¿Globalización suspendida? China y Xi Jinping frente al nuevo orden

China Globalización

En la ya clásica obra Otras globalizaciones. Diversidad Cultural en el Mundo Contemporáneo (2002), editada por Peter L. Berger y Samuel P. Huntington, el afán por desentrañar el proceso globalizatorio adopta una perspectiva bidireccional (Srinivas, 2002). Ese texto asume, en efecto, que la cultura occidental fue recibida por los países no occidentales de manera más bien activa, al tiempo que el propio Occidente habría incorporado en la vida cotidiana de sus sociedades algunos productos culturales advenidos desde países del otrora llamado Tercer Mundo.

En este sentido, la globalización hacia la periferia pasaría por una suerte de reinterpretación y asimilación de la cultura occidental en los países del ahora Sur Global. Este proceso, en un momento posterior, permitiría a estas naciones adaptar los muchos influjos de Occidente a sus propias tradiciones locales. Simultáneamente, la progresiva liberalización económica y política del espacio exsoviético y poscolonial permitió, como muestran Huntington y Berger, que las sociedades euroatlánticas encontraran novedosas formas de recepción de diversas prácticas, ajenas todas ellas al «canon occidental».

Numerosos productos culturales no occidentales acrisolaron de forma positiva en los campos de la espiritualidad, la industria, la alimentación, entre otros. Este proceso se replicó a través de distintos modelos de emisión cultural, donde destacan casos como los de la India –con la exportación de prácticas como el yoga, el tantrismo o la meditación– y Japón –en cuanto paradigma de producción industrial alternativo al fordismo–, los cuales influyeron no solo en su «extranjero cercano», sino también en el resto del mundo. A su vez, estos países adoptaron formas de globalización localizada, aprovechando con éxito los flujos tecnocientíficos, económicos y culturales occidentales sin perjuicio de sus tradiciones nacionales y subnacionales (Srinivas, 2002).

Entre estos paradigmas de emisión cultural y globalización localizada, destaca asimismo el caso de China y su «globalización gestionada» (Yan, 2002). Ciertamente, el Estado-partido chino adquirió, tras la caída del maoísmo, la potestad de regular los flujos culturales y políticos del proceso globalizador, buscando salvaguardar los valores nacionales sin comprometer los beneficios propios de la liberalización económica. En este sentido, el esquema de globalización cultural propuesto por Berger (2002), desde las élites –Cultura de Davos y faculty club– y desde las masas –cultura popular y movimientos sociales–, parecería perder fuerza en un caso como el de la China posmaoísta.

Daría la impresión de que, en este caso, los reductos de la globalización, gestionados desde el Partido Comunista Chino (PCC), se hubiesen estrechado al punto de que la recepción popular de la cultura occidental no tuviera cabida, sino tan solo en la esfera económica, gracias a las reformas graduales de mercado e integración a los organismos comerciales y financieros internacionales.

Berger (2002) señala, empero, que no fue así. Los flujos culturales desde Occidente lograron penetrar en la sociedad china –y particularmente en las élites económicas e intelectuales–, que adoptaron, por ejemplo, el inglés americano como lengua vernácula, aspirando a través de ella unirse a la «cultura de Davos» (Berger, 2002).

En este sentido, casos como el de Hong Kong, territorio autónomo de larga tradición occidental debido a la ocupación británica, aunque sin estar plenamente integrado a la República Popular China (RPC), fungirían como el primer receptáculo de la globalización promovida desde el mundo euroatlántico y, más precisamente, desde Estados Unidos. Si bien, a partir de la segunda mitad de la década de los noventa hasta por lo menos 2008, con los Juegos Olímpicos de Beijing, China simuló emprender una serie de reformas occidentalizantes que la acercaban no solo económica, sino también políticamente, al otrora denominado mundo libre, podemos notar que, con el ascenso de Xi Jinping como líder del PCC, esta tendencia se ha detenido y, de hecho, revertido.

En el desarrollo de este ensayo se analiza cómo la «globalización gestionada» china descrita por Yan (2002) –caracterizada por la tensión entre presencia estatal y algunos espacios de autonomía en el proceso globalizatorio– ha adquirido nuevos mecanismos que buscan restringir, desde el Gobierno, cualquier clase de influjo occidental en territorio chino. Así, se pone de manifiesto cómo el esquema de globalización propuesto por Berger (2002) se ha limitado en ámbitos como los medios de comunicación, la academia y los movimientos sociales.

Mientras que para Yan (2022) el Estado-partido no tuvo el éxito esperado en controlar las cuatro fuerzas globalizadoras, el nuevo enfoque de securitización de Xi Jinping (Hennig, 8 de febrero de 2024) ralentizó estas fuerzas en China. De esta forma, instrumentos como la ley antiterrorista (2015), la de ciberseguridad (2016) o la ley de seguridad nacional (2020) restringieron el espacio cívico, criminalizaron el influjo occidental en la academia, los medios de comunicación y las organizaciones no gubernamentales, así como –quizá sin preverlo– desalentaron la inversión extranjera. La gestión de Xi ha logrado, entonces, detener la occidentalización de China, a expensas de la apertura económica que tantos frutos había rendido al gigante asiático.

Esta suerte de proceso desglobalizador, huelga decir, no responde únicamente a las decisiones de política interna emprendidas desde la élite del PCC. Asume también acontecimientos más amplios, como la guerra comercial con Estados Unidos, la nueva conformación de bloques geopolíticos tras el inicio de la invasión rusa a Ucrania, así como la cada vez mayor demanda de diferentes gobiernos del Sur Global por la reforma «multipolar» de las instituciones financieras y de gobernanza internacional.

Las consideraciones de este ensayo son de tipo reflexivo y proponen esclarecer el cambio de época que vive China, sin afán de conclusividad. Dado que no es posible acceder al tipo de información que solo el trabajo de campo puede brindar, este trabajo se concentra en fenómenos observables a gran escala. Sin embargo, estos señalan una tendencia importante de desglobalización en China no solo en el ámbito económico, sino también en los medios de comunicación, los movimientos sociales y la academia. Es decir, en todas aquellas manifestaciones de lo que Berger (2002) llama globalización cultural.

La globalización gestionada

En su artículo Globalización gestionada. Poder estatal y transición cultural en China (2002), Yunxiang Yan describe oportunamente la situación política, cultural y económica del gigante asiático tras el éxito de las reformas emprendidas por Deng Xiaoping en la década de los ochenta. En el contexto inmediato a la integración de China en la Organización Mundial del Comercio, en 2001, las fuerzas globalizadoras, tal y como las entendía Berger (2002), parecerían entrar en auge en la tierra de la Gran Muralla.

Así se estableció un consenso general entre las élites intelectuales chinas y del PCC en que el ingreso pleno del gigante asiático a la globalización serviría como punto de quiebre en la modernización del país y que, en este proceso de apertura al mundo, no podía sino aceptarse la influencia cultural de Occidente como una cara de la misma moneda. Esto no evitó que la maquinaria estatal-partidaria adoptase ciertos mecanismos de gestión globalizatoria, tales como campañas ideológicas en contra de los valores occidentales o el control sobre el mercado cultural de entretenimiento (Yan, 2002).

Pese a estas estrategias, Yan muestra de forma consistente que la globalización cultural de la sociedad china avanzó sin mayores obstáculos, siendo sus principales heraldos empresarios, intelectuales y el Estado. Aún más, en el campo de los movimientos sociales o los medios de comunicación, China también experimentó una apertura desde la cual expresiones feministas y ambientalistas, así como la proliferación de periódicos independientes, fueron posibles gracias a cierta indulgencia estatal.

En el ámbito de los negocios o «cultura de Davos» (Berger, 2002), emergió una clase empresarial denominada «comerciantes confucianos» (Yan, 2022). Estos adquirieron puestos importantes con la llegada a China de transnacionales como Microsoft, adaptándose a su cultura organizacional y creando redes en las metrópolis del mundo occidental. La especificidad de estos comerciantes confucianos residía, no obstante, en su apego a los valores tradicionalmente chinos en la esfera privada, mientras que el estilo cosmopolita y empresarial formaba parte de un ethos reservado para la vida laboral.

En la conformación de una cultura de negocios apegada a Occidente, la actividad del Estado-partido chino fue crucial. Si bien para finales de los noventa la RPC se hallaba en camino hacia la liberalización plena, antecedida por las reformas promercado de Deng, el Gobierno chino siguió impulsando la inversión extranjera y la llegada de nuevas transnacionales al ofrecer beneficios especiales a los inversionistas extranjeros, así como concesiones para atraer inversión extranjera en los mercados culturales locales (Yan, 2022).

Los intelectuales también formaron parte importante de la proliferación de las fuerzas globalizadoras en China, no solo por extender sus opiniones sobre los beneficios –y en algún modo, necesidad– de la integración plena de la RPC a la globalización occidental, sino también por conformar una suerte de faculty club a la manera de la academia euroatlántica. Además de los intelectuales neomarxistas y de la así denominada Nueva Izquierda, en China existió una amplia recepción de autores y textos del mainstream occidental, desde Weber y Freud hasta Sartre, Levi-Strauss y Foucault, pasando incluso por pensadores liberales como Habermas y Hayek (Yan, 2002).

Asimismo, los intelectuales chinos se acercaron cada vez más a la academia occidental gracias a proyectos de financiamiento de organizaciones como la Fundación Ford. Como menciona Yan (2002), este fenómeno no estuvo desprovisto de implicaciones políticas, sino que los científicos chinos –y fundamentalmente los científicos sociales– hubieron de plegarse a las normas y métodos de Occidente, al tiempo que desarrollaban proyectos acordes a los intereses de las agencias de financiamiento estadounidenses.

De forma menos explícita, señala Yan (2002), movimientos sociales seculares también se vieron imbuidos en el proceso de globalización. Mientras que expresiones religiosas ligadas al catolicismo y al protestantismo son, hasta la fecha, reguladas por el PCC, otras iniciativas como el feminismo y el ambientalismo tuvieron relativa autonomía para integrarse a las dinámicas internacionales.

Así, por ejemplo, en 1995 tuvo lugar en Pekín la Conferencia Mundial de Mujeres de las Naciones Unidas, fungiendo como punto de quiebre para introducir la perspectiva de género y el discurso feminista occidental en China, a pesar de que su promoción fue monopolizada, en último término, por instituciones semioficiales como la Federación de Mujeres de China.

Al igual que las élites intelectuales, el movimiento ambientalista chino dependió en buena medida de financiamiento extranjero, proveniente tanto de fundaciones privadas como de las Naciones Unidas. Este hecho no solo le valió al ambientalismo algunas críticas por promover «influencias externas», sino que otorgó al movimiento una cierta autonomía respecto del control estatal (Yan, 2002). Entre los grupos ambientalistas más destacados en China hacia finales de los noventa, se encontraban Amigos de la Naturaleza y Aldea Global, quienes mantienen lazos con el exterior mediante financiamiento y viajes (Yan, 2002).

En términos de la cultura popular, las expresiones occidentales parecieron, de acuerdo con Yan (2002), no encontrar mayores obstáculos en su proliferación por el gigante asiático. La NBA, el consumo de Coca-Cola, los establecimientos de McDonald’s o KFC, la transmisión de soap operas, entre otros, constituyeron, al menos hasta la década pasada, lugares comunes de la vida cotidiana china. En la RPC emergió, asimismo, un «nuevo tipo de espacio social» (Yan, 2002, p. 28), configurado en torno a numerosos periódicos y revistas independientes, cuyo único sostén fue su posicionamiento en el mercado de la cultura popular.

La «globalización gestionada» en China, bajo su forma de finales de los noventa e inicios del siglo XXI, permitió a la sociedad china acercarse, en mayor o menor grado, a los productos culturales de Occidente. En este proceso, el Estado cobró centralidad, tanto por promover la inversión extranjera y la llegada de multinacionales, como por evitar el control draconiano sobre el mercado cultural o la libertad académica. Pese a la actividad del PCC en áreas como las expresiones religiosas o algunos movimientos sociales, así como en los grandes medios de comunicación –que para entonces aún eran de propiedad estatal–, el proceso globalizador parecía asentarse exitosamente en China, adquiriendo las particularidades propias de una sociedad tutelada por el Estado-partido.

Caminos de desglobalización

Hemos notado que, para Yan (2002), la globalización cultural china tuvo como condición de posibilidad la liberalización económica. Solo a partir de esta fue que las fuerzas globalizadoras descritas por Berger (2002) se asentaron en las realidades locales: desde una cultura de Davos confuciana y un faculty club asimilable a la academia occidental, hasta la emergencia de movimientos sociales emparentados con el feminismo y la proliferación de un nuevo mercado cultural, expresado en periódicos y medios de comunicación independientes.

No es sorpresivo, por lo tanto, que la más clara muestra del proceso desglobalizador en el que hoy se encuentra China sea la desarticulación, todavía parcial, de su economía respecto de las economías occidentales. Este acontecimiento multiforme responde, en principio, a la guerra comercial que el gigante asiático sostiene con Estados Unidos desde la segunda mitad de la década pasada, escalando hacia otras formas de conflicto por la hegemonía dentro del sistema global. Más allá de consideraciones geopolíticas, el desacoplamiento chino de las cadenas de valor occidentales tiene ya repercusiones en la élite empresarial local, por cuanto agente predilecto de la globalización.

En primer lugar, la cultura confuciana de Davos tuvo como premisa el establecimiento de las grandes transnacionales –sobre todo estadounidenses– en China. De este modo, los profesionales chinos lograron posicionarse en altos cargos directivos, adquiriendo, en el plano de los negocios, una suerte de cultura cosmopolita que interactuaba en otros espacios con prácticas y valores típicamente chinos. La actitud cosmopolita podía entenderse, de hecho, como circunscrita al ambiente empresarial y, en cierta medida, al lugar de trabajo, encontrando dificultades para ingresar en la esfera privada (Yan, 2002). Sin transnacionales en China y sin altos funcionarios chinos trabajando para ellas, no habría, pues, «mercaderes confucianos».

La disputa comercial sinoestadounidense

Las medidas de la administración Biden para regular el comercio con China constituyen uno de los elementos primarios en el proceso de desglobalización al que hoy está sometido el gigante asiático, y a través del cual las fuerzas de la globalización cultural, como la cultura de Davos, podrían debilitarse. En general, estas pueden entenderse como una continuación de la disputa comercial y tecnológica iniciada durante el gobierno de Donald Trump. Las sanciones a la empresa ZTE –retiradas en 2018–, así como la inclusión de Huawei en la Entity List, entre otras decisiones, forman parte evidente del mismo proceso de desacoplamiento entre China y Estados Unidos (Deng, 2022).

Detrás de las medidas se advierte la preocupación por el desarrollo de tecnología de doble propósito en territorio asiático y con potencial de ser usada en el apoyo armamentístico a Rusia o en una futura escalada en Taiwán. Así, la primera de estas medidas se identifica en la Chips Act de 2022, que obligó al gigante de los semiconductores, Intel, a salir de China para trasladarse hacia países como Costa Rica e impedir la incorporación de personal chino a una de las empresas tecnológicas más grandes del mundo (Murillo, 2022). Otras prohibiciones comerciales del gobierno de Biden también impactan en la globalización china.

Por ejemplo, un decreto de 2023 impide al capital privado estadounidense invertir, dentro de la RPC, en sectores tecnológicos estratégicos: además de los semiconductores, en computación cuántica e inteligencia artificial (Baker y Sanger, 2023).

Como ilustra Srinivas (2002), el crecimiento de la industria tecnológica en países no occidentales –y concretamente en India– fue uno de los catalizadores de la globalización, abriendo la puerta para la consolidación de una cultura de Davos con rasgos locales. Esta clase de restricciones del gobierno norteamericano es, por lo tanto, un elemento que contraviene las dinámicas globalizadoras iniciadas en China hace ya cuatro décadas.

La disputa entre Estados Unidos y China no solo afecta la integración del gigante asiático y sus profesionales a las cadenas de valor en el mercado tecnológico. La así denominada Nueva Guerra Fría influye en la imagen de los empresarios chinos, a quienes no se cataloga como nuevos agentes de inversión, sino como promotores de la agenda global del PCC. Entre otras cosas, este hecho responde a la mayor presión del Gobierno chino por reducir la actividad de los industriales independientes, así como al rol estratégico que las empresas estatales chinas adquieren en el marco de la Iniciativa de la Franja y la Ruta –sin mencionar las sanciones globales que enfrentan algunas de estas corporaciones debido a sus malas prácticas (Expediente Abierto, 2024).

Bajo estas consideraciones, el Senado de Estados Unidos aprobó, en abril de 2024, una iniciativa para obligar a ByteDance –compañía propietaria de TikTok con sede en Pekín y supuestamente vinculada al PCC– a vender la plataforma digital, bajo el alegato de que su posesión en manos de empresarios chinos podría comprometer la privacidad de los usuarios estadounidenses. El contenido de la aplicación tendría el potencial de influir en la opinión pública de las elecciones de noviembre, diseminando narrativas a favor del Gobierno chino y sus aliados (Hadero y Tucker, 2024).

Previo a la aprobación de esta iniciativa, la Cámara de Representantes llamó a comparecer a Shou Zi Chew, director ejecutivo de TikTok. En este evento, se hizo evidente la creciente desconfianza que los tomadores de decisiones norteamericanos han adquirido respecto de los inversionistas chinos, en quienes observan potenciales vínculos con el PCC. De ahí que los más fuertes cuestionamientos hacia Chew recayeran en sus lazos con China, los cuales fueron negados por el empresario de origen singapurense, pese a su formación en escuelas de élite en lengua china y su anterior rol como ejecutivo en el gigante chino de teléfonos inteligentes Xiaomi (Yong, 2023).

Por otro lado, la política interna del PCC ha tenido su propio impacto en la imagen de los empresarios chinos. En 2020, Jack Ma –fundador de Alibaba Group– criticó las regulaciones bancarias del Gobierno chino sobre las compañías privadas, a las que acusó de «estar obsesionadas con minimizar el riesgo» (Yuan, 2020). Pocos meses después de estas declaraciones, el PCC emprendió una investigación antimonopolio en contra de Alibaba, mientras que el organismo estatal encargado de supervisar operaciones bancarias y de seguros impidió a Ant Group, una empresa fintech también fundada por Ma, cotizar sus acciones en las bolsas de valores de Shanghái y Hong Kong (Ziady y Pham, 2020).

Además de reducir la fortuna de Ma en más de 30 mil millones de dólares (Toh, 2023), estos acontecimientos alteraron la imagen que se tenía en China del exitoso empresario. Como menciona Yuan (2020), el magnate pasó de ser «Daddy Ma», una especie de rockstar de los negocios en China que protagonizó cortometrajes de Kung Fu y cantó con Faye Wong, la diva del pop chino, a convertirse en un «capitalista malvado» y un «fantasma chupasangre», enemigo declarado de los trabajadores chinos.

En consecuencia, la disputa comercial sinoestadounidense, así como el aumento del escrutinio en la iniciativa privada por parte del Gobierno de Xi Jinping han tenido impactos negativos para las élites empresariales en tanto promotoras de la globalización. Las medidas adoptadas por Biden desalientan el establecimiento de nuevas empresas en territorio chino y crean desconfianza hacia las compañías locales y sus altos directivos debido a sus lazos con el PCC. Por otro lado, las decisiones internas de Xi han conducido a que la reputación de importantes magnates chinos sea desacreditada por diferentes sectores de la sociedad asiática, como en el caso de Jack Ma.

Hong Kong: represión, democracia, autonomía

En lo concerniente a la configuración de una cultura de Davos china, las dinámicas internacionales y la política exterior estadounidense han tenido un impacto significativo, al margen de las decisiones del PCC. No obstante, portadores de la globalización como las élites intelectuales, los movimientos sociales y la cultura popular son los mayores afectados por el enfoque cada vez más restrictivo de las libertades públicas que Xi Jinping ha adoptado en su modelo de gobernanza. Un acontecimiento en donde converge la clausura de algunos de estos portadores de la globalización es la integración plena de Hong Kong al mandato de Pekín.

Desde 1997, Hong Kong se había mantenido como una región administrativa especial bajo el modelo de Un país, dos sistemas. Aunque tutelada por el Gobierno central chino, conservaba niveles excepcionales de autonomía, sustentados en su propia constitución, la Ley Básica, y su herencia histórica occidental. Como describe Yan (2002), esta región se convirtió, junto a Taiwán, en uno de los más importantes centros de emisión cultural hacia China, en ámbitos como la música, los medios de comunicación o los negocios.

La integración arbitraria de Hong Kong a Pekín muestra, por lo tanto, cómo este espacio de «subglobalización» (Berger, 2002) fue fagocitado por la actividad estatal china, desarticulando las fuerzas de la globalización cultural en su interior e imposibilitando que la emisión cultural hongkonesa se propagase al territorio continental chino. La entrada en vigor de la ley de seguridad nacional, en 2020, no solamente proscribió a los incipientes partidos políticos de la región especial e instaló un gobierno favorable al PCC, sino que dio fin a las muchas expresiones culturales que hicieron de Hong Kong un bastión importante de la globalización en Asia Oriental.

En el ámbito de la cultura popular, la legislación referida obligó a múltiples diarios a cerrar, sobre todo a aquellos de vocación democrática, bajo pretexto de interferencia extranjera y sedición. En 2021, por ejemplo, fue clausurado el Apple Daily, el periódico más importante en la defensa de la autonomía y democracia hongkonesas, mientras que su fundador, Jimmy Lai, fue encarcelado.

En el mismo año, otros medios independientes de la misma línea, como Stand News, fueron cerrados por motivos de «conspiración sediciosa» (BBC, 2021).

A diferencia de lo que Yan (2002) describía hace más de veinte años, el caso de Hong Kong ilustra cómo el Gobierno chino ha clausurado la posibilidad de financiamiento extranjero en agencias no gubernamentales. En marzo de 2024, por ejemplo, Radio Free Asia, un medio de noticias antes basado en Hong Kong y financiado por la Agencia de Estados Unidos para los Medios Globales, se trasladó a Taiwán luego de las constantes denuncias de funcionarios chinos que lo acusaban de «manchar» la reputación de la RPC (Ho, 2024).

Otro elemento de la globalización cultural en Hong Kong restringido por el PCC son los movimientos sociales seculares emparentados con Occidente. Entre 2019 y 2021 sucedieron en esta región multitudinarias manifestaciones en contra de la ley de extradición a China, que erosionaba la autonomía del sistema judicial hongkonés. En estas expresiones convergieron movimientos sociales de larga data, todos ellos prodemocráticos y autonomistas, tales como el escolarismo y su sucesor, el célebre Movimiento de los Paraguas.

Para la opinión pública occidental, los medios de comunicación pro-Pekín y los propios funcionarios del Gobierno chino, las manifestaciones iniciadas en 2019, así como los movimientos sociales aglutinados en ellas, se encontraban emparentados con las revoluciones de colores ocurridas en Oriente Medio y Europa del Este entre 2000 y 2005. Es decir, movilizaciones masivas de inspiración democrática y con tendencias occidentales (Auer, 2014; Ruggeri, 2020; Kammerer, 2021).

En este sentido, las movilizaciones hongkonesas terminaron siendo objeto de persecución por parte del Gobierno chino, al considerarse una expresión de interferencia occidental en la región autónoma, orientada a desestabilizar la soberanía de Pekín (Ng, 2021). Incluso Glory to Hong Kong, la canción que acompañó las protestas, terminó por ser mundialmente bloqueada en YouTube después de una decisión judicial de las autoridades afines al PCC (Dastin y Pomfret, 2024).

Se observa, entonces, que la clave para desacreditar movimientos sociales y fenómenos más amplios de acción colectiva en Hong Kong ha sido su presumible vínculo con Occidente. A diferencia de la introducción en China del feminismo occidental durante la década de los noventa, auspiciada por las Naciones Unidas –aunque contenida por organismos semioficiales–, las demandas democratizadoras hongkonesas no encontraron cabida dentro del discurso oficial chino. Por el contrario, han sido consideradas como un producto cultural ajeno a la RPC y como un instrumento de interferencia extranjera.

Más allá de Hong Kong

Estos fenómenos relativos al asedio a las libertades de expresión, reunión pacífica y asociación no solo ocurren en Hong Kong, sino que han tenido un considerable auge en China continental. Así, por ejemplo, la interacción por medio de financiamiento entre agencias extranjeras con la academia china y otras organizaciones ajenas al PCC se encuentra hoy clausurada.

Iniciativas como la ley de caridad y de ONG extranjeras ofrecen un marco legal propicio para suspender administrativamente a cualquier organización no alineada con los intereses del PCC, mientras que prohíben a los organismos operando en China llevar a cabo cualquier actividad de financiamiento o recepción de donaciones extranjeras (Hasmath, 2016).

A esto se suma la centralización de la educación superior y el aumento de la censura y vigilancia hacia profesores universitarios que criticaron la administración de Xi (Ruth y Xiao, 2019) y su pensamiento «socialista con características chinas para una nueva era» en tanto ideología oficial del PCC y, además, objeto de estudio en varias de las universidades más importantes del gigante asiático (Phillips, 2017). En este sentido, instrumentos como la ley de educación patriótica de 2024 aspiran a consolidar el sistema educativo como un espacio de propaganda, dirigido a estudiantes jóvenes, trabajadores y profesionales de todos los sectores: desde la ciencia hasta el deporte (Lau y McCarthy, 2024; Schuman, 2024).

Por otra parte, los movimientos religiosos experimentan el mismo acoso que el cristianismo y el protestantismo desde hace décadas. El foco se encuentra ahora en la persecución a las minorías budistas y musulmanas residentes en China. Las Naciones Unidas han visibilizado las violaciones a la libertad religiosa y los derechos humanos de los uigures en la región de Xinjiang (Organización de Naciones Unidas, 2022), contra quienes se ha emprendido un programa de limpieza étnica y «genocidio cultural» (Lowsen, 2018). En la misma situación están los budistas tibetanos, a quienes se les restringe el acceso a sus templos y la práctica de sus creencias, reguladas por el Departamento de Trabajo del Frente Unido del PCC (Departamento de Estado, 2022).

La securitización de la gobernanza también impactó la llegada de nuevas inversiones y negocios. Más allá de las prohibiciones del gobierno estadounidense o el descrédito hacia la clase empresarial china dentro y fuera del gigante asiático, Xi Jinping impuso un control más severo sobre los industriales extranjeros. Como afirma Schuman (2024), aunque las chances de que el gobierno encarcele a un CEO visitante son probablemente bajas, ese temor no es infundado en un contexto de detenciones y malos tratos hacia ciudadanos extranjeros.

Un ejemplo es la detención de Hiroshi Nishiyama, ejecutivo de la firma japonesa Astellas Pharma, por presunto espionaje (Jozuka y Ogura, 2023).

Sin embargo, la clausura hacia adentro no ha afectado los intentos del gigante asiático por aumentar su presencia en el resto del mundo. Xi Jinping ha asumido una política exterior diferente a la de sus antecesores, orientada a reconfigurar el orden internacional vigente y hacerlo más favorable a la RPC (Deng, 2022). A estos fines, se ha servido de iniciativas globales como la Franja y la Ruta, además de órganos partidistas con incidencia en el extranjero.

Entidades como el Frente Unido del Departamento del Trabajo y el Departamento Internacional del PCC han sido útiles para extender las narrativas oficiales del Gobierno chino, comprometer a diversos sectores sociales con su agenda e integrar en el partido a grupos de la diáspora china (Suzuki, 2019; Repnikova, 2022; Benabdallah, 2024).

Los países del Sur Global parecen ser particularmente susceptibles al poder blando chino. Las élites políticas de Asia y África encuentran en la diplomacia económica de la Franja y la Ruta una oportunidad para mejorar los sistemas nacionales de infraestructura y acceder a préstamos y donaciones alternativos a los del Banco Mundial o el Fondo Monetario Internacional. Así, se han convertido en importantes receptáculos de las narrativas oficiales del Gobierno chino, en aspectos como la promoción del modelo autoritario de partido único y las críticas hacia la arquitectura internacional liderada por Occidente (Benabdallah, 2024; Carmody, 2024).

Los esfuerzos globales de la RPC también han rendido frutos en América Latina, donde países como Honduras y Nicaragua establecieron vínculos diplomáticos con Pekín, aceptando el «principio de una sola China» e iniciaron la negociación de tratados de libre comercio. Estas relaciones, no obstante, parecen seguir algunos de los patrones desfavorables de desequilibrio comercial y extractivismo que han marcado la relación del gigante asiático con sus socios latinoamericanos (Myers et al., 2024; Povse, 2023).

A modo de conclusión

Se describieron dos fenómenos que parecen desalentar la permanencia en China de las fuerzas globalizadoras descritas por Berger (2002). Uno de ellos es la disputa comercial entre el gigante asiático y Estados Unidos que, además de escalar hacia otras formas de conflicto, ha involucrado a un mayor número de países occidentales que consideran necesario un «desacoplamiento» de sus propias economías respecto de la de China. Este proceso ha inhibido la inversión extranjera en la RPC, con consecuencias para la agencia globalizadora del empresariado local.

En este orden de cosas también toma parte la adopción de un modelo de gobernanza autoritario por parte de Xi Jinping, quien ha privilegiado la represión y la vigilancia frente a la apertura económica, política y social iniciada en China en la década de los ochenta y que parecía acelerarse durante los primeros años del siglo XXI. Un claro signo de esto ha sido la integración forzada de la autonomía hongkonesa en el Gobierno central de Pekín. Por diversos mecanismos, el PCC logró desarticular a varios de los portadores de la globalización cultural que alguna vez intentaron irradiarse desde la región administrativa especial hacia la RPC.

Es evidente, por lo tanto, que la preocupación de Xi Jinping por la seguridad nacional, así como su estatus de líder absoluto del PCC tras la histórica consecución de su tercer mandato en 2022, han conducido a que la globalización gestionada en China sea una globalización suspendida en los ámbitos de la cultura popular, los movimientos sociales, la academia y los negocios.

El Estado-partido chino ha buscado controlar los influjos culturales occidentales y no occidentales en su territorio, acaso con el objetivo de consolidar una cultura socialista auténticamente nacional, como afirmaba Xi en un célebre discurso sobre las características de la civilización china (Speech at the Meeting on Cultural Inheritance, 2023).

En este cometido, no obstante, la élite política del gigante asiático parece adentrarse en un dilema similar al de los intelectuales chinos de los años noventa. Se trata de un dilema ya no tanto entre luchar por la democracia o lidiar con la hegemonía occidental (Yan, 2002), sino entre asumir los efectos culturales del desarrollo económico o facilitar un modelo de gobernanza vertical y autoritario.

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César Santos Victoria es licenciado en Filosofía por la Universidad Veracruzana. Ha escrito sobre temas de teoría y actualidad política en diversas revistas de América Latina y ha sido premiado en concursos de ensayo político organizados por agencias públicas de su estado natal.