Las tensiones en Medio Oriente y el impacto del encarecimiento del petróleo están golpeando con fuerza a Tailandia, donde la salida de capitales extranjeros pone en duda las perspectivas de recuperación económica bajo el gobierno del primer ministro Anutin Charnvirakul.
El conflicto entre Estados Unidos e Irán llevó el precio del crudo cerca de los 100 dólares por barril, lo que reavivó la preocupación por la dependencia energética de Asia respecto del Golfo. En el caso tailandés, la exposición es especialmente alta, ya que casi la mitad de su petróleo y gas proviene de esa región.
El giro en el mercado fue brusco. En febrero, los inversores extranjeros habían vuelto con fuerza, atraídos por la estabilidad política tras la victoria electoral de Anutin y las expectativas de reformas económicas. Sin embargo, tras el estallido del conflicto, la tendencia se revirtió. En marzo, se registró una fuerte venta de acciones y bonos, marcando la mayor salida de capitales en varios meses.
Aunque el reciente alto el fuego generó cierto alivio y permitió una recuperación parcial de la bolsa y la moneda local, persiste la cautela. Los analistas advierten que el impacto del shock energético aún no se refleja completamente en los mercados y podría afectar el consumo, las exportaciones y el turismo, pilares clave de la economía tailandesa.
El país enfrenta un escenario complejo. Antes incluso de la crisis, el crecimiento era débil y la inflación se mantenía en terreno negativo durante meses, lo que obligó al banco central a recortar tasas. Ahora, el alza del petróleo cambia ese panorama y podría empujar la inflación al alza, complicando aún más la política económica.
A diferencia de otros países de la región, Tailandia no solo depende del petróleo importado, sino también del gas para generar más de la mitad de su electricidad. Esto amplifica el impacto de cualquier aumento en los precios energéticos y limita el margen de maniobra del gobierno.
Los expertos coinciden en que las autoridades están atrapadas entre opciones difíciles. Subir tasas podría frenar aún más la economía, mientras que bajarlas podría alimentar la inflación. Al mismo tiempo, el gobierno se muestra reticente a aumentar subsidios al combustible debido a las restricciones fiscales.
La deuda pública, cercana al límite fijado por el propio gobierno, añade presión. Si bien las autoridades aseguran que no planean elevar ese techo, los inversores temen que eventualmente se vean obligadas a hacerlo si la situación se prolonga.
En este contexto, la moneda local ha absorbido parte del impacto. El baht se ha debilitado desde el inicio del conflicto, aunque mantiene cierto margen gracias a su buen desempeño previo. Aun así, la volatilidad cambiaria refleja la fragilidad del equilibrio económico.
Con un margen limitado para responder y una alta dependencia energética, Tailandia se enfrenta a un periodo incierto. Si la crisis se extiende, el impacto podría dejar de ser un factor externo y pasar a afectar de lleno la actividad cotidiana, poniendo a prueba la capacidad del gobierno para sostener la recuperación.










