Israel lanzó el martes una nueva ofensiva terrestre sobre Ciudad de Gaza, prometiendo arrasar con lo que queda de la urbe devastada tras casi dos años de guerra. El anuncio provocó un éxodo inmediato de miles de palestinos que cargaron colchones y pertenencias en vehículos atestados, colapsando la carretera costera hacia el sur en busca de un refugio que no parece existir.
El avance israelí, que llegó después de semanas de bombardeos y acumulación de tropas en los alrededores, marca una escalada en un conflicto que ha sacudido al Medio Oriente y que aleja aún más la posibilidad de un alto el fuego con Hamas. El ministro de Defensa, Israel Katz, lo resumió en una frase lapidaria: “Gaza está ardiendo”. Poco después, la ciudad fue sacudida por una serie de explosiones que no dieron tregua durante la noche.
El inicio de la operación coincidió con la publicación de un informe elaborado por expertos independientes para el Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas, que acusó a Israel de cometer genocidio en Gaza. Tel Aviv rechazó la acusación y calificó el documento de “falso y distorsionado”. Mientras tanto, los hospitales de la ciudad se vieron desbordados por la llegada de cuerpos y heridos. En Shifa, la morgue recibió decenas de víctimas, entre ellas varios niños. Una mujer, Saud al-Sakani, lloraba a su hija, su yerno y sus nietos, muertos bajo los escombros de una vivienda que se desplomó con unas cuarenta personas adentro.
Las escenas de desplazamiento se multiplicaron. Familias enteras abandonaron barrios enteros a pie o en camiones, algunos cobrando sumas desorbitadas por el traslado. Un residente relató que su familia huyó solo con algo de ropa y que cientos de personas acampaban en las calles entre desechos humanos porque ya no queda espacio seguro. Antes de las órdenes de evacuación, en la región vivían cerca de un millón de personas; las estimaciones actuales sugieren que centenares de miles aún permanecen atrapadas.
La ofensiva se da en paralelo a tensiones que trascienden las fronteras de Gaza. Un misil lanzado desde Yemen por los rebeldes hutíes, respaldados por Irán, activó las alarmas en Jerusalén y Tel Aviv. Israel respondió con ataques aéreos sobre Hodeida, un puerto controlado por los insurgentes. En tanto, Estados Unidos se mantiene implicado: el secretario de Estado, Marco Rubio, advirtió que queda “una ventana de tiempo muy corta” para lograr un acuerdo que ponga fin a la guerra, aunque admitió que la ofensiva israelí complica cualquier salida negociada.
El costo humano sigue creciendo. Según fuentes médicas locales, al menos sesenta y nueve palestinos murieron el martes en los ataques sobre la ciudad. El Ministerio de Salud de Gaza asegura que desde el inicio del conflicto más de sesenta mil palestinos han perdido la vida, cerca de la mitad mujeres y niños. Del lado israelí, la guerra se desató en octubre de 2023, cuando comandos de Hamas irrumpieron en el sur del país y mataron a más de mil doscientas personas, además de secuestrar a cientos.
En Israel, las familias de los rehenes mantienen la presión sobre el gobierno. Afirman que los bombardeos ponen en riesgo directo a los cautivos y acusan al primer ministro Benjamin Netanyahu de condenarlos a muerte. Hamas ha reiterado que solo liberará a los prisioneros a cambio de un alto el fuego duradero, la retirada de las tropas y la excarcelación de palestinos.
Netanyahu, sin embargo, mantiene su agenda política internacional. Confirmó que se reunirá con Donald Trump en Washington a fin de mes, tras intervenir en la Asamblea General de la ONU. Mientras tanto, la guerra se expande y la población civil, atrapada entre la ofensiva israelí y el control de Hamas, enfrenta un escenario de hambre, desplazamiento masivo y un futuro inmediato marcado por la incertidumbre.













