Hay deportes que se practican y hay deportes que organizan la vida social de una comunidad. El tenis fue durante décadas el segundo tipo en el corredor norte del Gran Buenos Aires: el club, las ligas, los sábados con amigos, el café después de jugar. Esa función —la del deporte como tejido social— la heredó el pádel. Y lo hizo con una velocidad y una penetración que ningún otro deporte de raqueta había logrado antes en la zona.
En Pilar y el corredor norte, el pádel no es una tendencia. Es parte de la cultura.
La segunda vida de un deporte que ya estuvo aquí
El pádel no llegó al corredor norte como novedad absoluta. Llegó como regreso. En los años noventa, las canchas de pádel proliferaron en toda la Argentina con la misma velocidad con que hoy se multiplican, y el corredor norte tuvo su cuota de esa primera ola. Pero el ciclo se cerró: los clubes cerraron, las canchas se convirtieron en depósitos o se demolieron para construir otra cosa, y el pádel quedó en el recuerdo de quienes habían jugado en esa época.
Lo que ocurrió a partir de 2020 fue distinto. No fue el mismo deporte con mejor marketing. Fue el mismo deporte con mejores canchas, mejor tecnología de paletas, mejor infraestructura de clubes y, sobre todo, una comunidad completamente distinta: más joven, más conectada digitalmente, más dispuesta a reservar por aplicación y compartir el partido en redes. La tasa de retención del pádel a nivel global roza el 92%, una cifra excepcional en el universo deportivo. Quien prueba, se queda. Y en el corredor norte, con su ecosistema de residentes permanentes con tiempo flexible entre semana, las condiciones para que eso ocurriera eran perfectas.
Los números que explican la dimensión del fenómeno
Argentina se ubica entre los tres países con más canchas del mundo, detrás de España e Italia, con más de 7.000 pistas activas en alrededor de 2.600 clubes y una base de entre dos y tres millones de jugadores. En 2025, el pádel concentró el 46,3% del total de reservas deportivas en plataformas digitales, muy por encima del tenis, el fútbol y el squash, y creció un 50% en reservas respecto de 2024. El Buenos Aires Premier Padel P1 de mayo de 2025 vendió más de 50.000 entradas y reunió 16.156 espectadores en una sola jornada, récord histórico para un evento de pádel en el país.
Esos números nacionales se replican con intensidad particular en el corredor norte, donde la densidad de jugadores por kilómetro cuadrado es de las más altas del país. El residente de Pilar no necesita viajar lejos para jugar: la cancha está en el barrio, en el condominio del km 43 o en alguno de los complejos que fueron apareciendo sobre la colectora de Panamericana en los últimos años.
El pádel como organizador de la vida social
Lo que hace al pádel culturalmente diferente de otros deportes es su dimensión social intrínseca. No se puede jugar solo ni de a dos: requiere cuatro personas, lo que significa que cada partido es un evento de coordinación, de convocatoria, de pertenencia a un grupo. Eso lo convierte en uno de los instrumentos más eficaces de integración social en comunidades nuevas —como los barrios que se fueron poblando en el corredor norte— donde la gente llega sin redes previas y necesita construirlas desde cero.
El partido de pádel del martes a las diez de la mañana entre semana —ese que antes era imposible porque todos estaban en la oficina— se volvió el punto de encuentro semanal de vecinos que de otro modo no se cruzarían. El grupo de WhatsApp del pádel es, en muchos barrios del corredor, la red social más activa: más que el grupo de padres del colegio, más que el grupo de expensas. Ahí se organiza el partido, se busca el cuarto cuando alguien cancela, se comparten torneos y se concretan amistades que el barrio solo no hubiese generado con la misma velocidad.
Del amenity al negocio: la evolución del modelo
En la primera generación de barrios cerrados del corredor norte, la cancha de pádel era un amenity entre otros: aparecía en el listado junto con la pileta, el salón de usos múltiples y la cancha de fútbol. Se usaba, pero no era central. El modelo evolucionó. Los desarrollos más recientes del corredor —y los proyectos que se están planificando en submercados como Manzanares— entienden que el pádel no es un amenity que justifica las expensas. Es una razón de elección.
Esa distinción cambió el lugar del pádel en la ecuación del desarrollo inmobiliario. Un complejo con buenas canchas de pádel no las ofrece como extra: las pone en el centro de la propuesta de valor. Y la tendencia más reciente va un paso más allá: el club de pádel independiente, concebido como negocio autónomo con identidad propia, que no depende de las expensas de ningún barrio sino de la demanda real de una comunidad entera. Una cancha bien ubicada con ocupación sostenida puede recuperar la inversión inicial en no más de diez meses. En semanas de alta demanda, algunos complejos del corredor norte reportan ingresos diarios que proyectados al mes superan los cincuenta millones de pesos brutos.
El jugador que construyó el fenómeno
El perfil del jugador de pádel en el corredor norte es, en buena medida, el mismo del comprador de la zona: profesional de entre 35 y 55 años, con familia, trabajo flexible y disposición a invertir en calidad de vida. No es un atleta. No aspira al circuito profesional. Juega tres veces por semana porque el pádel le da lo que el trabajo remoto le quitó: interacción física, competencia sana, descarga y comunidad.
Ese jugador es también el que impulsa la demanda de infraestructura. Pide canchas techadas para jugar cuando llueve, iluminación LED para los turnos nocturnos, aplicación para reservar sin llamar, cafetería para el después. No es exigente por capricho. Es exigente porque está acostumbrado a un estándar de servicio que el pádel del corredor norte aprendió a dar.
Lo que el pádel construyó en zona norte en los últimos cinco años no es solo infraestructura deportiva. Es una forma de vivir en comunidad que el corredor no tenía con esa intensidad antes. Y en un mercado donde la calidad de vida es el argumento central de cada decisión de compra, ese activo intangible tiene un valor que ningún plano de ventas termina de capturar.
Álvaro Castro Burgueño tiene más de 20 años de experiencia como consultor inmobiliario.
Director de Banco de Tierras y Bank of Assets. Ha cursado las carreras de Abogado en la USAL, Administración de Real Estate y DPM en Dirección de Empresas en IAE y UA.








