Metales tóxicos en bananas tras desastre minero en Brasil: riesgos y hallazgos

Metales tóxicos en bananas fueron hallados por investigadores brasileños y españoles en cultivos cercanos al estuario del río Doce, en Espírito Santo. El estudio, realizado entre 2019 y 2024, advierte sobre los riesgos potenciales para la salud de niños y adultos debido a la exposición prolongada a residuos mineros del colapso de la represa de Fundão ocurrido en 2015.

Un legado ambiental de más de una década

El desastre minero de Mariana, ocurrido en noviembre de 2015 en el estado de Minas Gerais, sigue proyectando consecuencias ambientales y sociales a casi una década de distancia. La ruptura de la represa de Fundão, operada por la empresa Samarco —una subsidiaria de Vale y BHP Billiton— liberó más de 40 millones de metros cúbicos de desechos de hierro al río Doce, afectando comunidades en Minas Gerais y Espírito Santo, y provocando una catástrofe ecológica sin precedentes en Brasil.

Este flujo de residuos metálicos alcanzó el estuario del río Doce, en el municipio de Linhares, Espírito Santo, donde se encuentran zonas agrícolas de producción intensiva. Desde entonces, la recuperación ambiental avanza a ritmo desigual y los estudios sobre los efectos del desastre en la salud pública continúan revelando nuevas amenazas. Entre ellas destacan los hallazgos recientes sobre la presencia de metales tóxicos en bananas y otros cultivos básicos de la región.

Investigación científica y vigilancia prolongada

Un equipo interdisciplinario de investigadores en ciencias del suelo, ingeniería ambiental y salud pública, de la Universidad de São Paulo (USP), la Universidad Federal de Espírito Santo (UFES) y la Universidad de Santiago de Compostela (España), evaluó la seguridad alimentaria en cultivos locales como banana, yuca (mandioca) y cacao. Las muestras fueron tomadas en áreas afectadas por los residuos de minería.

El estudio, publicado en Environmental Geochemistry and Health, analizó la transferencia de elementos potencialmente tóxicos (EPT) —entre ellos cadmio, cromo, cobre, níquel y plomo— desde el suelo hacia las partes comestibles de las plantas. Estos metales, típicamente asociados a los óxidos de hierro presentes en los relaves, pueden integrarse a los tejidos de los cultivos y, posteriormente, ingresar a la cadena alimentaria humana.

¿Cómo llegan los metales tóxicos a las frutas cultivadas?

El proceso de contaminación vegetal comienza en el suelo, cuando los óxidos de hierro y otros minerales alteran su química por la presencia de residuos industriales. Amanda Duim, investigadora principal de la USP, explicó que la composición del suelo influye directamente en la capacidad de absorción de las plantas. Su equipo estudió cómo los EPT pasan del suelo al agua, y de ahí a los tejidos vegetales, incluyendo hojas y frutos.

El análisis demostró que la banana, junto con la yuca, acumuló mayores concentraciones de elementos tóxicos en las raíces y tubérculos, mientras que el cacao mostró niveles elevados en hojas y frutos. En particular, las concentraciones de cobre y plomo en la pulpa del cacao superaron los límites establecidos por la FAO. En las bananas, el plomo y el cadmio alcanzaron niveles preocupantes para el consumo infantil.

¿Qué riesgo representa para la salud el consumo de bananas contaminadas?

Los investigadores calcularon el cociente de riesgo (RQ) y el índice total de riesgo (TRI) para evaluar los efectos en la población local. El TRI mide el riesgo potencial no cancerígeno resultado de la exposición a metales pesados a través de la dieta. En adultos, la mayoría de los valores se mantuvo por debajo de 1, lo que indica bajo riesgo. Sin embargo, para los niños menores de seis años, el TRI de las bananas superó ese umbral, marcando una posible preocupación sanitaria.

El plomo fue el principal responsable de este riesgo elevado. Según la Organización Mundial de la Salud, incluso exposiciones leves a este metal pueden generar efectos neurológicos irreversibles, reduciendo el coeficiente intelectual y afectando el desarrollo cognitivo. A ello se suma la presencia de cadmio, un elemento que, en dosis acumuladas, puede dañar riñones y huesos.

Tamires Cherubin, coautora del trabajo, advirtió que los niveles detectados no necesariamente implican un peligro inmediato, pero sí justifican medidas preventivas. “Es fundamental monitorear la exposición crónica, ya que estos elementos permanecen en el ambiente durante décadas y se acumulan en los organismos humanos”, afirmó.

Contexto histórico y dimensión del desastre

El colapso de la represa de Fundão fue considerado el peor desastre ambiental en la historia de Brasil. Según datos del Instituto Brasileño de Medio Ambiente y Recursos Naturales Renovables (IBAMA), el vertido afectó a más de 650 km de curso fluvial y destruyó comunidades completas. Más de 19 personas perdieron la vida, y alrededor de 1.400 hectáreas de vegetación fueron devastadas.

Los relaves —una mezcla de agua, lodo y minerales finos— contenían altas concentraciones de hierro y trazas de metales pesados. Aunque inicialmente se clasificaron como residuos “no tóxicos”, estudios posteriores comprobaron que el contacto prolongado con estos materiales podía alterar la composición química de los suelos, afectando gravemente los ecosistemas agrícolas y acuáticos.

En la actualidad, los programas de compensación y remediación ambiental son gestionados por la Fundación Renova, una entidad creada por Vale, BHP Billiton y el gobierno brasileño para ejecutar proyectos de recuperación. Sin embargo, las comunidades locales continúan denunciando demoras en las indemnizaciones y en la restauración de sus medios de vida productivos.

Evidencia científica y desafíos de bioacumulación

Los resultados de la investigación de la USP y la UFES muestran cómo los EPT pueden desplazarse entre distintos niveles del ecosistema: del suelo al agua, de las raíces a los frutos y, finalmente, al organismo humano. El fenómeno de bioacumulación implica que, incluso en bajas concentraciones ambientales, los contaminantes pueden concentrarse progresivamente a lo largo de la cadena alimentaria.

El estudio indica que, si bien la mayor parte de las muestras analizadas no supera límites internacionales de seguridad, la tendencia acumulativa exige una vigilancia constante. Las prácticas agrícolas, la acidez del suelo y el tipo de cultivo inciden directamente en la absorción de metales. Por ejemplo, los suelos ácidos tienden a liberar con mayor facilidad los iones metálicos, aumentando su disponibilidad para las raíces.

¿Qué medidas de control existen actualmente en Brasil?

Las normas brasileñas de calidad del suelo —definidas por el Consejo Nacional del Medio Ambiente (CONAMA)— establecen límites específicos para metales pesados como plomo y cadmio. Sin embargo, los expertos señalan que la aplicación es desigual y depende de la capacidad técnica de cada estado. En Espírito Santo, las agencias ambientales implementan programas de monitoreo en conjunto con universidades locales, pero la cobertura aún es parcial.

El Ministerio de Salud mantiene también estrategias de vigilancia alimentaria y contaminación química, aunque los recursos destinados son limitados frente a la extensión de la cuenca del río Doce. En paralelo, organizaciones no gubernamentales y asociaciones agrícolas promueven prácticas de fitorremediación —uso de plantas que absorben contaminantes— como una solución de largo plazo para reducir la contaminación del suelo.

Impacto socioeconómico y cultural del desastre

Más allá de los indicadores ambientales, la contaminación del río Doce ha tenido un impacto profundo en la economía rural. Miles de familias que dependían de la pesca o la agricultura local vieron reducidos sus ingresos de manera drástica. Las restricciones para comercializar productos agrícolas generaron desconfianza entre los consumidores, afectando particularmente a pequeños productores de frutas y tubérculos.

Las comunidades indígenas y ribereñas, que históricamente se abastecían del río para consumo, fueron desplazadas o se vieron obligadas a cambiar sus fuentes de agua. Este cambio cultural ha transformado prácticas agrícolas y alimentarias arraigadas durante generaciones.

Riesgos a largo plazo y posibles efectos carcinogénicos

Los investigadores advierten que la exposición a bajas dosis de metales pesados puede tener efectos acumulativos a lo largo de décadas. De acuerdo con Cherubin, la esperanza de vida promedio en Brasil ronda los 75 años, lo que implica una posible acumulación de metales en tejidos humanos durante periodos prolongados. Si bien los riesgos cancerígenos aún se estudian, investigaciones previas han vinculado la exposición sostenida al cadmio, níquel y plomo con alteraciones genéticas y riesgo de cáncer en órganos del sistema digestivo y nervioso.

La literatura científica internacional documenta también efectos sobre el sistema endocrino y cardiovascular. Un estudio de la Universidad de Queensland (2023) señaló que las concentraciones máximas permisibles deben revisarse en contextos post-industriales, donde los ecosistemas contaminados tardan décadas en recuperar niveles basales.

Perspectivas futuras para la agricultura del río Doce

Desde una perspectiva de seguridad alimentaria, el desafío consiste en equilibrar la producción agrícola con la preservación ambiental. Los investigadores de la USP subrayan la necesidad de continuar monitoreando los cultivos más susceptibles, como la banana, para evaluar su idoneidad comercial. En paralelo, se impulsa la recuperación del suelo mediante enmiendas minerales y técnicas de rotación de cultivos con especies que absorben menos EPT.

Proyectos de cooperación entre universidades y gobiernos locales buscan mapear la distribución espacial de los contaminantes y establecer zonas seguras de cultivo. Estos programas, financiados en parte por la Fundación de Apoyo a la Investigación del Estado de São Paulo (FAPESP), podrían servir de modelo para otras cuencas impactadas por la minería en América Latina.

¿Puede el desastre servir de lección para futuras regulaciones?

El caso del río Doce ha abierto un debate sobre la gestión de pasivos ambientales en Brasil y la necesidad de fortalecer las políticas de control minero. Tras el accidente, CONAMA y la Agencia Nacional de Minería (ANM) revisaron varios procedimientos de fiscalización. No obstante, informes de auditoría indican que más del 60 % de las represas de residuos en el país aún no cuentan con planes de contingencia públicos.

Expertos del Instituto de Pesquisas Tecnológicas (IPT) sostienen que la falta de información clara sobre la composición exacta de los relaves complica el diseño de estrategias de descontaminación. Las lecciones del desastre podrían guiar políticas más estrictas de transparencia industrial y gestión de riesgo para prevenir colapsos similares.

Bananas, salud y ciencia: un desafío emergente

Los resultados sobre metales tóxicos en bananas refuerzan la importancia de integrar la investigación científica en la toma de decisiones públicas. Aunque los riesgos detectados son localizados, su dimensión social trasciende las fronteras del estado de Espírito Santo. La experiencia demuestra cómo un evento industrial puede alterar por décadas las condiciones de cultivo, la confianza alimentaria y la salud de las poblaciones rurales.

El seguimiento continuo de los niveles de plomo y cadmio en los productos agrícolas será esencial para garantizar la seguridad del consumidor. Asimismo, el fortalecimiento de la cooperación entre instituciones científicas, gobiernos regionales y organismos internacionales se perfila como una vía necesaria para reconstruir no solo los ecosistemas del río Doce, sino también la confianza de quienes dependen de ellos para vivir.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.