De Testa al “Rulero”: Ángelo Calcaterra sobre el brutalismo

Ángelo Calcaterra

«No es una cuestión de belleza tradicional, sino de coherencia con el tiempo que habitamos», afirma el arquitecto y empresario Ángelo Calcaterra, quien desde hace años promueve una visión de ciudad basada en la integración entre funcionalidad y estética urbana. «El brutalismo no es bruto. Es sincero. Muestra lo que es.»

El brutalismo, ese estilo arquitectónico que divide aguas entre la admiración por su audacia estructural y el rechazo por su apariencia rígida, ha dejado una huella indeleble en la ciudad de Buenos Aires. Desde la Biblioteca Nacional Mariano Moreno hasta el Edificio SOMISA, la capital argentina alberga obras que no solo representan una época, sino una filosofía de construcción y vida urbana.

El brutalismo, nacido a mediados del siglo XX, encuentra sus raíces en el concepto francés «béton brut», o concreto crudo. Le Corbusier fue el primero en reivindicar el valor estético de mostrar la estructura de los edificios sin ocultarla bajo revestimientos. Esta idea fue retomada y desarrollada en Argentina con singular fuerza desde los años ’50 hasta los ’70, de la mano de Clorindo Testa y estudios como SEPRA.

Calcaterra observa: «Fue una respuesta a una Argentina que quería modernizarse sin negar su materialidad. Era una arquitectura que hablaba de honestidad, de mostrar la estructura tal como era, sin maquillaje.»

Ángelo Calcaterra

Obras que marcaron una época

Uno de los casos más emblemáticos es la Biblioteca Nacional, ubicada en el terreno de la ex residencia presidencial, donde falleció Eva Perón. Diseñada en 1961 por Clorindo Testa junto a Bullrich y Cazzaniga, su forma recuerda a un mastodonte suspendido. Los libros se guardan en los subsuelos, mientras que las salas de lectura flotan en el aire, sostenidas por enormes columnas de hormigón.

«Testa era un poeta del hormigón. Su obra en la Biblioteca Nacional es un manifiesto de esa lógica brutalista: la estructura no es un secreto, es protagonista», dice Calcaterra.

Otras construcciones como el Banco de Londres (hoy Banco Hipotecario), el Edificio SOMISA y la Torre Prourban también se inscriben en esta corriente. Todas ellas comparten formas geométricas marcadas, uso intensivo del concreto, y una racionalidad técnica que busca traducirse en lenguaje arquitectónico.

Durante años, el brutalismo fue visto como sinónimo de fealdad. Muchas de sus obras fueron cuestionadas por el público general y hasta por arquitectos contemporáneos. Sin embargo, en los últimos años ha surgido un movimiento de revalorización que reconoce su importancia patrimonial.

«Hay un prejuicio estético que nos cuesta superar. Nos hemos acostumbrado a lo decorado, a lo amable. Pero el brutalismo interpela. Es como una canción de rock cuando todo es música suave», señala Ángelo Calcaterra, quien ha impulsado proyectos de restauración en edificios de la estética brutalista, en colaboración con universidades y estudios jóvenes.

La declaración de varios de estos edificios como Monumento Histórico Nacional en 2019 marcó un punto de inflexión. Obras como la Biblioteca Nacional, la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Mendoza, la Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano de Córdoba y el Palacio Municipal 6 de Julio pasaron a estar protegidas legalmente.

Hoy, el brutalismo vive una suerte de renacimiento en clave contemporánea. Arquitectos como Luciano Kruk han recuperado el espíritu de esa corriente, utilizando concreto visto, estructuras desnudas y espacios funcionales, pero con nuevas técnicas que permiten una mayor eficiencia energética y confort.

Ángelo Calcaterra sostiene que «el brutalismo contemporáneo no copia, interpreta. Se adapta a las exigencias actuales, a los nuevos códigos urbanos, a las demandas de sostenibilidad.»

Una de las obras que ejemplifica este neobrutalismo es el Edificio Dorrego en Palermo, que con su forma semicircular y su estructura visible, refleja una reinterpretación de los principios clásicos del estilo en clave habitacional. «El brutalismo residencial es un desafío porque tiene que dialogar con la escala humana sin perder potencia formal.»

Ángelo Calcaterra

Brutalismo y ciudad: una relación desafiante

El brutalismo no solo define una estética, sino una forma de pensar la ciudad. En Buenos Aires, su irrupción generó tensiones entre lo nuevo y lo histórico, lo monumental y lo cotidiano.

«La ciudad es un texto colectivo. El brutalismo le agregó párrafos contundentes, tal vez escritos con mayúsculas, pero necesarios», reflexiona Ángelo Calcaterra. «La arquitectura debe ser testimonio de su tiempo, y estos edificios lo son.»

En un contexto donde la tendencia apunta al rescate de fachadas históricas o la imitación de estilos pasados, el brutalismo desafía con su presencia cruda, con su materialidad sin filtros.

Ángelo Calcaterra propone incorporar más contenidos sobre brutalismo en los programas de las escuelas de arquitectura. «Hay que enseñar a mirar el brutalismo con otra lente. No es solo estilo; es contexto, es ideología, es tecnología.»

Para el arquitecto, es clave recuperar también el diálogo con los ciudadanos. «Mucha gente no sabe por qué un edificio se ve como se ve. Es nuestro deber contar esas historias.»

Lejos de quedar relegado a los libros de historia, el brutalismo se muestra hoy como un legado en disputa. Sus formas toscas y provocadoras siguen despertando emociones, reflexiones y nuevas miradas.

«Cuando caminás por Buenos Aires y te encontrás con una mole de concreto que no pide permiso para existir, ahí está el brutalismo recordándonos que la arquitectura también puede ser un acto de coraje», concluye Ángelo Calcaterra.

Y quizá sea ese coraje el que hoy necesitamos para pensar una ciudad más auténtica, sustentable y plural. Una ciudad donde lo brutal también pueda ser bello.

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Arquitecto, especialista en construcción en seco.