Xulio Ríos es una voz imprescindible en el análisis de China, reconocido como fundador y asesor emérito del Observatorio de la Política China, además de colaborar como asesor en Casa Asia. Su profunda experticia lo convierte en un colaborador habitual de diversos medios de comunicación y revistas especializadas, y su presencia es constante en consejos científicos y comités de redacción de publicaciones sinológicas de renombre. Con una sólida trayectoria académica, Ríos ejerce como profesor y consultor para diversas instituciones universitarias en España, China y América Latina.
Su extensa obra bibliográfica incluye más de quince títulos dedicados a China, que ofrecen una mirada crítica y exhaustiva a la evolución del gigante asiático. Entre sus trabajos más destacados se encuentran «China: ¿superpotencia del siglo xxi?» (Icaria, 1997), un texto visionario que anticipó la relevancia global del país; «Mercado y control político en China» (Catarata, 2007), que explora las complejas dinámicas internas; y «China pide paso» (Icaria, 2012), que analiza su creciente influencia. Más recientemente, ha publicado «China Moderna» (Tibidabo, 2016), «La China de Xi Jinping» (Popular, 2018), que desglosa la era actual del liderazgo chino, y la fundamental «Una historia del PCCh: la metamorfosis del comunismo en China» (Kalandraka, 2021). De la misma colección, también es autor de «Bienvenido, Míster Mao» (2014). Su trayectoria ha sido reconocida con el Premio Cátedra China 2018 y el Premio Casa Asia 2021, consolidando su posición como uno de los hispanohablantes más influyentes en el estudio de China.
Marx y China: La Sinización del Marxismo
En su último libro, «Marx & China: La sinización del marxismo», Xulio Ríos aborda uno de los aspectos más controvertidos y, a menudo, convenientemente ignorados de la China contemporánea: el papel central del marxismo en su vertiginoso proceso de transformación. La obra se sumerge en la pregunta clave: ¿cómo debemos entender la China de hoy? ¿Es realmente un «capitalismo de Estado», o encaja mejor en la categoría de «socialismo de mercado»? Y, más allá, ¿es sostenible armonizar esta aparente contradicción?
Desde los orígenes de la Revolución china bajo Mao, pasando por las reformas y la apertura de Deng Xiaoping, hasta el actual mandato de Xi Jinping, el Partido Comunista de China (PCCh) ha insistido en que el ideario marxista no solo es uno de sus fundamentos teóricos, sino también su guía para la práctica política. Sin embargo, como bien señala el PCCh, no se trata de una mera copia de otras experiencias; el marxismo ha sido adaptado a la realidad china y a los tiempos, fusionándose con las ricas tradiciones culturales de su civilización milenaria. Este enfoque pragmático asegura que el marxismo sirva siempre para garantizar el liderazgo del Partido y la consecución de sus ambiciosos objetivos nacionales.
Ríos invita a los lectores a explorar en detalle lo que significa el «marxismo con características chinas»: esa hoja de ruta ideológica que ha desestabilizado el actual equilibrio de poder internacional y ha puesto en tela de juicio nuestra creencia en un modelo de desarrollo y gobernanza único y sin alternativa posible. El autor desentraña cómo esta adaptación ideológica ha permitido a China orquestar su ascenso sin precedentes, fusionando principios teóricos con la flexibilidad necesaria para una modernización acelerada. «Marx & China» ofrece una lectura esencial para comprender la compleja identidad política y económica de una nación que no solo se transforma a sí misma, sino que también redefine el orden mundial.
A continuación compartimos un fragmento del libro «Marx & China» seleccionado por el propio Xulio Ríos para los lectores de ReporteAsia:
Aunque sus déficits son importantes aun, la modernización de China en tiempos de Xi ya no afronta aquel reto sumario de la pobreza y el subdesarrollo. Es de otro signo, con la justicia social, ambiental y lo tecnológico como desafíos asociados a la estabilidad política. Tampoco en lo global es parte de un proyecto anticolonial y antiimperialista sino deudor de una celosa soberanía a la vez apegada a la construcción de un nuevo orden multipolar que encuadraría lo occidental y lo liberal, más reducido, en un galimatías conceptual infinitamente más complejo.
Desde la Revolución Industrial, diferentes países y regiones han explorado sus propios caminos hacia la modernización basados en sus propias realidades. Debido a que la modernización ocurrió primero en Occidente, a éste se le atribuyó una “superioridad”, lo que le llevó a actuar como si su camino fuera el único correcto y cualquier otro no pudiera tener éxito. Esto es lo que Marx decía en el Manifiesto Comunista, que Occidente siempre quiere “crear un mundo a su propia imagen”.
El camino chino se desarrolló durante la época de reforma y apertura. La reforma es una reforma integral del país y la apertura es una apertura integral hacia el mundo exterior. Por lo tanto, no se puede decir que la vía china no haya incorporado los avances de la civilización occidental.
En la China moderna, antes de 1949, en gran medida el país seguía prácticamente un camino “copiado” de Occidente, introduciendo literalmente el modelo occidental con la esperanza de poder resolver los problemas de China. El fundador del camino chino, Mao Zedong, en 1949 hizo una descripción de esa búsqueda que apuntaba a un esfuerzo ingente por encontrar la verdad en los países occidentales. En aquel entonces, los chinos progresistas devoraban todos los libros a su disposición para estudiar las nuevas teorías occidentales. Era asombrosa la cantidad de estudiantes chinos enviados a Japón, Inglaterra, Estados Unidos, Francia y Alemania. Para “salvar la nación”, había que reformar, y para reformar, había que aprender de los países extranjeros. En aquel tiempo, solo los países capitalistas occidentales eran considerados progresistas, ya que habían construido exitosamente estados-naciones modernos burgueses. Los japoneses aprendieron de Occidente con éxito, por lo que los chinos también aprendieron de los japoneses.
Aquellos que estudiaron estas nuevas ideas creyeron durante mucho tiempo que estas representaban el camino cierto para poner fin a la decadencia de China. Pero el resultado no fue el esperado. Se puso a prueba todo y todo fracasó. La razón principal es que el camino occidental se desarrolló de manera natural en el suelo de Occidente, era producto de su singularidad histórica y global, sentencia el PCCh. Sin embargo, en China, era como una “montaña que cayó del cielo”, donde resultaría imposible dar frutos útiles.
Deng Xiaoping siguió con el juicio del razonamiento de Mao Zedong y abundó en la idea de que los problemas del mundo no pueden resolverse con un solo modelo y que China debía tener su propio modelo. Era absurdo pedir a todos los países del mundo que copien el modelo de Estados Unidos, Inglaterra o Francia. La vía de modernización de China tiene su propia dinámica interna y fuerza impulsora de desarrollo. Atender a ese precepto no es que sea la mejor opción, sino que es la única efectiva para lograr culminar satisfactoriamente el objetivo de la modernización. Ello con independencia de apreciar tal o cual trazo como idóneo para reforzar la consecución de aquel objetivo.
Para no causar inestabilidad o riesgos y poder avanzar más rápido desde un punto de partida atrasado, obviamente se necesita mayor impulso y vitalidad, una estructura de reglas más rigurosa y mayor cohesión. El camino chino cumple con esta demanda histórica.
Ciertamente, gobernar China, un país cuya población es mayor que la suma de los países desarrollados del mundo, implica que las responsabilidades y misiones del gobierno chino son mucho más grandes, pesadas y complejas que las de cualquier gobierno occidental.
El camino de China ha ido acumulando gradualmente una situación estratégica más beneficiosa para su propio desarrollo, ejerciendo control sobre el proceso, su ritmo y dirección, gestionando las demandas de intereses, a veces contrapuestos, con el peligro de intensificación de los conflictos sociales y la inestabilidad. El control autónomo de su desarrollo es una premisa indispensable para evitar que sus intereses sean afectados o incluso manipulados por el capital internacional y las demandas políticas de otros países.
Xi plantea que la modernización es una aspiración común a todos los países del mundo, pero que solo ha sido realizada por algunos países occidentales. Estos países siguieron la “vieja vía de modernización que recurre a formas de guerra, colonización, saqueo y demás, una vía de autobeneficio a expensas del otro y llena de sangre y crimen que ha traído profundas penalidades al pueblo de la gran prole de los países en vías de desarrollo” . Hasta ahora, la modernización ha seguido esa vía, pero Xi plantea que la modernización de los países no modernizados no necesariamente tiene que seguir esa ruta y sostiene que la modernización china “termina con el mito de que modernización es igual a occidentalización”.