A veces, los conflictos internacionales no giran en torno a recursos naturales o intereses económicos estratégicos. A veces, se desatan por algo más simbólico: un templo. Una ruina. Una piedra que representa el pasado, pero también el presente y el futuro de una nación. En el sudeste asiático, ese símbolo se llama Preah Vihear, y su sombra vuelve a proyectarse con violencia entre Tailandia y Camboya, dos vecinos atrapados entre la historia colonial y los nacionalismos contemporáneos.
El conflicto, que parecía dormido desde el fallo de la Corte Internacional de Justicia (CIJ) en 2013, despertó nuevamente con fuerza el jueves 24 de julio de 2025. En un giro que pocos anticipaban, se produjo un nuevo enfrentamiento armado entre ambas fuerzas militares en al menos seis zonas fronterizas, incluyendo las inmediaciones del templo de Ta Muen Thom, cerca de la provincia tailandesa de Surin. El saldo: más de diez muertos, ataques aéreos, cohetes impactando en estaciones de servicio y poblaciones civiles huyendo hacia refugios improvisados.
Es el segundo incidente grave desde que, en mayo, un soldado camboyano fuera abatido a tiros. La escalada diplomática incluyó acusaciones cruzadas, reducción de relaciones bilaterales, explosión de minas antipersonales y un boicot cultural y económico. Camboya prohibió películas tailandesas, interrumpió el suministro eléctrico y bloqueó importaciones desde Bangkok. Tailandia, por su parte, cerró por completo la frontera.

Nada de esto es nuevo, pero todo parece cada vez más peligroso. La raíz histórica del conflicto está en un mapa de 1907, trazado por Francia durante su dominio colonial en Indochina. Ese mapa otorgaba la soberanía del templo de Preah Vihear a Camboya. Sin embargo, Tailandia —que nunca fue formalmente colonizada— ha impugnado su validez por décadas. La Corte de La Haya falló a favor de Camboya en 1962, y ratificó ese criterio en 2013. Pero la herida sigue abierta. El nacionalismo, en ambos lados, encuentra en esa zona montañosa un terreno fértil para multiplicarse.
El conflicto no es solo militar ni diplomático: también es político. Y profundamente interno. En Tailandia, la primera ministra Paetongtarn Shinawatra fue suspendida de su cargo el 1 de julio tras la filtración de una llamada con un alto dirigente camboyano.
En esa conversación, se refería al ex primer ministro Hun Sen como “tío” y cuestionaba la actitud de los militares tailandeses. La grabación desató protestas, indignación nacionalista y el colapso de su coalición de gobierno. El Pheu Thai, el histórico partido de los Shinawatra, se tambalea. Paetongtarn fue reemplazada provisoriamente por el exministro de Defensa, Phumtham Wechayachai.

Del otro lado de la frontera, Camboya también juega sus propias cartas. Aunque Hun Sen dejó el poder en 2023, cediendo el cargo a su hijo Hun Manet, sigue moviendo los hilos desde la presidencia del Senado. Viejo aliado de Thaksin Shinawatra, padre de la suspendida premier tailandesa, el exlíder camboyano hoy se distancia de sus antiguos socios por esta disputa que escala y desestabiliza. La política regional, como suele ocurrir, mezcla lo personal con lo geoestratégico.
En ese tablero, las piedras se vuelven balas. El templo de Preah Vihear es mucho más que una reliquia del siglo XI. Es un símbolo de identidad nacional para los camboyanos, que lo consideran una de las grandes joyas de la civilización jemer. Para los tailandeses, representa un pasado común y un acceso estratégico al corazón de la frontera. El acceso terrestre al templo se da principalmente desde el lado tailandés, lo que hace más explosiva la disputa.
En un giro que pocos anticipaban, se produjo un nuevo enfrentamiento armado entre ambas fuerzas militares en al menos seis zonas fronterizas, incluyendo las inmediaciones del templo de Ta Muen Thom
El sudeste asiático, donde la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN) intenta construir consensos diplomáticos y estabilidad económica, observa con preocupación. La región, clave en la competencia entre Estados Unidos y China, no puede permitirse conflictos armados entre sus miembros. Pero el nacionalismo, como siempre, no entiende de bloques regionales ni de globalización.
Camboya ha vuelto a recurrir a la Corte Internacional de Justicia para que intervenga una vez más. Esta vez, Tailandia rechaza su jurisdicción. La diplomacia parece, por ahora, agotada. Las espadas están en alto. Las redes sociales, especialmente en Bangkok y Phnom Penh, bullen de discursos incendiarios, alimentando una cruzada simbólica y militar por soberanía, orgullo y venganza.
¿Hasta dónde puede llegar un conflicto por un mapa del siglo XIX? ¿Hasta qué punto un templo puede convertirse en el campo de batalla del siglo XXI? La historia no responde con certeza, pero advierte. Como escribió alguna vez el historiador Benedict Anderson, las naciones son comunidades imaginadas. Y a veces, esas imaginaciones se vuelven más poderosas que cualquier tratado, cualquier límite geográfico o cualquier tribunal internacional.
En Preah Vihear, la piedra sigue en pie. Testigo silenciosa de un conflicto que nunca se resolvió del todo. Un conflicto que hoy amenaza con incendiar no solo una frontera, sino también la estabilidad de toda la región.
Abogado, Mágister, y Doctor en Relaciones Internacionales (CONICET).












