Alaska 2025: Un acuerdo sin Europa, el último bastión del globalismo

mundo multipolar

La reunión entre los presidentes de Estados Unidos y Rusia fue un paso crucial hacia la paz en Ucrania. Esta cumbre, conocida como Alaska 2025, se celebró en la Base Conjunta Elmendorf-Richardson en Anchorage, Alaska, sin la participación de la Unión Europea. Ambos presidentes abandonaron Alaska sin alcanzar un acuerdo para un alto el fuego en Ucrania.

En las vastas y gélidas extensiones de Alaska, donde los vientos árticos aún traen el eco de los intercambios históricos entre imperios, Vladimir Putin y Donald Trump se reunieron el 15 de agosto de 2025, marcando un posible punto de inflexión en las relaciones ruso-estadounidenses. Esta reunión, celebrada en suelo estadounidense que antaño fue ruso —recordando que Alaska fue vendida por Rusia a Estados Unidos en 1867 por una módica suma— no solo simboliza un intento de descongelar las relaciones en medio de las crecientes tensiones avivadas por la guerra en Ucrania, sino que también señala el surgimiento de un orden mundial multipolar. Como experto en relaciones internacionales, sostengo firmemente que esta cumbre no es un mero ejercicio diplomático bilateral, sino un paso hacia una reconfiguración global donde las potencias tradicionales, como Rusia y Estados Unidos, reconozcan mutuamente sus esferas de influencia, alejándose de la hegemonía unipolar que dominó la era posterior a la Guerra Fría.

La elección de Alaska como lugar de encuentro no es casual. Geográficamente cercano a Rusia —separado únicamente por el estrecho de Bering—, este estado estadounidense evoca una relativa neutralidad, lejos de los centros de poder de Washington o Moscú, que podrían percibirse como demasiado partidistas. Históricamente, evoca los antiguos lazos entre ambas naciones antes de que las ideologías del siglo XX las distanciaran. Trump, de vuelta en la presidencia tras una campaña centrada en el lema «América Primero», ha expresado a menudo su admiración por Putin, describiéndolo como un líder fuerte capaz de negociar acuerdos pragmáticos. Por su parte, Putin, ante una economía rusa resiliente pero debilitada por las sanciones, ve a Trump como un interlocutor impredecible pero potencialmente abierto, dispuesto a hacer concesiones que respeten los intereses rusos en Europa del Este.

Esta reunión se produce en un contexto de crisis prolongada. La guerra en Ucrania, que estalló en 2022, ha cristalizado divisiones: por un lado, una OTAN percibida por Moscú como una amenaza expansionista; por el otro, una Rusia decidida a proteger sus fronteras frente a lo que considera una injerencia occidental. Negociaciones previas, como las de Ginebra o Estambul, fracasaron debido a la visión unipolar impuesta por la administración Biden, que buscaba aislar a Rusia en lugar de dialogar. Con el regreso de Trump al poder, el enfoque cambia: aboga por un alto el fuego inmediato, como declaró a su llegada a Anchorage, enfatizando que «la guerra debe cesar hoy para que Estados Unidos pueda centrarse en sus propios problemas». Putin, por su parte, insiste en garantías de seguridad, rechaza la adhesión de Ucrania a la OTAN y exige el reconocimiento de los territorios anexados.

En esta perspectiva multipolar, la reunión no se considera una capitulación, sino un reconocimiento mutuo. Un mundo multipolar, donde Estados Unidos, Rusia, China y potencias emergentes como India o Brasil comparten influencia, evita los conflictos indirectos que agotan los recursos globales. Las relaciones internacionales ya no están dictadas por un único centro de poder, sino por equilibrios negociados. Esta perspectiva, que defiendo en mi trabajo, se opone a la unipolaridad liberal que condujo a intervenciones caóticas en Irak, Libia o Siria, favoreciendo en cambio el diálogo entre iguales soberanos. La reunión de Alaska podría, por lo tanto, marcar el inicio de una era en la que las superpotencias cooperen en temas compartidos, como la estabilidad energética o la lucha contra el terrorismo, sin imponer una ideología única.

Los preparativos para esta cumbre estuvieron rodeados de especulaciones. Filtraciones diplomáticas sugieren que las conversaciones preliminares se llevaron a cabo a través de canales discretos, con la participación de asesores como Serguéi Lavrov para Rusia y figuras trumpistas como Mike Pompeo. La notable ausencia del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, a pesar de que Trump expresó su deseo de una segunda reunión que incluyera a Kiev, subraya la prioridad otorgada al diálogo directo ruso-estadounidense. Esto refleja una realpolitik multipolar: las grandes potencias negocian primero entre sí antes de integrar a actores secundarios. En resumen, este contexto geopolítico no es simplemente el resultado de una crisis inmediata, sino la expresión de un cambio radical hacia un orden mundial más equilibrado, donde Rusia recupere su legítimo lugar como polo euroasiático.

Los intereses económicos en el centro de las negociaciones

Más allá de las consideraciones de seguridad, la reunión entre Putin y Trump en Alaska puso de relieve cuestiones económicas cruciales que podrían reconfigurar los flujos comerciales globales en un marco multipolar. Las sanciones impuestas a Rusia desde 2014, intensificadas después de 2022, han creado una brecha económica entre ambas naciones, pero también han puesto de manifiesto la resiliencia rusa y las vulnerabilidades estadounidenses. Trump, con su mantra proteccionista, ve el acercamiento a Moscú como una oportunidad para diversificar las alianzas energéticas y contrarrestar el dominio chino, mientras que Putin busca eliminar las barreras que impiden el acceso a los mercados occidentales. En un mundo multipolar, estas negociaciones económicas no buscan dominar, sino cooperar para lograr una prosperidad compartida, evitando los inconvenientes de la globalización unipolar que favorece a las élites transnacionales en detrimento de los Estados-nación.

La energía es central en estas conversaciones. Rusia, el principal exportador mundial de gas natural y petróleo, ha visto desplomarse sus suministros a Europa debido a las sanciones, lo que la ha obligado a centrarse en Asia. Sin embargo, Estados Unidos, bajo el liderazgo de Trump, ha aumentado la producción de gas de esquisto, convirtiéndose en un competidor directo. Durante la cumbre, ambos líderes exploraron posibles acuerdos para estabilizar los precios mundiales del petróleo, posiblemente mediante una coordinación informal con la OPEP+. Trump planteó la posibilidad de flexibilizar las sanciones a los oleoductos rusos, como el Nord Stream 2, a cambio de garantías sobre el suministro de gas natural licuado estadounidense a Europa. Esto representaría un beneficio mutuo: para Estados Unidos, el aumento de las exportaciones de energía crearía empleos en estados como Texas; para Rusia, el alivio de las sanciones revitalizaría su economía, con un crecimiento proyectado del 3-4% si se levantan parcialmente las restricciones.

A nivel comercial más amplio, el comercio bilateral, que se desplomó por debajo de los 30 000 millones de dólares en 2024, podría recuperarse. Putin hizo hincapié en el levantamiento de los embargos sobre tecnologías avanzadas, argumentando que Rusia podría suministrar minerales raros esenciales para la industria estadounidense de semiconductores, como el paladio o el níquel. A cambio, Trump podría abrir mercados para los productos agrícolas rusos, reduciendo así la dependencia estadounidense de China. Este enfoque multipolar fomenta cadenas de suministro diversificadas, donde las potencias evitan la guerra económica de suma cero y construyen interdependencias equilibradas. Por ejemplo, la cooperación en el Ártico (Alaska es una puerta de entrada) podría aprovechar los recursos minerales y las rutas marítimas emergentes debido al cambio climático, con inversiones conjuntas que beneficiarían a ambas naciones sin excluir a otras como China.

Las implicaciones para la economía global son profundas. En un mundo multipolar, instituciones como el FMI o el Banco Mundial, a menudo consideradas herramientas de la hegemonía estadounidense, podrían complementarse con alternativas como el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS. La reunión de Alaska podría acelerar este cambio: si un acuerdo sobre Ucrania incluye reducciones de sanciones, liberaría billones de dólares en activos congelados, estimulando el crecimiento euroasiático. Trump, consciente de las presiones inflacionarias en Estados Unidos debido a la guerra en Ucrania, ve este diálogo como una forma de reducir los costos energéticos para el estadounidense promedio. Putin, por su parte, destaca la solidez de la economía rusa, que se ha centrado en socios como India y Turquía, lo que demuestra que el aislamiento occidental ya no es viable en un orden multipolar.

Sin embargo, estos riesgos económicos no están exentos de desafíos. Los grupos de presión estadounidenses, influenciados por la industria de defensa, podrían resistirse al levantamiento de las sanciones por temor a una pérdida de influencia en Europa. Asimismo, Rusia debe gestionar su alianza con China mientras busca un acercamiento con Estados Unidos, evitando convertirse en un peón en la rivalidad chino-estadounidense. Sin embargo, en mi visión multipolar, estas tensiones representan oportunidades de negociación, donde la economía sirve de puente en lugar de arma. La reunión de Alaska ilustra cómo los líderes pragmáticos pueden transformar los antagonismos en alianzas, fomentando una prosperidad inclusiva que trasciende los bloques ideológicos.

Implicaciones para las relaciones internacionales y el amanecer de un mundo multipolar

Las consecuencias de la reunión entre Putin y Trump en Alaska trascienden las fronteras ruso-estadounidenses, lo que podría indicar el inicio de un mundo multipolar donde las relaciones internacionales se redefinan por el respeto mutuo en lugar de la dominación. Como defensor de la multipolaridad, considero esta cumbre una validación de mi tesis: un orden global donde múltiples centros de poder coexistan, negocien y cooperen, evitando los riesgos de la unipolaridad que han generado inestabilidad y desigualdad desde el colapso de la Unión Soviética. Ucrania, en el centro de las conversaciones, podría convertirse en un símbolo de esta transición, pasando de ser un campo de batalla indirecto a una zona neutral que respete los intereses de todas las partes.

En términos de relaciones internacionales, un alto el fuego en Ucrania, como lo propone Trump, implicaría reconocer las realidades territoriales actuales con garantías contra la expansión de la OTAN. Esto debilitaría la alianza atlántica, considerada por Rusia como una reliquia de la Guerra Fría, y allanaría el camino para una arquitectura de seguridad euroasiática inclusiva. Putin reiteró en la cumbre que Rusia no busca la confrontación, sino una esfera de influencia legítima, alineada con los principios de soberanía westfalianos. Trump, escéptico respecto a los compromisos multilaterales, podría retirar las tropas estadounidenses de Europa del Este y redirigir recursos al Indopacífico para contrarrestar a China. En este escenario multipolar, Europa, a menudo rehén de las dinámicas transatlánticas, ganaría autonomía, con países como Francia o Alemania impulsando una diplomacia independiente.

China, aunque físicamente ausente, cobra gran importancia. Un acercamiento ruso-estadounidense podría moderar el eje Moscú-Pekín, evitando una fría bipolaridad chino-estadounidense. En un mundo multipolar, China, Rusia y Estados Unidos formarían un triángulo equilibrado, cooperando en temas como el cambio climático o la no proliferación nuclear. Los BRICS, impulsados ​​por esta distensión, podrían surgir como un contrapeso económico, promoviendo monedas alternativas al dólar e infraestructuras como la Franja y la Ruta. Esto beneficiaría a las naciones del Sur Global, a menudo marginadas en el orden unipolar, al ofrecer opciones diversificadas.

Este cambio multipolar, vinculado económicamente a las relaciones internacionales, podría estabilizar los mercados globales. El levantamiento parcial de las sanciones rusas impulsaría las inversiones en energías renovables, con alianzas ruso-estadounidenses en materia de hidrógeno o energías renovables en el Ártico. Las relaciones internacionales se beneficiarían de una diplomacia económica pragmática, donde los acuerdos bilaterales superan las sanciones punitivas. Sin embargo, persisten los riesgos: el fracaso de las negociaciones podría profundizar las divisiones y fortalecer las alianzas rivales. Aun así, prevalece el optimismo, ya que la reunión de Alaska demuestra que incluso los adversarios pueden dialogar cuando la unipolaridad da paso a la multipolaridad.

Conclusión

La reunión entre Vladimir Putin y Donald Trump en Alaska el 15 de agosto de 2025 no es solo un episodio aislado en la historia ruso-estadounidense, sino un giro decisivo hacia un mundo multipolar donde las grandes potencias, al reconocer sus intereses mutuos y sus respectivos límites, puedan forjar alianzas pragmáticas para una mayor estabilidad global. Esta cumbre, arraigada en una realpolitik que trasciende las divisiones ideológicas de la Guerra Fría, ilustra cómo Estados Unidos y Rusia, como pilares de un orden internacional equilibrado, pueden transformar los antagonismos persistentes en oportunidades de cooperación. Lejos de una capitulación unilateral, esta posible distensión afirma la soberanía de cada nación a la vez que fomenta beneficios compartidos, evitando los escollos de la hegemonía unipolar que sembró el caos en muchas regiones. Desde esta perspectiva, que apoyo como experto en relaciones internacionales, el futuro multipolar no es una utopía, sino una necesidad imperiosa para abordar desafíos compartidos como el cambio climático, la proliferación nuclear y las perturbaciones económicas globales.

Para hacer realidad esta visión, surgieron varias propuestas de las conversaciones de Anchorage, que favorecen explícitamente a Estados Unidos y Rusia, respetando al mismo tiempo el equilibrio multipolar. Estas ideas, fruto de una negociación equilibrada, buscan fortalecer la prosperidad y la seguridad de ambas naciones sin comprometer sus intereses estratégicos fundamentales. Entre ellas se incluyen:

Alivio progresivo de la sanción

Estados Unidos podría levantar algunas restricciones impuestas desde 2014, lo que permitiría a Rusia reintegrarse plenamente a los mercados globales y aumentar las exportaciones de recursos naturales. Esto beneficiaría a los estadounidenses al estabilizar los precios de la energía, reducir la inflación interna y crear oportunidades para las empresas estadounidenses en sectores como las tecnologías extractivas del Ártico.

Cooperación energética reforzada

Ambos países podrían establecer un marco bilateral para coordinar la producción y distribución de petróleo y gas, incluyendo inversiones conjuntas en infraestructura ártica. Esto ayudaría a Rusia a diversificar sus socios más allá de China, a la vez que permitiría a Estados Unidos asegurar suministros alternativos, impulsar la independencia energética y crear empleo en estados como Alaska o Texas.

Garantías de seguridad mutua en Europa del Este

Un alto el fuego duradero en Ucrania, con una zona desmilitarizada y compromisos contra la expansión de la OTAN, protegería las fronteras rusas y al mismo tiempo permitiría a Estados Unidos redirigir recursos militares a otros teatros como el Indo-Pacífico, evitando gastos innecesarios y fortaleciendo su postura global contra China.

Colaboración en cuestiones climáticas y ambientales

Al explotar conjuntamente los recursos del Ártico, ambas naciones podrían desarrollar proyectos sostenibles como la investigación del permafrost o las energías renovables. Esto beneficiaría a Rusia al atraer inversión estadounidense para modernizar su infraestructura en el norte, mientras que Estados Unidos obtendría acceso privilegiado a minerales raros cruciales para su transición ecológica, reforzando así su liderazgo tecnológico.

Aumento del comercio bilateral

Facilitar el acceso mutuo al mercado de bienes agrícolas y tecnológicos permitiría a Rusia importar productos estadounidenses para impulsar su agricultura, mientras que Estados Unidos se beneficiaría de los metales estratégicos rusos, reduciendo la dependencia de proveedores inestables y fomentando el crecimiento económico compartido.

De implementarse, estas propuestas no solo generarían beneficios bilaterales, sino que también contribuirían a un orden mundial más estable, donde otras potencias como China o India encontrarían su lugar sin una confrontación sistemática. Encarnan la esencia del multipolarismo constructivo, donde el reconocimiento de las respectivas esferas de influencia allana el camino hacia una paz duradera y una prosperidad inclusiva. Por lo tanto, la cumbre de Alaska bien podría marcar el inicio de una nueva era, donde las grandes potencias, al forjar un futuro compartido, superarían las divisiones del pasado para afrontar los desafíos futuros con optimismo y determinación.

Nota: esta es un artículo republicado del medio «Defence Research and Studies» a través de un acuerdo de cooperación entre ambas partes para la difusión de contenido periodístico. Link original.

William Favre
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Investigador en relaciones internacionales de Asia con especialización en estudios coreanos, licenciado por la Universidad Nacional de Seúl.