Una reciente investigación en la Universidad de Barcelona ofrece un hallazgo relevante sobre la enfermedad del hígado graso: dos medicamentos ya aprobados para otros usos, pemafibrato y telmisartán, demostraron revertir la acumulación de grasa hepática en modelos animales, sugiriendo un posible avance en el tratamiento de este problema global que afecta a uno de cada tres adultos.
La magnitud de la enfermedad del hígado graso en el mundo
En las últimas dos décadas, la enfermedad del hígado graso se ha convertido en una de las patologías metabólicas más prevalentes a nivel mundial. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), cerca del 30 % de la población adulta presenta algún grado de acumulación de grasa en el hígado. Este trastorno, rebautizado hace pocos años como enfermedad hepática por disfunción metabólica asociada al exceso de grasa (MASLD, por sus siglas en inglés), constituye ya la principal afección hepática en países desarrollados y emergentes.
El crecimiento de la obesidad, el sedentarismo y el aumento de dietas ricas en azúcares y grasas saturadas han impulsado la expansión de este diagnóstico. A diferencia de otras enfermedades hepáticas vinculadas al alcohol o a infecciones virales, esta se manifiesta sin consumo de alcohol y con frecuencia pasa inadvertida en sus primeras etapas. Los síntomas suelen ser silenciosos, pero las consecuencias —cirrosis, cáncer de hígado y riesgo cardiovascular— son de alta gravedad.
En este contexto, el hallazgo de un posible tratamiento farmacológico con fármacos ya disponibles genera interés. Investigadores de la Universidad de Barcelona publicaron resultados que abren una nueva línea de investigación terapéutica y farmacoeconómica.
Qué plantea el estudio sobre pemafibrato y telmisartán
El equipo dirigido por la profesora Marta Alegret, de la Facultad de Farmacia y Ciencias de la Alimentación de la Universidad de Barcelona, analizó el efecto combinado de dos medicamentos aprobados para otros fines: pemafibrato, un agente modulador de los lípidos utilizado en Japón, y telmisartán, un antihipertensivo prescrito globalmente. Ambos fármacos mostraron reducir de manera significativa la acumulación de grasa en el hígado en modelos animales, sin generar signos de toxicidad.
El trabajo se desarrolló con colaboración del Instituto de Biomedicina de la UB (IBUB), el consorcio CIBEROBN en España y la Universidad de Uppsala, en Suecia. En pruebas con ratas y larvas de pez cebra —modelos útiles por sus similitudes metabólicas con el ser humano—, los científicos observaron que las dosis combinadas a la mitad del nivel habitual lograron resultados equivalentes a una dosis completa de cada medicamento administrado por separado.
El hallazgo sugiere que la combinación podría aprovechar mecanismos moleculares diferentes y complementarios. Según Alegret, los efectos sinérgicos permitirían obtener eficacia terapéutica con menos riesgo de efectos secundarios, una cuestión clave para una enfermedad crónica y sin tratamiento específico aprobado hasta hoy.
¿Por qué es relevante reutilizar medicamentos ya disponibles?
Las dificultades para desarrollar tratamientos innovadores contra la enfermedad del hígado graso son notables. En los últimos cinco años, numerosos ensayos clínicos con compuestos experimentales fueron suspendidos por falta de eficacia o por problemas de seguridad. Este contexto ha impulsado el enfoque conocido como drug repurposing o reutilización de fármacos: explorar nuevas aplicaciones para medicamentos ya aprobados por agencias regulatorias.
Esta estrategia presenta ventajas claras. Primero, permite reducir los tiempos de desarrollo clínico, ya que los medicamentos cuentan con historiales de seguridad documentados en humanos. Segundo, minimiza los costos frente a la creación de nuevas moléculas. Y tercero, facilita la autorización regulatoria para estudios en pacientes, especialmente en patologías de alta prevalencia y sin opciones terapéuticas establecidas.
Alegret explicó que el equipo se concentró en las fases iniciales de la enfermedad, buscando prevenir su progresión hacia etapas con fibrosis o inflamación. “Para que un medicamento pueda emplearse en fases tempranas, debe tener un perfil de seguridad bien probado en humanos. Por eso evaluamos fármacos disponibles en el mercado, que ya se saben seguros y podrían ofrecer un beneficio adicional”, subraya la investigadora.
Cómo afectan al metabolismo hepático pemafibrato y telmisartán
Pemafibrato pertenece a la familia de los moduladores selectivos del receptor PPAR-α (peroxisome proliferator-activated receptor alpha), implicado en la oxidación de ácidos grasos en el hígado. Su uso clínico busca reducir triglicéridos y mejorar el equilibrio lipídico en sangre. En paralelo, telmisartán actúa sobre el sistema renina-angiotensina, utilizado en el tratamiento de la hipertensión arterial, pero además influye sobre la resistencia a la insulina y la acumulación de lípidos hepáticos.
El estudio barcelonés identificó un papel importante de la proteína PCK1 en el mecanismo de telmisartán. Este componente enzimático modula el destino de los metabolitos, dirigiendo el flujo energético hacia la síntesis de glucosa en lugar de la generación de grasa. En animales con enfermedad del hígado graso, los niveles de PCK1 estaban reducidos, pero con telmisartán se normalizaron. Ese reajuste metabólico podría explicar parte de la disminución de la grasa hepática observada.
La profesora Alegret resaltó que este efecto no elevó los niveles de glucosa en sangre, evitando el riesgo de inducir diabetes, un temido efecto colateral de modificaciones en ese ciclo bioquímico. Esta observación refuerza la posibilidad de una estrategia terapéutica dual, enfocada tanto en la reducción del tejido adiposo hepático como en la protección cardiovascular.
¿Qué diferencia a estos resultados de los intentos previos?
Históricamente, los ensayos clínicos con compuestos destinados a tratar la enfermedad del hígado graso se centraron en la reducción de grasa y marcadores inflamatorios. Sin embargo, muchos de estos fármacos no demostraron mejoras sostenibles o presentaron efectos adversos que limitaron su desarrollo. El estudio europeo introduce un cambio de paradigma: centrarse en moléculas conocidas que actúan sobre rutas metabólicas distintas, buscando una sinergia con menor carga de toxicidad.
Diversos expertos consultados por medios científicos han señalado que los resultados, aunque preliminares, aportan un punto de partida sólido para traducir la combinación a la práctica clínica. No obstante, los investigadores enfatizan que será necesario confirmar estos efectos en ensayos con humanos. Por ahora, los datos corresponden a modelos animales controlados, donde las variables metabólicas son más predecibles.
Si la eficacia se confirmara, la utilidad de fármacos como el telmisartán podría extenderse más allá del control de la presión arterial, incorporándose en protocolos integrales contra la enfermedad del hígado graso, especialmente en pacientes que ya presentan riesgo cardiovascular alto.
Qué pasos faltan antes de la aplicación clínica
El traslado de hallazgos en animales a terapias humanas es un proceso prolongado. De acuerdo con métodos clínicos estándar, deben completarse fases de toxicidad, farmacocinética y eficacia en cohortes pequeñas antes de generalizar su uso. En el caso de pemafibrato, su comercialización limitada a Japón podría requerir nuevos acuerdos regulatorios para ampliar su disponibilidad internacional.
Los investigadores de la Universidad de Barcelona ya trabajan en modelos más complejos que asocian enfermedad hepática con daño cardiovascular. El objetivo es confirmar si los efectos beneficiosos observados en el hígado se reflejan también en parámetros sistémicos, como la reducción de la aterosclerosis o el mejor control de la presión arterial.
El equipo planea asimismo explorar si el tratamiento combinado mantiene su eficacia en etapas más avanzadas, cuando ya existe fibrosis hepática. En esas condiciones, los mecanismos inflamatorios adquieren un papel central, y sería necesario comprobar si la combinación de fármacos detiene o revierte la progresión tisular.
Contexto histórico y epidemiología global
El crecimiento del diagnóstico de enfermedad del hígado graso ha seguido el mismo patrón global que la epidemia de obesidad. En los años noventa, la prevalencia era del 10 al 15 % en países industrializados; hoy ronda el 30 % y muestra un alza sostenida en Asia, América Latina y el norte de África. La urbanización acelerada, la reducción de la actividad física diaria y la expansión de dietas ultraprocesadas son factores comunes.
En América del Sur, los estudios revelan una incidencia especialmente alta en poblaciones adultas con síndrome metabólico. En Argentina, por ejemplo, los relevamientos epidemiológicos realizados en hospitales públicos entre 2018 y 2024 situaron la prevalencia en más del 32 % de los adultos evaluados. En Brasil, los últimos reportes consultados por la Sociedad Brasileña de Hepatología dan cifras similares. Estos datos hacen de la enfermedad un desafío de salud pública comparable al de la diabetes tipo 2.
En términos económicos, su impacto es relevante. Las complicaciones relacionadas, como la cirrosis o el carcinoma hepatocelular, implican un alto costo en tratamientos hospitalarios y trasplantes hepáticos. De acuerdo con proyecciones de la revista Hepatology (2025), el gasto mundial vinculado a enfermedades hepáticas metabólicas podría superar los 50 mil millones de dólares anuales para 2030 si no se implementan estrategias terapéuticas efectivas.
Por qué es un problema de salud más allá del hígado
La enfermedad del hígado graso es considerada una manifestación hepática del síndrome metabólico. Esto significa que su aparición está estrechamente ligada a otros factores como la obesidad abdominal, la hipertensión, la hiperglucemia y la dislipidemia. Por esta razón, tratarla no solo implica prevenir daño hepático, sino también reducir el riesgo de eventos cardiovasculares, la principal causa de mortalidad en estos pacientes.
Las conclusiones del estudio de la Universidad de Barcelona amplían esta perspectiva. Al mostrar que la combinación de pemafibrato y telmisartán reduce también la presión arterial y el colesterol, se sugiere una intervención integrada sobre el metabolismo energético. De confirmarse en humanos, se abriría la posibilidad de una estrategia terapéutica multifactorial, con efectos acumulativos sobre las causas del daño.
Hacia una medicina del metabolismo adaptativa
La investigación sobre la enfermedad del hígado graso avanza en un contexto más amplio de transformación de la hepatología moderna. La tendencia apunta hacia comprender el hígado no como un órgano aislado, sino como un nodo del equilibrio metabólico del cuerpo. En esa dirección, la búsqueda de terapias que interactúen simultáneamente con el sistema cardiovascular y el metabolismo general, como la combinación evaluada, podría representar un paso relevante en los próximos años.
Además del uso de fármacos, los especialistas remarcan la importancia del abordaje preventivo mediante intervenciones en estilo de vida: control del peso corporal, restricción del consumo de azúcares concentrados y actividad física constante. Estos factores siguen siendo el pilar principal para revertir los estadios iniciales de la enfermedad en la población general.
Los próximos cinco años se perfilan decisivos para definir si la aplicación combinada de medicamentos existentes logrará modificar el tratamiento estándar. Lo cierto, de momento, es que estudios como el de la Universidad de Barcelona redibujan el mapa de opciones terapéuticas, explorando la frontera entre farmacología tradicional y medicina metabólica de precisión.
Los retos y esperanzas futuras
Aunque el entusiasmo científico es prudente, los resultados refuerzan la idea de que soluciones asequibles y basadas en evidencias podrían emerger a partir de moléculas ya conocidas. La comunidad médica observa con atención los pasos siguientes: ensayos clínicos en humanos, validación en distintas poblaciones y análisis de efectos a largo plazo.
De confirmarse la eficacia de pemafibrato y telmisartán en humanos, se trataría de un avance relevante no solo para los pacientes con enfermedad del hígado graso, sino también para los sistemas de salud que enfrentan el creciente peso de las enfermedades metabólicas crónicas. Las implicaciones económicas y sanitarias de una terapia combinada segura y eficaz son significativas en un escenario global donde el hígado graso se ha convertido en un espejo del estilo de vida contemporáneo.
Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.

