la tradición. Que desea transformación sin incomodidad.
En las calles de Tokio, horas después del anuncio, una joven madre camina con su hija de cinco años. La niña señala la pantalla donde aparece Takaichi. «Mami, ¿esa señora va a ser la jefa de Japón?», pregunta. «Sí, cariño», responde la madre. La niña sonríe: «Entonces yo también puedo ser jefa cuando sea grande». La madre abraza a su hija sin decir nada más, porque no sabe qué más decir.
Esa escena resume la paradoja Sanae Takaichi: la inspiración que genera su ascenso coexiste con la incertidumbre sobre lo que realmente significa. Japón tendrá su primera mujer primera ministra, un logro que parecía imposible hace apenas una generación. Pero las mujeres japonesas siguen esperando a una líder que no solo llegue al poder, sino que lo use para abrir el camino para las demás.
Mientras Japón se prepara para este nuevo capítulo histórico, la pregunta persiste: ¿es suficiente romper el techo de cristal si las políticas mantienen intactas las estructuras patriarcales? Sanae Takaichi ha prometido transformar «la incertidumbre en esperanza», pero para muchas mujeres japonesas, esa esperanza dependerá de si ella decide abrir puertas o cerrarlas detrás de sí.
Por ahora, el techo de cristal tiene una grieta. Si esa grieta se convierte en una puerta abierta o en un espejo que refleja las mismas barreras de siempre, solo el tiempo —y las acciones de Takaichi— lo determinarán.
Colaboradora en ReporteAsia.













