Llegaron al país huyendo de la guerra, del hambre y de la destrucción que dejó la Segunda Guerra Mundial. Los inmigrantes japoneses que desembarcaron en Argentina durante las décadas del cuarenta y cincuenta construyeron su vida con la discreción que la cultura nipona impone: trabajo, familia, comunidad hacia adentro. Sus hijos, sin embargo, crecieron siendo argentinos. Y como tantos jóvenes argentinos de los años setenta, algunos eligieron comprometerse con la política del país que los había recibido. Ese compromiso les costó la vida.
De las aproximadamente 30.000 personas detenidas y desaparecidas durante la última dictadura militar argentina, 17 pertenecían a la colectividad japonesa. Hijos y nietos de aquellos inmigrantes que habían plantado raíces silenciosas en Buenos Aires, Córdoba y otras provincias. El periodista Andrés Asato, autor del libro No sabían que somos semillas, documentó cada una de esas historias y puso nombre y rostro a una tragedia que durante décadas permaneció relegada al margen de la memoria colectiva.
Los 17 nombres
Solo uno de ellos había nacido en Japón: Katsuya «Cacho» Higa. Los demás eran hijos o nietos de japoneses, argentinos de segunda y tercera generación. Doce de los 17 provenían de la comunidad okinawense. Había estudiantes secundarios, universitarios, obreros y militantes políticos. Sus nombres son Juan Carlos Higa, Julio Eduardo Gushiken, Carlos Horacio Gushiken, Jorge Eduardo Oshiro, Jorge Nakamura, Juan Takara, Juan Alberto Asato, Amelia Ana Higa, Ricardo Dakuyaku, Norma Inés Matsuyama, Luis Esteban Matsuyama, Katsuya «Cacho» Higa, Carlos Eduardo Ishikawa, Oscar Takashi Oshiro, Carlos Aníbal Nakandakare, Emilio Yoshimiya y Juan Alberto Cardozo Higa. Dos de ellos —Norma Inés Matsuyama y su pareja Eduardo Testa— murieron en un supuesto enfrentamiento armado. El resto permanece desaparecido.
Luis Esteban Matsuyama y la historia de una familia diezmada
Entre esos 17 casos, el de la familia Matsuyama condensa con especial crudeza la dimensión del terror. Luis Esteban Matsuyama, estudiante de arquitectura, fue secuestrado junto a su esposa Patricia Silvia Olivier el 11 de abril de 1977. Según testimonios de sobrevivientes, Luis estuvo detenido en la Escuela de Mecánica de la Armada. Tenía sueños de ser presidente, según recordaba su madre, Angélica Goyeneche de Matsuyama. Usaba anteojos de marcos gruesos y era apasionado de la mitología griega.

Solo tres días antes de su desaparición, el 8 de abril, su hermana Norma Inés había sido asesinada en un supuesto enfrentamiento. Estaba embarazada de ocho meses. Su pareja, Eduardo Testa, murió junto a ella. En menos de una semana, la dictadura le arrebató a Angélica y a su marido Haruaki dos de sus tres hijos.
Angélica no usa el pañuelo blanco de las Madres de Plaza de Mayo, pero lleva el mismo dolor. Cuando el periodismo y los organismos de derechos humanos comenzaron a recuperar la historia de su familia, solía decir: «siempre me preguntan por Inés y no por Luis». Hoy, una baldosa con el nombre de su hijo marca la entrada del colegio Ingeniero Huergo, donde estudió.
El silencio de los issei y la memoria de los nisei
Uno de los rasgos más dolorosos de esta historia es el silencio con que la primera generación de inmigrantes japoneses —los issei— procesó la tragedia. La cultura del gaman, la resignación estoica ante el sufrimiento, y el temor a represalias sobre los que quedaban vivos contribuyeron a una discreción que durante años obstaculizó la búsqueda de verdad. Fue la segunda generación —los nisei— la que comenzó a hablar, a investigar y a exigir que esos 17 nombres no fueran borrados de la historia argentina.
Su historia es parte de la historia de todos. Como escribió Asato, no sabían que eran semillas. Y sin embargo, germinaron.
Fanático de Asia, periodista part-time.














