Nodos, flujos y soberanía: la geopolítica del Siglo XXI desde la periferia argentina

nodos

Networks, flows, and sovereignty: 21st century geopolitics from the argentine periphery. GB (R) PhD Oscar Armanelli

«La verdadera independencia consiste en poder decidir el propio destino.» Nelson Mandela

Abstract.

El presente artículo analiza la inserción estratégica de la República Argentina frente a la transición del orden internacional contemporáneo hacia un modelo posoccidental de interdependencia armada, caracterizado por la emergencia de dos polos globales de poder y la fragmentación geoeconómica derivada de las prácticas de nearshoring y friend-shoring. A partir del marco teórico de las redes y los flujos globales, se examina la contradicción fundamental entre las exigencias de alineación político-militar de la administración estadounidense (NSS 2025 / NDS 2026) y las ofertas de financiamiento de infraestructura crítica por parte del eje asiático. Mediante un enfoque metodológico sistémico, el trabajo valida de forma positiva la hipótesis que vincula operacionalmente el nivel de control sobre los nodos críticos —tanto en su dimensión geográfica (boca oriental del Estrecho de Magallanes y proyección antártica) como digital (soberanía de datos e Inteligencia Artificial)— con la capacidad de ejercicio de una soberanía funcional. Se concluye que, ante la obsolescencia del determinismo territorial clásico, la periferia argentina requiere el abandono de alineaciones dogmáticas en pos de una doctrina de resiliencia tecnológica y control de flujos capaz de constituir un escudo estratégico que preserve el interés nacional y garantice la libertad de acción en el Atlántico Sur.

Palabras clave: Geopolítica de redes, Interdependencia armada, Soberanía Funcional, Estrecho de Magallanes, Infraestructura crítica.

Abstract.

This paper analyzes the strategic position of the Argentine Republic amid the transition of the contemporary international order toward a post-Western model of weaponized interdependence, characterized by the emergence of two global power hubs and the geoeconomic fragmentation derived from nearshoring and friend-shoring practices. Based on the theoretical framework of global networks and flows, it examines the fundamental contradiction between the political-military alignment demands of the U.S. administration (NSS 2025 / NDS 2026) and the critical infrastructure financing offers from the Asian axis. Through a systemic methodological approach, this study positively validates the hypothesis that operationally links the level of control over critical nodes—both in its geographical dimension (the eastern mouth of the Strait of Magellan and Antarctic projection) and digital dimension (data sovereignty and Artificial Intelligence)—with the capacity to exercise a functional sovereignty. The paper concludes that, given the obsolescence of classical territorial determinism, the Argentine periphery must abandon dogmatic alignments in favor of a doctrine of technological resilience and flow control capable of building a strategic shield that preserves the national interest and guarantees freedom of action in the South Atlantic.

Keywords: Geopolitics of Networks, Weaponized Interdependence, Functional Sovereignty, Strait of Magellan, Critical Infrastructure.

1. Introducción: La reconfiguración del espacio y el poder en el Siglo XXI.

En la actualidad, la geopolítica ha experimentado un retorno a sus raíces más crudas: la geografía ha vuelto a imponerse como el tablero inamovible de la política mundial. A pesar de los espejismos de la globalización, que prometían un mundo sin fronteras, la realidad contemporánea demuestra que el control de los puntos de estrangulamiento (como el Estrecho de Magallanes, el canal de Panamá, el estrecho de Ormuz, por mencionar algunos) sigue siendo el garante de la seguridad global. El retorno de la geografía como el tablero inamovible de la política mundial —lo que el geógrafo Robert Kaplan (2013, p 45-51) denomina «la venganza de la geografía»— demuestra que la globalización no eliminó las fronteras, sino que volvió más críticos los puntos de interconexión.

Esta tendencia se ve reforzada por la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) 2025 de los Estados Unidos, que ha redefinido los límites de Occidente como un territorio estratégico que se extiende desde el Ártico hasta el Estrecho de Magallanes, consolidando un perímetro de seguridad hemisférico inexpugnable, donde Estados Unidos es una zona que pretende disciplinar según sus propios intereses; con ello ha logrado que algunos países se alineen, pero produciendo también fragmentación al interior del continente.

Este nuevo orden mundial, que lo podemos describir como un mundo no hegemónico con dos nortes: uno como cabeza a Estados Unidos y otro en Asia con dos caras visibles como China e India que, en síntesis, han transformado las cadenas de suministro en un instrumento de coerción estatal.

Para entender este concepto de hegemonía recurrimos al politólogo y teórico crítico canadiense Robert W. Cox, una referencia ineludible para comprender las transiciones del poder global. Al introducir el concepto gramsciano de hegemonía en las Relaciones Internacionales, Cox complejiza de forma radical la noción de «orden mundial». Comenzamos con la distinción entre hegemonía y no hegemonía.

Para Cox (1981), un orden hegemónico no se define simplemente por la supremacía militar o el equilibrio de poder material (como sostiene el realismo clásico). La hegemonía real es una estructura histórica que logra amalgamar de forma armónica tres categorías de fuerzas: las capacidades materiales, las ideas (supuestos colectivos compartidos) y las instituciones.

Bajo un orden hegemónico, la potencia líder no necesita recurrir constantemente a la fuerza bruta, ya que ha construido un consenso global donde las naciones periféricas aceptan las reglas del juego (como el libre comercio o las normas financieras) porque las perciben como un «sentido común» universal (Cox, 1983). Las instituciones internacionales (como la ONU o el FMI) funcionan aquí como amortiguadores encargados de cooptar las demandas contrarias y estabilizar el orden hegemónico (Cox y Sinclair, 1996).

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El presente artículo analiza la inserción estratégica de la República Argentina frente a la transición del orden internacional contemporáneo hacia un modelo posoccidental de interdependencia armada.

Por el contrario, un orden no hegemónico surge cuando ese consenso interclase e internacional se fractura o bien nunca alcanza a consolidarse. Cox y Sinclair (1996) explican que las estructuras no hegemónicas se caracterizan por los siguientes vectores:

a. Primacía de la dominación coercitiva: Ante la ausencia de un marco ideológico e institucional compartido que genere legitimidad voluntaria, el control social y el orden internacional se mantienen de manera explícita a través de la dominación material, la coerción y el poder no cinético o punitivo (Cox y Sinclair, 1996, p. 9).

b. La transición pluralista y fragmentada: En sus reflexiones tardías, Cox describió los escenarios post-hegemónicos no como un vacío absoluto, sino como una transición hacia un mundo multipolar o de «pluralidad de centros de poder mundiales» (Cox, 2010). En este marco, las potencias (como el eje angloamericano y el bloque asiático emergente) se ven forzadas a negociar de forma permanente un modus vivendi ajustable, desprovisto de una gobernanza global única y legítima para todas las partes (Cox, 2010).

c. La instrumentalización de las redes: En un orden no hegemónico, la economía internacional deja de operar como un espacio institucional de cooperación regulada y pasa a ser un campo de batalla geoeconómico donde las cadenas de suministro y las dependencias financieras mutan en herramientas de coerción interestatal directa (Cox, 2009).

Bajo el ala de la geoeconomía, han emergido prácticas como el nearshoring y el friend-shoring, que disfrazan bajo el rótulo de «resiliencia» un marcado proteccionismo y la aplicación de aranceles históricos. El objetivo no es ya la eficiencia de mercado, sino asegurar la infraestructura crítica y el acceso a minerales críticos (como el litio o las tierras raras) para evitar vulnerabilidades ante rivales sistémicos. Queremos aclarar que este rótulo de «minerales críticos» es para las grandes potencias representadas por los dos nortes mencionados anteriormente; mientras que para países medianos que los poseen pasan a ser «minerales vitales» necesarios para su desarrollo.

No obstante, la geografía del siglo XXI ya no es solo física; es digital. El control de los nodos de comunicación, el desarrollo de la Inteligencia Artificial (IA) y el control de las empresas tecnológicas sobre los datos han generado un nuevo tipo de dependencia estratégica. Para países medianos como la Argentina, el dilema es existencial: construir una autonomía estratégica real que proteja sus intereses nacionales y su defensa, o sucumbir a una alineación dogmática a los EE. UU. que erosione su capacidad funcional de decisión.

Por ello nos planteamos la siguiente hipótesis de trabajo: «La transición del orden global hacia un modelo de interdependencia armada, caracterizado por el control de nodos tecnológicos y el blindaje de cadenas de suministro regionales, impone a la Argentina la necesidad de abandonar la alineación dogmática para adoptar una doctrina de soberanía funcional. Solo mediante el desarrollo de capacidades propias en infraestructura crítica y el control del espectro digital, el Estado podrá transformar su geografía estratégica en un escudo de autonomía, evitando que el poder no cinético de las potencias externas anule la voluntad nacional y su proyecto de defensa.»

Para su validación utilizaremos las siguientes variables priorizando la relación entre los distintos conceptos para presentarlo como un sistema integrado, teniendo presente que la geopolítica ya no es solo la disputa por el suelo, sino la lucha por el control de los flujos a través de los nodos, lo que define la soberanía real en el siglo XXI.

Para ello determinamos como variable independiente el nivel de control sobre nodos críticos de flujo; dado que esta variable mide la capacidad técnica y jurídica del Estado para gestionar los puntos de entrada, salida y tránsito de recursos vitales (datos, energía, finanzas); proponemos tres indicadores para operacionalizarla como son: a) dimensión geográfica que se representa con los puntos de estrangulamiento; b) la dimensión digital que incluye la propiedad y gestión de servidores, cables submarinos y nodos de IA que procesan la información de defensa y economía y c) el riesgo de la caja negra, representada si el nodo es extranjero y cerrado, el Estado no controla el flujo, solo lo aloja.

Como variable dependiente utilizaremos la capacidad de ejercicio de la soberanía funcional; concepto nuevo que representa el resultado geopolítico que se plasma en la libertad de acción del Estado frente a las presiones de la interdependencia armada, concepto desarrollado por Farrell & Newman (2019). Las dimensiones a utilizar son: a) autonomía de decisión entendida como la capacidad de mantener los intereses nacionales (ej. comercio con diversos bloques) sin que una potencia pueda interrumpir los flujos vitales del país y b) la resiliencia sistémica entendida como la posibilidad de que Argentina mantenga su operatividad (defensa y servicios) si el «proveedor de flujo» decide aplicar sanciones o un apagón tecnológico.

Estructuraremos el trabajo de tal forma que nos permita interrelacionar los conceptos del título del presente trabajo, es decir «Nodos, flujos y soberanía: La geopolítica del Siglo XXI desde la periferia argentina»; para ello en la primera parte haremos una breve descripción del concepto geopolítica y su evolución hasta la actualidad, en la segunda parte los relacionaremos con los conceptos de nodos, flujos y cómo influyen en nuestra soberanía a la luz de documentos emitidos por la administración Trump para llegar a la validación de nuestra hipótesis para observar si aumenta la autonomía tecnológica (V.I.), entonces aumenta la soberanía funcional (V.D.), permitiendo que Argentina transforme su geografía en un escudo estratégico en lugar de ser un mero nodo de dependencia subordinado al interés de la potencia regional.

2. Evolución del concepto: Del determinismo al probabilismo en geopolítica.

Antes de desarrollar la evolución del concepto nos parece oportuno adoptar una definición del concepto geopolítica, y nos parece oportuna la definición esbozada por Pinochet Ugarte (1984, p 21):

«…como la ciencia de doble extracción: geográfica y política que, partiendo del Estado políticamente organizado, trasciende más allá de sus propias fronteras como integrante de un complejo internacional bajo imperativos de interrelación e interdependencia. Consiguientemente, de los factores de análisis, el más importante a considerar es la situación geográfico relativa. Su finalidad consiste en descubrir, primero, y proporcionar al conductor y estadista, después, vías y canales aptos a la supervivencia del Estado y la promoción futura del interés nacional.»

Entendida como una disciplina fundamental de la ciencia política, la geopolítica constituye el estudio holístico de las sociedades organizadas dentro de un espacio soberano. A través de un análisis transversal que amalgama variables geográficas, históricas, socioeconómicas y estratégicas —tanto pretéritas como contemporáneas—, esta ciencia examina las complejas e interdependientes interacciones entre la población y su entorno territorial. Su propósito epistemológico es proyectar escenarios futuros y determinar objetivos estratégicos viables que garanticen el desarrollo integral, la seguridad y la prosperidad colectiva de la nación.

En la geopolítica, el poder es la variable dinámica que transforma el espacio geográfico inerte en un escenario político activo. Es la capacidad de la masa humana organizada para convertir sus recursos tangibles (geografía, economía, fuerzas armadas) e intangibles (historia, estrategia, cohesión social) en influencia real. Esta influencia se proyecta en el tablero internacional para asegurar los objetivos soberanos del Estado y, en última instancia, garantizar la preservación y la prosperidad de su población frente a las presiones del orden global.

Max Weber define poder como «Toda posibilidad de hacer triunfar en el seno de una relación social, su propia voluntad, aún contra las resistencias» (Weber, 1944, como se citó en Portillo, 2001, p. 230), planteamiento que trasladado al plano de las relaciones internacionales lleva al concepto de cómo se usan las capacidades estatales para cumplir con los intereses nacionales. En el plano de la geopolítica, como disciplina subsidiaria de las relaciones internacionales y de las ciencias políticas, no es solo mapas, sino cómo un país mediano como Argentina usa sus capacidades para lograr ciertos grados de autonomía que le permitan concretar sus intereses nacionales.

Cuando hablamos de capacidades se entronca directamente con la evolución del pensamiento geopolítico, que permite distinguir dos grandes vertientes metodológicas: una de carácter determinista, que enfatiza la influencia casi inevitable de los factores geográficos sobre el destino de los Estados, y otra probabilística, que centra su análisis en la capacidad de la población y el uso estratégico de los recursos para alterar dicha realidad física.

A estas visiones clásicas es imperativo sumar la perspectiva de Lacoste (1976/1990), quien redefine la disciplina como un análisis de las rivalidades de poder sobre los territorios y las poblaciones que en ellos habitan, despojándola de su supuesta neutralidad al afirmar que el espacio es, ante todo, un instrumento político y militar. Bajo esta lógica, el fenómeno geopolítico no es una consecuencia pasiva del relieve, sino una lucha activa por el predominio sobre el espacio, donde la voluntad estatal busca hacer triunfar su interés nacional frente a las resistencias de otros actores (Portillo, 2001).

Esta apretada síntesis de las dos visiones geopolíticas se tradujo en diversas teorías que desarrollamos a continuación marcando la evolución de las mismas.

En la geopolítica, el poder es la variable dinámica que transforma el espacio geográfico inerte en un escenario político activo.

2.1. Etapas de la Geopolítica.

a. Determinismo geográfico (fines S. XIX – 1930): en esta fase fundacional, el Estado es concebido como un organismo condicionado biológicamente por su espacio físico; de esta forma la geografía es el factor absoluto que determina el destino de las naciones (Ratzel, 1897/2011). Esto implica la primacía que se otorga a los factores naturales como la ubicación y los recursos, donde el territorio es la base única del poder.

b. Geopolítica clásica estratégica (1930 – 1945): se desplaza el foco hacia el dominio de posiciones clave en el tablero mundial. El control del espacio a través de teorías como el heartland de Mackinder y el Rimland de Spykman (1942); su finalidad es establecer una relación directa entre el dominio territorial y la proyección de poder global.

c. Geopolítica bipolar (1947 – 1991): durante la Guerra Fría, la disciplina se adapta a la lógica de los bloques ideológicos. Su mecanismo es lograr el equilibrio de poder, que se mantiene mediante la disuasión nuclear y la delimitación estricta de áreas de influencia (Kennan, 1947; Kissinger, 1994). En América Latina, esto consolidó la Doctrina de Seguridad Nacional, alineando las capacidades locales a la defensa del bloque occidental.

d. Globalización e interdependencia (1991 – 2001): tras la caída del Muro, surge una reducción relativa del peso del territorio físico. El auge de los flujos económicos, financieros y comerciales cobra protagonismo frente al control militar de la tierra y ello trae aparejada la aparición de actores no estatales; las corporaciones transnacionales comienzan a desafiar la centralidad del Estado (Keohane & Nye, 2001).

e. Geopolítica compleja y multidimensional (2001 – 2015): la aparición de amenazas híbridas redefine la seguridad. En el escenario se entrelazan las dimensiones políticas, económicas y tecnológicas y con ello surgen las «nuevas guerras» centradas en el control de poblaciones y percepciones más que en la ocupación territorial (Kaldor, 2001).

f. Geopolítica de redes (2015 – actualidad): el poder se define por el control de infraestructuras críticas (datos, energía, logística). Surge una nueva interdependencia denominada armada, donde el ciberespacio y las cadenas de suministro se transforman en armas de coerción (Farrell & Newman, 2019). La victoria pertenece al actor con mayor capacidad de procesamiento de datos, transformando la guerra en un algoritmo de «parálisis sistémica».

La evolución del concepto de geopolítica refleja un desplazamiento desde enfoques territorialistas centrados en el control del espacio físico hacia una comprensión multidimensional basada en la interdependencia y, finalmente, en el dominio de nodos críticos y flujos globales. En el siglo XXI, el poder estatal ya no se define exclusivamente por la posesión territorial, sino por la capacidad de gestionar infraestructuras estratégicas, redes de información y sistemas tecnológicos interconectados. Este cambio redefine las bases de la competencia internacional y exige a los Estados adaptar sus estrategias de defensa hacia la protección de datos, energía y conectividad global, consolidando una lógica de conflicto multidominio y permanente (Gray, 2010; Nye, 2011; Freedman, 2013; Kaldor, 2001; Farrell & Newman, 2019; Battaleme, 2019).

Esta apretada síntesis de la evolución del concepto geopolítico se puede observar en la Tabla Nro 1 con sus principales representantes para cada uno de los cinco períodos.

Evolución del concepto de geopolítica: del territorio a los nodos y flujos

Período Enfoque dominante Concepto central Características principales Referentes
Fines del siglo XIX – 1930 Determinismo geográfico Territorio como base del poder El Estado es concebido como un organismo condicionado por su espacio físico; primacía de factores naturales (ubicación, recursos, extensión). Friedrich Ratzel; Rudolf Kjellén
1930 – 1945 Geopolítica clásica estratégica Control del espacio Relación entre poder y dominio territorial; relevancia de posiciones estratégicas (heartland, rimland). Halford Mackinder; Nicholas Spykman
Guerra Fría (1947–1991) Geopolítica bipolar Equilibrio de poder División del sistema internacional en bloques; centralidad de la disuasión nuclear y las áreas de influencia. George Kennan; Henry Kissinger
Posguerra Fría (1991–2001) Globalización Interdependencia Reducción relativa del peso del territorio; auge de flujos económicos, financieros y comerciales; creciente rol de actores no estatales. Robert Keohane; Susan Strange
Siglo XXI (2001–2015) Geopolítica compleja Multidimensionalidad Integración de dimensiones políticas, económicas y tecnológicas; aparición de amenazas híbridas y nuevos actores. Mary Kaldor; Manuel Castells
Siglo XXI (2015–actualidad) Geopolítica de redes Nodos y flujos El poder se define por el control de infraestructuras críticas (datos, energía, logística); centralidad del ciberespacio y cadenas de suministro. Henry Farrell; Abraham Newman

Tabla Nro 1: Evolución del concepto de geopolítica. (Fuente: elaboración propia sobre la base de Ratzel (1897/2011), Kjellén (1916/1996), Mackinder (1904/2004), Spykman (1942), Kennan (1947), Kissinger (1994), Keohane y Nye (2001), Strange (1996), Kaldor (2001), Castells (2009) y Farrell y Newman (2019). La matriz ilustra el desplazamiento paradigmático y cronológico desde el determinismo territorial absoluto hacia la lógica multidimensional de la geopolítica de redes contemporánea, impulsada por la interdependencia armada y el control de infraestructuras críticas).

La tabla nro 1 sintetiza la evolución del concepto de geopolítica desde una perspectiva territorial hacia una lógica basada en redes, nodos y flujos, donde la capacidad de controlar infraestructuras críticas y sistemas de información redefine el ejercicio del poder estatal en el siglo XXI. El análisis permite observar cómo la disciplina pasó de ser una «ley natural» sobre la expansión de la tierra a una herramienta estratégica para la gestión de flujos, cadenas de suministro, minerales críticos versus minerales vitales y tecnología.

2.2. La geopolítica y la geoeconomía.

Ya hemos analizado el concepto de geopolítica y su evolución en el tiempo, pero aparece un nuevo concepto muy relacionado, conocido como geoeconomía.

La geoeconomía se define como la gestión de las rivalidades internacionales mediante instrumentos económicos, donde la lógica del conflicto se traslada del campo de batalla militar al dominio de los mercados, la tecnología y los flujos financieros. Según Edward Luttwak, uno de los teóricos fundamentales de esta disciplina:

«La geoeconomía es la continuación del conflicto de las naciones por medios comerciales, donde la inversión de capital, el control de los suministros y la penetración de mercados sustituyen a la potencia de fuego y las líneas de suministro militares» (Luttwak, 1995, p. 110).

En el contexto de la Geopolítica de Redes, la economía ha dejado de ser un espacio de cooperación para transformarse en un campo de batalla de poder no cinético. La actual administración estadounidense, a través de la NSS 2025, ha impulsado una reconfiguración de las cadenas de suministro que utiliza la geografía y las alianzas políticas como filtros de seguridad.

Es preciso abordar la transición del comercio-como-cooperación al comercio-como-conflicto.

La actual reconfiguración de las cadenas de suministro responde a lo que Farrell y Newman (2019) denominan «Interdependencia Armada» (Weaponized Interdependence). Esta teoría sostiene que la estructura de las redes globales (financieras, de datos y de suministros) permite a los Estados que controlan los nodos centrales ejercer una coerción asimétrica sobre el resto. Las tendencias actuales de relocalización productiva no responden a una lógica de mercado puramente económica, sino que operan como herramientas de la denominada «interdependencia armada» (Weaponized Interdependence), donde las redes globales de intercambio se utilizan para ejercer coerción estatal.

Históricamente, la globalización se basó en el offshoring (deslocalización), buscando producir donde fuera más barato, sin considerar los riesgos geopolíticos. Sin embargo, varios factores convergieron para forzar un cambio de paradigma: la crisis de suministros producto de la pandemia de COVID-19, donde se reveló que las cadenas de suministro eran extremadamente frágiles y dependientes de nodos lejanos (principalmente Asia); a ello se sumó la interdependencia armada, donde se hizo evidente que las potencias pueden utilizar el control de nodos financieros o tecnológicos como armas de coerción (por ejemplo, las sanciones a Rusia o Irán); y finalmente con dos documentos estratégicos que plasman el ascenso de China y la respuesta de EE. UU. mediante la NSS 2025 y la NDS 2026, que redefinieron el comercio como una extensión de la seguridad nacional en este marco de competencia por la hegemonía mundial.

Inicialmente, el enfoque estuvo en el reshoring, con el objetivo de recuperar industrias que habían abandonado sus territorios hacia mercados más competitivos. El friendshoring (o allyshoring), por su parte, es una estrategia destinada a crear una cadena de suministro más resiliente fomentando el comercio dentro de un grupo de naciones amigas o de confianza. El concepto ganó relevancia cuando la secretaria del Tesoro de EE. UU., Janet Yellen, acuñó el término, destacando el riesgo de depender de adversarios (Nedumpara, 2024, p 125).

Entendida como una disciplina fundamental de la ciencia política, la geopolítica constituye el estudio holístico de las sociedades organizadas dentro de un espacio soberano.

El surgimiento de estas prácticas responde a la necesidad de los Estados de recuperar su soberanía funcional frente a la incertidumbre global, que podríamos definir como motivaciones geopolíticas que se transforman en dos necesidades:

a. La primera es el control del perímetro, donde el nearshoring surge para reducir la distancia física, asegurando que los recursos críticos (como el litio o la energía) estén dentro de un área de influencia directa o «perímetro de seguridad».

b. El segundo es para buscar la seguridad del bloque, donde el friend-shoring surge para crear «nodos de confianza». Las potencias ya no buscan solo socios comerciales, sino aliados que garanticen que la tecnología crítica no será desconectada mediante un «interruptor» remoto en caso de conflicto.

El surgimiento del nearshoring y el friend-shoring marca el fin de la era de la «globalización ingenua» y el inicio de una fase de geoeconomía defensiva. Estos conceptos no surgen por una búsqueda de eficiencia de costos, sino como una respuesta estratégica a la vulnerabilidad de las redes globales.

A modo de resumen podemos establecer una praxis geoeconómica de esta forma:

Praxis geoeconómica contemporánea: Nearshoring y Friend-shoring en la geopolítica de redes

Concepto Origen del impulso Objetivo principal
Nearshoring Crisis logísticas y necesidad de proximidad geográfica. Reducir la exposición a interrupciones en la cadena de suministro global.
Friend-shoring Desconfianza tecnológica y alineación dogmática (NSS 2025). Asegurar que la infraestructura crítica sea operada por socios con «intereses compartidos».

Tabla nro 2: Nearshoring y Friend-shoring. (Fuente: Elaboración propia en base a Nedumpara (2024), Farrell y Newman (2019) y las directrices estratégicas de la Casa Blanca (NSS, 2025). La matriz sintetiza cómo las dinámicas de relocalización productiva y tecnológica han dejado de responder a criterios de eficiencia de mercado para reconvertirse en herramientas de seguridad nacional y proteccionismo defensivo ante la competencia de bloques globales).

El near y friend-shoring no son meras mudanzas industriales, sino la fragmentación del espacio global en «zonas de confianza» tecnológica que operan bajo una lógica de seguridad nacional. Pero en profundidad, ¿qué significan estos conceptos y cómo influyen? Comenzando con el nearshoring se adopta la geografía como refugio, que como ya dijimos consiste en la relocalización de la producción a países cercanos geográficamente al mercado de consumo para reducir riesgos logísticos y costos de transporte. Para Argentina, esto implica una oportunidad de captar inversiones, pero bajo el riesgo de ser un mero proveedor de recursos en un perímetro controlado por potencias externas.

En cuanto al friend-shoring la podemos asociar con la geopolítica de los valores e intereses, ello implica abastecerse y fabricar productos exclusivamente en países que son aliados estratégicos o que comparten valores e intereses similares. Según la Estrategia de Defensa Nacional (NDS 2026), el comercio solo fluirá libremente hacia aquellos que «respeten nuestros intereses razonablemente concebidos» (The Department of War, 2026, p. 24).

Estas tendencias son manifestaciones de la «Interdependencia Armada» (Weaponized Interdependence), donde las redes globales se utilizan para ejercer presión sobre la voluntad soberana de los Estados, y es allí donde aparece un nuevo concepto o forma de interpretar la soberanía, que denominaremos soberanía funcional, en donde el friend-shoring puede erosionar la autonomía de los países medianos, como Argentina, al exigir un alineamiento dogmático para recibir inversión tecnológica o acceso a mercados. A ello se suman las sanciones económicas a países como Irán y Rusia, junto con las restricciones a empresas tecnológicas chinas en infraestructuras críticas, que demuestran que el control de los flujos financieros y digitales es el nuevo centro de gravedad de la defensa nacional.

Por último, al definir el territorio desde el Ártico hasta el Estrecho de Magallanes, la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS 2025) integra a la región en un bloque de proteccionismo estratégico. Para Argentina, esto significa que sus minerales vitales, críticos para Estados Unidos (como por ejemplo el litio o las tierras raras) y su infraestructura energética son vistos como activos de seguridad nacional por parte de EE. UU., limitando su margen para el multialineamiento pragmático.

En este contexto hay que entender la geopolítica actual, y en base a ello Argentina debe buscar el logro de sus intereses nacionales; no profundizaremos en cuestiones económicas, porque no es la finalidad de este trabajo, pero seguramente los economicistas deberán tenerlas en cuenta para los posibles escenarios que se presenten.

En conclusión, estas tendencias surgen como herramientas de proteccionismo estratégico. No se trata de una apertura de mercados, sino de una fragmentación de la economía mundial en bloques donde el acceso a la tecnología y a los minerales críticos está condicionado por la lealtad política y la seguridad del nodo.

3. La periferia argentina en el tablero de la geopolítica de redes

Para comprender la inserción de la República Argentina en el orden internacional contemporáneo, es imperativo superar la noción clásica de «periferia» basada exclusivamente en la división internacional del trabajo del modelo agroexportador. En la era de la geopolítica de redes, la periferia ya no se define por la distancia geométrica respecto a los centros de consumo, sino por el grado de desconexión, subordinación o asimetría estructural respecto a los nodos centrales de flujo global (Castells, 2009).

Argentina se encuentra en una encrucijada geográfica y tecnológica única. Físicamente, el país posee dos activos de valor estratégico global e inamovible: el lado oriental del Estrecho de Magallanes (junto al Pasaje de Drake), que constituye el único paso bioceánico natural regulado y seguro ante las vulnerabilidades operativas o climáticas del Canal de Panamá, y la provincia de Tierra del Fuego junto con el Sector Antártico, proyección natural de su territorio que ingresará en disputa material al caducar las restricciones del Tratado Antártico. Sin embargo, bajo la lógica de la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) 2025 de los Estados Unidos, esta posición geográfica es catalogada como el límite sur de su «perímetro de seguridad hemisférico», transformando la geografía patria en un objeto de disciplinamiento estratégico y contención frente a la penetración del «Norte Asiático» (especialmente China).

El escenario hemisférico actual devela una marcada paradoja estratégica: mientras que los Estados Unidos imponen un estricto disciplinamiento político y de seguridad sin contraprestar inversiones significativas en infraestructura, el bloque asiático liderado por China ofrece el financiamiento de instalaciones críticas y proyectos de conectividad que, no obstante, son rechazados sistemáticamente debido a las presiones de alineación dogmática.

Esta condición periférica se agudiza al analizar la dicotomía entre «minerales críticos» y «minerales vitales». Para el nodo estadounidense y el bloque asiático, las reservas de litio en el Noroeste Argentino son recursos críticos para viabilizar su transición energética corporativa y el desarrollo de componentes de IA y defensa no cinética. Para el Estado argentino, no obstante, estos recursos representan elementos vitales, la base material sobre la cual apalancar un desarrollo industrial autónomo. La condición periférica se manifiesta cuando las potencias occidentales, mediante el friend-shoring, pretenden asegurar el flujo de estas materias primas hacia sus propios nodos de confianza, restringiendo la libertad de la transferencia tecnológica y forzando una deslocalización que confina a la Argentina al rol de mero proveedor primario.

Max Weber define poder como «Toda posibilidad de hacer triunfar en el seno de una relación social, su propia voluntad, aún contra las resistencias».

Finalmente, en la dimensión digital, la periferia argentina exhibe su mayor vulnerabilidad funcional. La infraestructura de conectividad del país (cables submarinos que convergen mayoritariamente en el nodo de Las Toninas) y las capacidades de procesamiento de datos para la defensa nacional dependen de arquitecturas de software y hardware extranjeras. Al carecer de servidores soberanos y de algoritmos de Inteligencia Artificial de desarrollo nativo, el Estado argentino opera dentro de la periferia digital: aloja los flujos de información, pero no los gestiona, quedando expuesto a una parálisis sistémica o un «apagón tecnológico» si el proveedor del nodo decide aplicar sanciones o ejercer la interdependencia armada.

4. Reflexiones finales. Análisis sistémico de las variables y validación de la hipótesis

La hipótesis de trabajo plantea una relación de causalidad sistémica entre el nivel de control sobre los nodos críticos de flujo (variable independiente, VI) y la capacidad de ejercicio de la soberanía funcional (variable dependiente, VD). La regla de correspondencia operacional establece que, si aumenta la autonomía tecnológica y el control sobre los nodos (VI), entonces aumenta la soberanía funcional y la resiliencia estratégica del Estado (VD).

Para validar esta hipótesis, es necesario analizar el comportamiento de los indicadores de la VI sobre las dimensiones de la VD a través de la fórmula de la Interdependencia Armada (Farrell & Newman, 2019), la cual se ejecuta mediante dos mecanismos de coerción: el efecto panóptico (observación y extracción de datos en los nodos) y el efecto de estrangulamiento (capacidad de cortar el flujo).

Matriz de interrelación de variables y mecanismos de transmisión geopolítica

Variable independiente (VI): Control sobre nodos críticos Mecanismo de transmisión geopolítica Variable dependiente (VD): Soberanía funcional de la Nación
Dimensión Geográfica (Control del lado oriental del Estrecho de Magallanes / Logística Antártica) Efecto de estrangulamiento inverso: evita el aislamiento físico y ofrece una ruta alternativa global indispensable frente a la saturación de Panamá. Autonomía de decisión: permite negociar los términos de la relación bilateral con los dos nortes desde una posición de asimetría mitigada.
Dimensión Digital (Propiedad de servidores, redes de datos y algoritmos de IA de defensa) Mitigación del efecto panóptico: impide que potencias extranjeras fiscalicen, extraigan o manipulen la información estratégica del Estado. Resiliencia sistémica: el aparato estatal y de defensa mantiene la operatividad táctica ante un bloqueo cibernético externo.
Riesgo de la Caja Negra (Alojamiento local vs. propiedad de la tecnología) Ruptura de la dependencia: reemplaza el software cerrado de las corporaciones transnacionales por código abierto auditable. Soberanía funcional real: el Estado recupera la capacidad fáctica de tomar decisiones de defensa sin vetos tecnológicos remotos.

Tabla nro 3: Relación entre variable independiente y dependiente. (Fuente: Elaboración propia en base a Farrell y Newman (2019) y las directrices operacionales de la hipótesis de trabajo. La matriz sistematiza el comportamiento de los indicadores de la variable independiente (control sobre nodos críticos) y su impacto directo sobre las dimensiones de la variable dependiente (soberanía funcional), operando a través de los vectores de coacción y estrangulamiento propios del modelo de interdependencia armada).

La hipótesis se valida positivamente bajo las premisas de la Geopolítica de Redes actual. Si la Argentina adopta una postura de alineación dogmática hacia la potencia hemisférica (EE. UU.), acepta pasivamente el «riesgo de la caja negra» en sus infraestructuras críticas. En este escenario de baja VI, la soberanía funcional (VD) se reduce a una ficción jurídica: el Estado retendría la soberanía territorial formal sobre su suelo, pero perdería la capacidad de decidir con quién comerciar sus minerales vitales o cómo desplegar sus fuerzas armadas, ya que sus flujos financieros y digitales estarían sujetos al interruptor central de Washington.

Por el contrario, la transformación de la geografía estratégica en un escudo de autonomía requiere un incremento deliberado de la VI. Cuando el Estado argentino interviene jurídicamente y tecnológicamente sobre sus nodos —desarrollando infraestructura de conectividad propia, blindando el espectro digital de la defensa con algoritmos soberanos y apalancando el control del lado oriental del Estrecho de Magallanes— neutraliza el poder no cinético de las potencias extranjeras.

En consecuencia, el aumento del control de los nodos (VI) impacta directamente en la VD, desplazando al país de su rol de «nodo subordinado» hacia un estadio de soberanía funcional. Esto le otorga a la conducción política y militar la libertad de acción necesaria para ejecutar un multialineamiento pragmático con los dos nortes (Occidente y Asia), garantizando la supervivencia del Estado y el bienestar del pueblo en un escenario internacional de conflicto multidominio permanente.

Si Argentina no logra gestionar el nearshoring y el friend-shoring desde una perspectiva de Soberanía Funcional, corre el riesgo de transformar su geografía estratégica en un nodo de dependencia pasiva. La validación de esta hipótesis reside en demostrar que solo mediante el control de la infraestructura tecnológica y la nacionalización del ciberespacio, el país podrá evitar que estas herramientas geoeconómicas se conviertan en un interruptor de su voluntad nacional.

El nearshoring y el friend-shoring no son solo tendencias comerciales, sino la ejecución de una geopolítica de exclusión que redefine la soberanía de los países periféricos. En este nuevo paradigma, las potencias no solo buscan cercanía física, sino seguridad ideológica y tecnológica para blindar sus nodos de poder.

El friend-shoring se constituye en el peaje de la lealtad tecnológica, dado que trasciende la inversión para convertirse en un mecanismo de alineación dogmática. Según la NSS 2025, la pertenencia a la red de suministros de Occidente —que ahora se extiende explícitamente hasta el Estrecho de Magallanes— exige que los aliados subordinen sus decisiones a los intereses estratégicos de la potencia líder. No existe el acceso neutral a la tecnología de punta; la NDS 2026 establece que el flujo de innovación está reservado para aquellos que garantizan la exclusión de rivales sistémicos en sus infraestructuras críticas. Para Argentina, aceptar el friend-shoring sin transferencia de tecnología soberana (código fuente) implica aceptar una soberanía funcional delegada, donde el desarrollo nacional queda atrapado en los estándares y restricciones del proveedor.

Así como el friend-shoring es el peaje, el nearshoring es el camino para el control del perímetro austral; es la respuesta a la fragilidad logística. Para un país con la ubicación de Argentina, representa una geopolítica de recursos, dado que la cercanía geográfica de los recursos (litio, hidrógeno, Vaca Muerta) los convierte en objetivos de la seguridad nacional estadounidense. El riesgo para el país es convertirse en un nodo de extracción eficiente, pero sin capacidad de procesamiento autónomo. Por otra parte, el Estrecho de Magallanes como nodo de estrangulamiento: al ser definido como el límite sur del «Hemisferio Occidental» por la administración Trump (NSS 2025), recupera su valor de la geopolítica clásica, pero ahora bajo la vigilancia de sensores e IA controlados por empresas tecnológicas con base en el Norte Global. Históricamente se estima que por el Estrecho de Magallanes circula aproximadamente el 3% del comercio marítimo mundial. A pesar de este porcentaje aparentemente bajo, su valor reside en su carácter de pasaje interoceánico natural de calibre oceánico, vital para la resiliencia de las cadenas de suministro ante bloqueos en otras rutas globales (Cruz Andías, 2024, p 2). En el contexto de la Geopolítica de Redes, el estrecho se integra como un eslabón terminal en las estrategias de contención periférica y control de flujos hacia la Antártida.

Argentina usa sus capacidades para lograr ciertos grados de autonomía que le permitan concretar sus intereses nacionales.

En el marco de la delimitación de espacios marítimos, la República Argentina sostiene una posición técnico-jurídica precisa respecto a la boca oriental del Estrecho de Magallanes, diferenciándola de la soberanía territorial chilena sobre el paso propiamente dicho. Es imperativo señalar que Argentina no cuestiona la jurisdicción de Chile sobre el Estrecho, sino que reafirma su soberanía plena y el ejercicio de sus derechos de jurisdicción sobre la plataforma continental y la Zona Económica Exclusiva en el Atlántico, hacia el este de la boca oriental del mismo.

Desde una perspectiva estratégica, el Estrecho de Magallanes se consolida como el nodo de estrangulamiento (choke point) de mayor relevancia en el Cono Sur, al ser el único pasaje interoceánico natural que ofrece condiciones de navegación segura y previsible. A diferencia del Pasaje de Drake, cuya rigurosidad climática y oceanográfica lo convierten en una ruta de contingencia, el Estrecho constituye un flujo logístico vital para la seguridad hemisférica. En este contexto, la protección de los nodos de acceso a este paso no es solo una cuestión de límites, sino un pilar fundamental de la autonomía estratégica argentina para garantizar el control de los flujos que conectan su mar jurisdiccional con el sistema de redes global.

Ante la configuración de un «Mediterráneo estadounidense» que se extiende desde el Caribe hasta el Ártico, Argentina debe evaluar su margen de acción en el Atlántico Sur y la Antártida. Borrell (2024) sostiene que el país enfrenta el dilema de continuar involucrado en conflictos lejanos de baja relevancia o reorientar su política hacia la estabilidad regional y el fortalecimiento de capacidades propias. Esta necesidad de ajustar el rumbo para avanzar dentro de los márgenes de posibilidad propone que la autonomía nacional en el siglo XXI depende de la capacidad del Estado para gestionar con resiliencia los flujos de poder que atraviesan su geografía (Borrell, 2024, p. 4).

Cuando la administración estadounidense delimita su perímetro de seguridad en la NSS 2025 recurriendo al disciplinamiento coercitivo, o cuando China apalanca sus infraestructuras críticas sin lograr un consenso normativo global, estamos asistiendo precisamente al tránsito desde el viejo orden hegemónico liberal hacia el modelo no hegemónico de interdependencia armada que modelan Farrell y Newman (2019).

Para un país periférico como la Argentina, la lectura crítica de Cox valida la necesidad de una soberanía funcional: comprender que, al no existir un orden sustentado en bienes públicos legítimos, las instituciones y los flujos digitales son meras prolongaciones de la fuerza de los hubs centrales, obligando al Estado a blindar sus propios nodos estratégicos para no quedar expuesto a la dominación coercitiva pura de los bloques en pugna.

Para los Estados del siglo XXI, la libertad ya no depende únicamente del territorio, sino del control soberano de los flujos, las infraestructuras críticas y la información estratégica.

 

 

 

Referencias Bibliográficas

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GB (R) PhD Oscar Armanelli
Ciencia Política UB
Defensa Nacional UNDEF
Profesor Universitario UA
Mg. Historia, Estrategia, Geopolítica, Ciencias Militares y Operaciones de Paz ACAGÜE Chile