A pesar de los llamados de líderes políticos de la Unión Europea a reducir los riesgos de los lazos económicos con China, las empresas europeas aumentaron sus inversiones en este país, alcanzando niveles récord en el segundo trimestre de 2024. Este auge en las inversiones de “greenfield” o “de campo verde”, es decir, aquellas que implican la creación de nuevas empresas o instalaciones, se situó en 3.600 millones de euros (3.900 millones de dólares estadounidenses) entre abril y junio, según el análisis de la consultora Rhodium Group.
Este incremento representa el nivel más alto registrado en un solo trimestre y supera con creces el promedio trimestral de 1.800 millones de euros de inversión europea en China desde 2022. La participación de empresas alemanas ha sido especialmente destacada, representando el 57% del total de inversiones europeas de greenfield en China durante la primera mitad de 2024.
Los principales actores de este auge inversor en territorio chino provienen en su mayoría de Alemania, encabezados por la automotriz Volkswagen y BMW, además de la empresa química BASF. Estas firmas, junto a la sueca Ingka Group (propietaria de la cadena de muebles Ikea) y la empresa tecnológica STMicroelectronics, registrada en Países Bajos, han liderado esta ola de expansión europea en el país asiático.
Los motivos que subyacen al impulso de inversión son diversos y responden en gran medida a la necesidad de asegurar cadenas de suministro más resilientes en medio de crecientes tensiones geopolíticas. Según el análisis de Rhodium Group, el sector automotriz ha sido particularmente relevante en esta tendencia, siendo responsable de aproximadamente la mitad de las inversiones europeas en China desde 2022. Las empresas, en su afán de blindarse frente a posibles disrupciones internacionales, han optado por el enfoque de “producir en China para China”, priorizando la localización de su manufactura en el mercado asiático.
La decisión de estos gigantes europeos de continuar apostando por el mercado chino se produce en un contexto en el que los líderes de la Unión Europea han expresado su intención de disminuir la dependencia económica de Pekín. En los últimos años, se han alzado voces en la región que consideran vital reducir riesgos, una estrategia que implica diversificar proveedores y limitar la exposición de sectores clave a economías consideradas estratégicamente sensibles. Sin embargo, los datos muestran que las empresas, especialmente las alemanas, parecen valorar la consolidación en el mercado chino, priorizando los beneficios económicos y la estabilidad de sus operaciones frente a las advertencias políticas.
En el caso de Alemania, la persistencia de esta orientación pro-China tiene razones económicas profundamente arraigadas. Las automotrices alemanas, en particular, ven en el mercado chino una base sólida para su expansión global, dada la alta demanda y la preferencia de los consumidores chinos por vehículos de marcas europeas. Asimismo, la localización de la producción en el país permite a estas compañías reducir costos de transporte y acortar los tiempos de respuesta a las necesidades del mercado local, mejorando así su competitividad. Esta estrategia de fabricación local también puede reducir el impacto de posibles medidas comerciales que puedan imponer aranceles o limitaciones a la importación de productos terminados.
A pesar del contexto de creciente tensión, estas empresas europeas han apostado por continuar con sus inversiones en el país asiático, buscando no solo expandir su capacidad productiva, sino también aprovechar las ventajas de una economía que, aunque enfrenta sus propios desafíos, sigue siendo uno de los motores de crecimiento global. La resiliencia del mercado chino y su potencial de consumo parecen ser razones suficientes para que las empresas europeas, en especial las del sector automotriz, sostengan su apuesta, incluso en medio de un entorno en el que las presiones políticas y las tensiones comerciales van en aumento.










