Intel pone a prueba equipos de un fabricante con raíces chinas y abre un nuevo frente de tensión en la industria

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Intel volvió a quedar bajo la lupa tras evaluar este año herramientas de fabricación provenientes de ACM Research, una empresa con sede en California cuyo desarrollo y producción se concentran en gran medida en China. La decisión encendió alertas dentro de Washington, ya que dos filiales de ACM, ubicadas en Shanghái y Corea del Sur, fueron incluidas en listas de sanciones del gobierno estadounidense por su supuesto apoyo al avance tecnológico del aparato militar chino. La compañía niega esos señalamientos.

Los equipos puestos a prueba, dedicados al grabado húmedo de obleas de silicio, fueron considerados para el proceso más avanzado que Intel planea inaugurar a finales de la década. Por ahora no hay señales de que la empresa haya decidido incorporarlos de manera definitiva ni indicios de que se haya violado alguna regulación. ACM evitó hablar de clientes específicos, aunque sí confirmó que su equipo estadounidense ha entregado herramientas fabricadas en Asia a firmas locales. También señaló que había enviado varias máquinas a un fabricante de gran peso dentro del país, que ya comenzó a evaluarlas y obtuvo resultados positivos en algunos casos.

El interés de Intel en equipos que provienen de un proveedor con unidades sancionadas alimentó inquietudes entre legisladores y especialistas en seguridad nacional. Según voces críticas, la simple evaluación de estas máquinas podría abrir una puerta a la transferencia de conocimientos sensibles hacia China, comprometer el espacio ganado por proveedores estadounidenses y europeos, o incluso crear vulnerabilidades dentro de las líneas de producción en un momento en que la competencia tecnológica entre ambas potencias se vuelve más áspera.

La administración de Washington viene ajustando su postura frente a Pekín. Tras las restricciones chinas a la exportación de minerales clave, el presidente de entonces moderó algunas de sus medidas en torno a los envíos de tecnología avanzada y permitió ventas limitadas de chips de inteligencia artificial al mercado chino. Sin embargo, ese giro no disipó la preocupación bipartidista en el Congreso, donde se reactivó un proyecto para impedir que las empresas beneficiadas por los subsidios federales utilicen equipos provenientes de China en sus planes de expansión.

ACM sostiene que no representa un riesgo para la seguridad nacional y que sus operaciones en Estados Unidos funcionan de manera aislada respecto de la filial sancionada. La embajada china en Washington también intervino, afirmando que la cooperación comercial no debería verse atravesada por disputas políticas.

La compañía nació a finales de los años noventa de la mano de David Wang, quien aún dirige la firma. Aunque su sede oficial está en California, la mayor parte de su investigación y desarrollo se realiza en Shanghái, donde la empresa consolidó un centro completo de ingeniería y manufactura. Su presencia en territorio estadounidense creció con la apertura de una sede en Hillsboro, en el corazón del llamado Bosque de Silicio de Oregón, muy cerca de las operaciones principales de Intel.

ACM todavía es un actor menor dentro del mercado global, pero el avance de los fabricantes chinos comienza a sentirse gracias a precios más bajos y a la ambición de Pekín por ganar terreno en un sector considerado estratégico. Ese contexto explica por qué cada movimiento se examina con lupa y por qué la evaluación de un par de máquinas puede convertirse en un nuevo punto de fricción entre las dos mayores potencias tecnológicas del planeta.

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