El 9 de febrero de 2026, más de cien millones de personas miraban la pantalla cuando Bad Bunny subió a un poste de electricidad en el escenario del Super Bowl LX. Detrás de él, bailarines vestidos como trabajadores de líneas eléctricas —los llamados «linieros»— trepaban estructuras mientras chispas corrían por los cables. La canción era «El Apagón». La imagen era imposible de ignorar.
Para el público global, fue uno de esos momentos del show de medio tiempo que quedan grabados en la memoria colectiva. Para los puertorriqueños, fue algo diferente: el reconocimiento de una realidad cotidiana que el resto del mundo nunca había visto.
El artículo publicado por Global Voices el 22 de marzo de 2026 lo sintetizó con precisión: para millones fue un momento visual impactante; para los habitantes de la isla, reflejó una realidad de todos los días.
La crisis que Bad Bunny no necesitó explicar
«El Apagón» no es una canción nueva. Bad Bunny la lanzó años antes como una declaración sobre Puerto Rico: sobre el colonialismo, sobre la especulación inmobiliaria, sobre la dignidad de los que se quedan. Pero en el contexto del Super Bowl —el evento de mayor audiencia televisiva de los Estados Unidos— adquirió una dimensión nueva.
Diana Hernández, profesora y codirectora del Energy Opportunity Lab de la Universidad de Columbia, lo explicó después del show: que Bad Bunny trepara los postes «le dio voz y visibilidad a un ejemplo inolvidable de lo que significa quedarse sin energía en Puerto Rico, en el sentido más literal».
Lo notable es lo que Bad Bunny no dijo. No habló de cambio climático. No citó estadísticas. No dio un discurso. Puso a los linieros —los trabajadores anónimos que reparan la red eléctrica cada vez que colapsa— en el centro de un escenario global, y dejó que la imagen hablara sola. Eso es comunicación de infraestructura en su forma más eficaz.
Los números detrás del espectáculo
La performance fue poderosa porque la crisis es real y los datos la respaldan.
Desde que el huracán María devastó la isla en 2017 —desencadenando el apagón más largo de la historia moderna de los Estados Unidos, con algunas comunidades sin electricidad durante casi un año— los cortes de luz siguen siendo parte de la rutina puertorriqueña. Datos federales indican que entre 2021 y 2024, los clientes de Puerto Rico experimentaron alrededor de 27 horas de interrupciones eléctricas anuales, sin contar las causadas por grandes tormentas —muy por encima del promedio continental. En 2024, el total incluyendo eventos climáticos superó las 70 horas sin electricidad por habitante.
Y no solo la electricidad se corta: también es cara. Las tarifas en Puerto Rico se ubican entre las más altas de Estados Unidos, reflejando décadas de subinversión, infraestructura envejecida y una red expuesta a riesgos climáticos crecientes. Pero los números solos no capturan lo que un apagón significa en términos reales: alimentos arruinados, máquinas de diálisis detenidas, negocios cerrados, niños haciendo la tarea con linterna.
Una red eléctrica diseñada para fallar
El sistema eléctrico de Puerto Rico depende en gran medida de plantas de generación centralizadas de combustibles fósiles ubicadas en el sur de la isla. La electricidad debe viajar largas distancias a través de terreno montañoso para llegar a los centros de población del norte. Esos corredores de transmisión son especialmente vulnerables a huracanes, deslizamientos de tierra y eventos climáticos extremos.
En 2019, la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles calificó el sistema energético de Puerto Rico con una F en su informe de infraestructura, señalando equipos deteriorados, falta de redundancia y planificación de resiliencia insuficiente. El investigador energético Cecilio Ortiz García lo describió sin rodeos: «La red que María encontró ya estaba de rodillas.»
El huracán Fiona, en 2022, volvió a demostrarlo. En un sistema debilitado por décadas de subinversión, incluso perturbaciones menores pueden desencadenar fallas en cascada.
La privatización que no resolvió el problema
En 2021, Puerto Rico transfirió la gestión de su red de transmisión y distribución a LUMA Energy, un consorcio estadounidense-canadiense, como intento de modernizar las operaciones. La experiencia ha sido controvertida.
Los residentes han protestado por cortes frecuentes y facturas más altas, mientras los críticos señalan que las mejoras en confiabilidad han sido lentas. Los defensores de la privatización argumentan que reconstruir una red obsoleta requiere tiempo e inversión sostenida. La deuda multimillonaria acumulada por la empresa pública PREPA —la autoridad eléctrica de Puerto Rico— hace que los grandes proyectos de infraestructura sean difíciles de financiar.
La asistencia federal también ha fluctuado. En 2023, el Departamento de Energía de los Estados Unidos lanzó un fondo de mil millones de dólares para expandir la energía solar en tejados y el almacenamiento en baterías para hogares vulnerables. Pero informes posteriores indicaron que partes de ese financiamiento fueron retrasadas o redirigidas.
La respuesta que viene desde las comunidades
En medio de la crisis institucional, las comunidades puertorriqueñas no esperaron. En el pueblo montañoso de Adjuntas, la organización sin fines de lucro Casa Pueblo lleva años desarrollando microrredes solares que permiten que barrios y comercios continúen operando incluso cuando la red central falla. Un comerciante local lo resumió con claridad: «Ahora tengo estabilidad. No me quedo sin luz y puedo seguir dando servicio.»
Los ingenieros cada vez más defienden lo que denominan un enfoque de «red desde abajo»: construir resiliencia a través de sistemas de energía distribuida que conecten hogares, vecindarios y, eventualmente, redes más amplias. Para las regiones insulares vulnerables a huracanes y eventos climáticos extremos —una descripción que aplica a buena parte del Caribe y de las costas latinoamericanas— los sistemas distribuidos ofrecen tanto descarbonización como seguridad energética.
A mediados de 2025, Puerto Rico había instalado más de un gigavatio de capacidad solar en techos, cubriendo una proporción creciente de la demanda eléctrica. Es un avance real, aunque insuficiente para resolver una crisis de décadas en el corto plazo.
Por qué esta historia importa más allá de Puerto Rico
La crisis eléctrica de Puerto Rico no es un fenómeno aislado. Es la versión más visible de un problema que afecta a decenas de territorios y países del mundo, incluyendo varios de América Latina.
Cuba atraviesa su propia emergencia energética, con apagones que pueden durar más de 20 horas diarias en algunas provincias. Ecuador, Bolivia y varios países de Centroamérica enfrentan tensiones crecientes en sus sistemas eléctricos, agravadas por la variabilidad climática que afecta la generación hidroeléctrica. La diferencia con Puerto Rico es que esos países no tuvieron un Super Bowl donde mostrar su situación.
Lo que el show de Bad Bunny reveló es algo que los especialistas en comunicación de infraestructura señalan desde hace tiempo: los datos técnicos y los debates de política energética rara vez logran capturar la atención pública. La cultura popular puede hacer en tres minutos lo que un informe de 300 páginas no consigue en años.
Como señaló el análisis de Global Voices, Puerto Rico obtuvo un momento del Super Bowl. La mayoría de las redes eléctricas en crisis en el mundo no tienen esa visibilidad. Y eso también es parte del problema.
El futuro energético de la isla sigue abierto
El futuro eléctrico de Puerto Rico permanece incierto. Los debates continúan sobre la privatización, la dependencia de combustibles fósiles, el despliegue de energías renovables y la velocidad a la que la isla puede transitar hacia un sistema más resiliente.
Lo que el show de medio tiempo del Super Bowl demostró, de manera inesperada, es que la infraestructura puede capturar la atención cultural. La red eléctrica —normalmente invisible para el público— se convirtió brevemente en el centro de una conversación global. Bad Bunny no le dio una clase magistral a la audiencia sobre cambio climático ni sobre política energética. En cambio, mostró cómo se ve la vulnerabilidad. Y a veces, eso es la comunicación más poderosa de todas.
Colaboradora en ReporteAsia.














