El emperador Naruhito envía una señal política en medio del debate sobre el futuro de la Casa Imperial

En una inusual declaración antes de su visita a Europa, el monarca japonés no tomó posición sobre las reformas en debate, pero fijó una condición de legitimidad: cualquier solución debe contar con la comprensión del pueblo. El Parlamento avanza hacia una modificación histórica de la Ley de la Casa Imperial.

En una rueda de prensa celebrada el jueves 11 de junio en el Palacio Imperial de Tokio, el emperador Naruhito hizo lo que los emperadores japoneses raramente hacen: hablar, aunque sea en los márgenes, sobre política. Sin mencionar ninguna reforma concreta ni dar opinión sobre las propuestas legislativas en debate, el monarca expresó su esperanza de que los esfuerzos para garantizar el número de miembros de la familia imperial «cuenten con la comprensión del pueblo». La frase, breve y aparentemente protocolaria, tiene un peso institucional que va mucho más allá de sus palabras.

Las dos reformas sobre la mesa

El miércoles 10 de junio, el poder legislativo japonés alcanzó lo que el Gran Mayordomo de la Agencia de la Casa Imperial, Buichiro Kuroda, describió como un «consenso» para revisar la ley. El borrador presentado a la primera ministra Sanae Takaichi contempla dos modificaciones principales.

La primera permitiría que las princesas y otras mujeres de la familia imperial conserven su estatus real aun después de casarse con plebeyos. Esto ampliaría el número de miembros activos de la Casa Imperial y, potencialmente, incorporaría a sus hijos a las funciones de representación, aunque no necesariamente a la línea de sucesión al trono.

La segunda propuesta es más polémica desde el punto de vista histórico: autorizar a la familia imperial a adoptar varones provenientes de once antiguas ramas familiares que fueron excluidas de la Casa Imperial en 1947, por orden de las autoridades de ocupación estadounidense. Esta medida busca ampliar el reservorio de posibles herederos masculinos sin modificar el principio de sucesión patrilineal —una línea roja para los sectores más conservadores del establishment político y religioso japonés.

El gobierno de Takaichi planea iniciar de inmediato el proceso de revisión y apunta a aprobar el proyecto de ley durante la sesión actual de la Dieta.

Consultada sobre la posibilidad de habilitar eventualmente una emperatriz mujer, la primera ministra respondió que era «demasiado pronto» para esas discusiones.

La actual Familia Imperial: el emperador Naruhito acompañado de la emperatriz Masako; a la izq. sus padres (el emérito Akihito y su esposa Michiko; a la dcha. su hermano y heredero Fumihito, y la esposa de éste, Kiko; detrás, los hijos de ambos matrimonios. Crédito: 外務省 / Wikimedia Commons

El contexto: una familia que se reduce

La crisis demográfica de la Casa Imperial japonesa no es nueva, pero se ha vuelto urgente. La actual Ley de la Casa Imperial de 1947 establece un sistema de agnación rigurosa: solo los varones en línea masculina pueden heredar el Trono del Crisantemo. El resultado es una familia que se contrae con cada matrimonio de sus miembros femeninos, quienes pierden su estatus imperial al casarse con plebeyos.

Hoy, la línea de sucesión masculina se sostiene sobre tres nombres: el propio Naruhito, su hermano el príncipe Fumihito y el hijo de este, el príncipe Hisahito, de 19 años. No hay más varones en la generación siguiente. Si Hisahito no tiene descendencia masculina, la dinastía más antigua del mundo —126 generaciones según los registros históricos— enfrentaría un vacío legal sin precedentes en tiempos modernos.

El emperador Meiji y su familia (1887). Crédito: Dominio público / Wikimedia Commons

La intervención del Emperador: política sin política

En este escenario, las palabras de Naruhito adquieren una dimensión que trasciende el protocolo. La Constitución japonesa de 1947 define al Emperador como símbolo del Estado y de la unidad del pueblo, cuyo estatus «se basa en la voluntad del pueblo, en quien reside el poder soberano». Eso le prohíbe intervenir en política, pero también le otorga una legitimidad única para hablar en nombre de la relación entre la institución y la ciudadanía.

Al afirmar que el principio fundamental de la familia imperial es «compartir las alegrías y las tristezas del pueblo», y añadir a continuación su esperanza de que el debate sobre la reforma «cuente con la comprensión del pueblo», Naruhito no dijo qué reforma apoya. Pero sí fijó una condición de legitimidad: la solución no puede ser solo una mayoría parlamentaria. Debe tener respaldo social.

Es una maniobra discursiva de precisión. El Gran Mayordomo Kuroda la decodificó públicamente al explicar que el Emperador «desea una solución que obtenga la comprensión y la aceptación del pueblo, en consonancia con su posición como gobernante basado en la voluntad del pueblo». La señal implícita es clara: apurarse no alcanza.

No es la primera vez que un monarca japonés usa este mecanismo. En 2016, el entonces Emperador Akihito pronunció un discurso televisado en el que, sin mencionar la palabra «abdicación», dejó en claro su deseo de retirarse por razones de salud y edad.

El gobierno tardó tres años en procesar la situación, pero no tuvo margen para ignorarla. Naruhito parece haber aprendido bien esa lección.

Vista aérea del Kyōto Gosho, el Palacio Imperial de Kioto. Crédito: National Land Image Information (Color Aerial Photographs), Ministry of Land, Infrastructure, Transport and Tourism / Wikimedia Commons

¿Qué viene ahora?

El debate legislativo recién comienza. La propuesta de adopción de varones de las ramas extintas genera resistencias dentro del propio bloque conservador del Partido Liberal Democrático, que teme que la medida diluya la pureza de la línea imperial o abra la puerta a disputas sucesorias complejas. La propuesta de retención del estatus femenino tiene mayor consenso, pero por sí sola no resuelve el problema de la sucesión al trono.

Lo que el discurso de Naruhito agrega al debate es una variable que el gobierno de Takaichi no puede ignorar: la legitimidad popular del proceso. En un país donde la Casa Imperial goza de altos niveles de respeto ciudadano, una reforma que se perciba como impuesta o apresurada podría generar más daño institucional que el problema que pretende resolver.

El Emperador partió este jueves hacia Europa, con visitas oficiales a los Países Bajos y Bélgica en agenda. Pero la frase que dejó en Tokio seguirá resonando en los pasillos de la Dieta.

 

 

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Co-fundador de ReporteAsia.