Asia registra la tasa de homicidios más baja del mundo, muy por debajo de América Latina

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Según el Estudio Mundial sobre el Homicidio 2023 de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC), Asia es el continente con la tasa más baja de homicidios intencionales del planeta: 2,3 víctimas por cada 100.000 habitantes en 2021, apenas por debajo de Europa (2,2) y por encima de Oceanía (2,9). Ambas cifras se ubican muy lejos del promedio mundial, que ese año fue de 5,8 homicidios por cada 100.000 personas.

El contraste con América es marcado. Según el mismo informe, las Américas registraron en 2021 la tasa regional de homicidios per cápita más alta del mundo: 15 por cada 100.000 habitantes, equivalentes a unas 154.000 víctimas. Eso implica que la región es más de seis veces más violenta que Asia en términos relativos. África, por su parte, concentró el mayor número absoluto de homicidios (176.000), con una tasa de 12,7 por cada 100.000 habitantes.

El peso del crimen organizado

Uno de los factores que explica la brecha es el rol del crimen organizado. Según la UNODC, los homicidios vinculados a delincuencia organizada y pandillas representan alrededor del 22% de los homicidios intencionales a nivel mundial, pero trepan al 50% en América, mientras que en Europa esa proporción es de apenas 6%.

El propio informe señala a Haití y Ecuador como ejemplos de países donde la disputa entre organizaciones criminales derivó en aumentos abruptos de homicidios.

Dentro de la región, México ocupa el cuarto lugar mundial en homicidios en términos absolutos y el undécimo en términos relativos entre los países de América Latina y el Caribe, de acuerdo con la presentación del estudio para la región. El país registró 30.968 homicidios en 2022, frente a 31.915 en 2021, con más de la mitad concentrados en apenas seis estados.

Baja violencia urbana en Asia

En Asia Oriental, países como Japón y Singapur presentan índices de homicidios callejeros prácticamente nulos, en contraste con la violencia urbana asociada al narcotráfico y las pandillas en buena parte de América Latina.

La UNODC advierte, sin embargo, que existen excepciones dentro del propio continente asiático: zonas en conflicto armado, como partes de Medio Oriente o Afganistán, elevan localmente los riesgos, aunque sin alterar el promedio regional, que se mantiene como el más bajo del mundo.

Las razones detrás de la brecha

Los especialistas coinciden en que la diferencia entre Asia y América Latina no responde a una única causa, sino a la combinación de varios factores estructurales.

El primero es el peso del crimen organizado y el narcotráfico. Angela Me, jefa del departamento de investigación de la UNODC, identifica tres grandes causas para la situación en América Latina: la desigualdad, la impunidad y el acceso a las armas de fuego. La región concentra buena parte del negocio global de la cocaína, algo que no tiene un correlato comparable en el continente asiático.

A eso se suma la debilidad judicial. La UNODC advierte que una justicia débil conduce a la impunidad: en 2016 apenas el 43% de los homicidios cometidos en el continente americano fueron resueltos por la policía, la tasa de esclarecimiento más baja del mundo y casi la mitad que en Europa. En México, la impunidad en homicidio doloso llegó a superar el 78% en 2014, es decir, solo 1 de cada 5 casos terminó sancionado. Esa falta de consecuencias retroalimenta el ciclo de violencia.

La desigualdad económica también juega un rol central. Estudios sobre homicidios juveniles en ciudades latinoamericanas muestran que un mayor índice de Gini se asocia de forma consistente con tasas de homicidio más altas, mientras que mayor educación y PBI per cápita las reducen. Asia tiene países con desigualdad significativa, pero no combina ese factor con crimen organizado e impunidad con la misma intensidad que la región latinoamericana.

La inversión en educación aparece como otro factor diferenciador. Los mismos estudios sobre homicidios en ciudades latinoamericanas muestran que un mayor nivel educativo en la población se asocia con tasas de homicidio significativamente más bajas, tanto en hombres como en mujeres.

Países del este asiático como Japón, Singapur y Corea del Sur destinan una porción sostenida de su gasto público a educación desde hace décadas, con sistemas escolares de alta cobertura y calidad, mientras que en buena parte de América Latina la inversión educativa es más baja y desigual entre regiones dentro de un mismo país, lo que perpetúa brechas de oportunidades que alimentan la violencia.

Como se comentó más arriba, el acceso a las armas de fuego tiene un valor gravitacional en este flagelo. Las armas están involucradas en cerca del 75% de los homicidios en todo el continene americano, frente a apenas el 18% en Europa y Asia. Japón, con controles casi absolutos sobre la tenencia civil de armas, exhibe tasas de homicidio prácticamente nulas, aunque los especialistas remarcan que el control de armas por sí solo no alcanza para explicarlo: se combina con alta cohesión social, fuerte confianza en las instituciones policiales y una cultura de obediencia normativa muy arraigada.

Por último, aparece la capacidad estatal. Investigaciones académicas señalan que la eficacia gubernamental y el control de la corrupción son determinantes: donde las instituciones son percibidas como ineficaces o corruptas, la población retira su respaldo, lo que debilita los mecanismos de control social. En el este asiático, la fortaleza institucional y policial funciona como contrapeso frente a la violencia interpersonal.

Una brecha que combina estructura, Estado y sociedad

Ninguno de estos factores explica por sí solo la distancia entre Asia y América Latina. Lo que revelan los datos de la UNODC es un cuadro donde causas económicas, institucionales y culturales se retroalimentan: la desigualdad y la falta de educación crean condiciones propicias para la violencia, la impunidad y la debilidad judicial les quitan el freno del castigo, y la presencia de crimen organizado y armas de fuego les da los medios para escalar.

Asia, en cambio, no está exenta de desigualdad ni de tensiones sociales, pero rara vez combina esos tres elementos a la vez, y sostiene además un aparato estatal con mayor capacidad de control y sociedades con alta cohesión interna.

La lectura que se impone no es que un solo cambio de política —más policías, más armas confiscadas o más gasto educativo— vaya a cerrar la brecha, sino que se requiere una intervención simultánea sobre varios frentes al mismo tiempo. Mientras esa ecuación no cambie, nuestra región seguirá liderando las estadísticas globales de violencia letal.

 

 

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Co-fundador de ReporteAsia.