Casi 40 millones de turistas visitaron Japón en 2024. Guy Debord lo anticipó en 1967: el turismo es ir a ver lo que se ha vuelto banal. Byung-Chul Han agrega el diagnóstico del viajero que ya no puede notar la diferencia.
En 1967, Guy Debord escribió en La sociedad del espectáculo una definición del turismo que hoy parece escrita para Instagram: el turismo es «la circulación humana considerada como consumo», un desplazamiento que en el fondo no es más que «ir a ver lo que se ha convertido en banal». Han pasado casi seis décadas. La banalidad no disminuyó: se aceleró, se algoritimizó y encontró en Japón uno de sus escenarios más fotogénicos.
En 2024, Japón recibió 36,87 millones de visitantes internacionales, un récord histórico con un incremento del 47,1% respecto al año anterior. En los primeros nueve meses de 2025 superó los 31,6 millones y rompió nuevamente su propio techo. El gobierno de Tokio, lejos de frenar la tendencia, se fijó como meta 60 millones de turistas para 2030. Las cifras impresionan. Pero detrás de ellas hay otra historia, más incómoda: la de lo que ocurre cuando un país se convierte en escenografía.
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El sobreturismo ya tiene dirección en Japón. En Kioto, el histórico distrito de Gion cerró el acceso a sus callejones más íntimos desde abril de 2024, luego de que los turistas convirtieran a sus habitantes —geishas y maikos incluidas— en objetos fotográficos. En el Monte Fuji se instalaron barreras físicas y se cobró entrada para frenar la masificación. Las ciudades más visitadas multiplican impuestos de alojamiento y estudian esquemas de precios diferenciados entre residentes y extranjeros. El patrimonio cultural intangible de Japón enfrenta una amenaza que no viene de la guerra ni del tiempo: viene de la selfie.
Debord entendía el espectáculo no como una colección de imágenes sino como una relación social mediada por imágenes. Esa distinción es crucial. Lo que ocurre en Gion no es simplemente que haya muchas cámaras: es que la relación entre el visitante y el lugar se ha reorganizado completamente en torno a la producción de una imagen. El templo, el jardín zen, la calle con linternas de papel dejan de ser espacios habitados y se convierten en sets. Los residentes no son sujetos del espacio sino elementos del encuadre, o peor aún, obstáculos para él.
«Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación», escribió Debord. El turismo de Instagram es la consumación de esa tesis: la experiencia no se produce en el lugar sino en la pantalla. El destino es el pretexto; el contenido, el fin. Uno no va a Kioto a entender Kioto: va a tener prueba de haber estado en Kioto, que es una operación completamente distinta.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han —que paradójicamente no hace turismo, porque según él «el turista viaja por el infierno de lo igual, circula como si fuera una mercancía»— agrega la dimensión subjetiva que Debord no alcanzó a ver. En La expulsión de lo distinto, Han describe cómo la sociedad contemporánea ha eliminado la alteridad genuina: ya no buscamos lo otro sino lo mismo en otro envoltorio. Japón, Tailandia, Marruecos: todos se vuelven intercambiables una vez procesados por el algoritmo.
Pero hay algo más profundo aún en el diagnóstico de Han. En su análisis de la sociedad del rendimiento, señala que el individuo contemporáneo no puede simplemente estar: necesita producir, optimizar, rendir. Las vacaciones no escapan a esa lógica; la refuerzan. El viajero que sube diez fotos por día desde Tokio no está descansando: está trabajando para su perfil. El ocio se convierte en otra forma de autoexplotación. Debord vio el sistema; Han ve al sujeto que lo interioriza hasta hacerlo invisible.
Juntos, los dos trazan un diagnóstico que las cifras de la JNTO no pueden capturar: el sobreturismo en Japón no es solo un problema de flujos y capacidad. Es el síntoma de un vaciamiento más profundo, el de la experiencia reducida a su documentación y el del viajero reducido a productor de contenido.

La respuesta japonesa ha sido, hasta ahora, técnica y fiscal: impuestos, barreras, semáforos de congestión en tiempo real, aplicaciones de inteligencia artificial que predicen la saturación en los puntos turísticos. Son medidas razonables y necesarias. Pero no tocan el fondo del problema porque ese fondo no es japonés: es global. Mientras el valor de un viaje se mida en engagement y no en comprensión, mientras la experiencia valga menos que su imagen, cualquier destino del mundo es susceptible de convertirse en lo que Debord llamó una zona de ocio para ir a ver lo banal.
Japón tiene 125 millones de personas que viven, trabajan y envejecen en ciudades que ahora deben soportar el peso de convertirse en contenido ajeno. Su cultura, sustentada en nociones como el ma —el valor del espacio vacío, de la pausa, de lo que no necesita ser llenado— es exactamente el tipo de otredad que la mirada espectacular anula. Lo que no puede fotografiarse no existe. Lo que no genera engagement no merece desvío del itinerario.
Japón no es un filtro de IG. Y el problema no es Japón.
Periodista con sede en Brasil, experto en Relaciones Internacionales.














