El protagonismo de China en la arena internacional convierte el discurso sobre la democracia de la dirección del Partido Comunista Chino (PCCh) en factor de influencia global. Orientado hacia las diversas élites -políticas, intelectuales, empresariales- que, incluso viviendo en sociedades abiertas de Occidente- apoyan supuestas alternativas a la democracia liberal. En este documento presentamos, sin ánimo de agotar la discusión, un conjunto de interrogantes en torno al tema. ¿Hay un «modelo chino» de democracia, distinto y superior al liberal? ¿Puede existir democracia con un partido único y líder todopoderoso? ¿Cuál es el sujeto político dentro del modelo chino? ¿La democracia es un fenómeno universal o solo de Occidente?
¿Qué nos dice el PCCh sobre la democracia?
A finales de 2021, el presidente de los EE.UU., Joseph R. Biden, convocó a 111 países a la Cumbre por la Democracia para discutir las estrategias de fortalecimiento de la democracia y su defensa contra el auge autoritario, la lucha contra la corrupción y la promoción del respeto a los derechos humanos (Casa Blanca, 2021). La respuesta de China al encuentro fue la divulgación del reporte oficial titulado «China: una democracia que funciona», donde el Gobierno de la potencia asiática presenta su versión de la democracia, en un esfuerzo de mercadeo político que fue interpretado como una señal de protesta por su exclusión de la cumbre democrática. El documento tiene las características de una contraofensiva discursiva.
El texto esgrime que China ha estado haciendo un esfuerzo sostenido por consolidar su versión de la democracia, mientras apunta hacia el fracaso de las otras democracias que han sido incapaces de procurar el bienestar de sus pueblos. Sin embargo, esta argumentación sobre lo que se concibe como democracia en China contrasta, no solamente con la experiencia histórica del modelo, sino con la propia realidad en China.
En este sentido, el documento es revelador, pues al insistir en el «proceso integral de democracia popular», el papel del Partido Comunista Chino (PCCh) como instrumento fundamental de control social queda refrendado a lo largo de todo el discurso. Una suerte de declaración de supremacía del partido sobre el pueblo.
El documento blanco podemos abordarlo desde tres categorías fundamentales: (1) la definición del modelo, (2) el papel del Partido y (3) el protagonismo del pueblo.
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La definición del modelo
En el documento, se presenta la democracia como un ideal apreciado por el Partido Comunista de China (PCCh) y el pueblo chino. Al caracterizar el régimen político vigente, el PCCh reafirma la dupla pueblo-partido en su retórica. Dice que: «El estatus del pueblo como dueño del país es la esencia de la democracia popular«. También que desde el 18º Congreso Nacional del PCCh en 2012 (justo el que marca el encumbramiento de Xi Jinping) «el Partido ha desarrollado la democracia popular de todo el proceso como un concepto clave y se ha esforzado por traducirla y los valores democráticos relevantes en instituciones efectivas y acciones concretas».
En su intento por convencer sobre cómo el modelo chino encarna a la verdadera democracia, se maquilla la naturaleza del régimen autocrático, postulándose la «autenticidad» y «novedad» del modelo. Al respecto se señala: «La democracia popular de proceso integral comprende la democracia orientada al proceso, con la democracia orientada a los resultados, la democracia procedimental con la democracia sustantiva, la democracia directa con la democracia indirecta y la democracia popular con la voluntad del Estado. Es un modelo de democracia socialista que abarca todos los aspectos del proceso democrático y todos los sectores de la sociedad. Es una verdadera democracia que funciona» (2021: 2).
A finales de 2021, el presidente de los EE.UU., Joseph R. Biden, convocó a 111 países a la Cumbre por la Democracia para discutir las estrategias de fortalecimiento de la democracia
El documento justifica esta aproximación «fluida» al señalar que la democracia no debe estar sujeta a estándares, porque se trata de un proceso flexible que se va construyendo sobre la marcha, debido a que no se encuentra preestablecido, porque de lo que se trata en realidad es de la «diversidad democrática». Esta ambigüedad discursiva es intencional, pues sobre esa abstracción cualquier rasgo institucional tiene sentido en un modelo que no es «estático» desde el punto de vista normativo. El documento aclara que se trata de una «dictadura democrática popular», en donde la unidad se construye a partir de la amalgama entre dictadura y democracia.
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El papel del Partido
Contra los rasgos (precisos) de la poliarquía, el discurso de China: democracia que funciona ofrece una suerte de carro de supermercado, lleno de atrayentes y múltiples productos.
Para este, «evaluar si el sistema político de un país es democrático y eficiente es observar si la sucesión de sus líderes es ordenada y acorde con la ley, si todas las personas pueden gestionar los asuntos estatales y sociales y las empresas económicas y culturales de conformidad con las disposiciones legales, si el público puede expresar sus necesidades sin obstáculos, si todos los sectores pueden participar eficientemente en los asuntos políticos del país, si la toma de decisiones nacionales puede llevarse a cabo de manera racional y democrática, si las personas de alto calibre en todos los campos pueden ser parte del liderazgo nacional y los sistemas administrativos a través de la competencia leal, si el partido gobernante está a cargo de los asuntos estatales de conformidad con la Constitución y la ley, y si el ejercicio del poder puede mantenerse bajo una moderación y supervisión efectivas».
Pero esta «democracia china» es un constructo del PCCh. El Partido constituye el eje de la vida en China, toda la estructura social está construida sobre la base de la intervención del Partido. El PCCh se concibe como el órgano ejecutor de toda política pública, un aparato de centralización de las decisiones políticas. En tanto en China no hay auténticos partidos de oposición, por lo que no se trata de una democracia competitiva. Además del PCCh, hay ocho «partidos políticos» que lo acompañan en una red de cooperación, cumpliendo dos funciones críticas para aquel.
Por una parte, le permiten al PCCh descentralizar la función de control político-territorial, que es una necesidad en un país con más de 1400 millones de habitantes. Por la otra, son organizaciones intermediarias de alcance local y regional que sirven de aparato de monitoreo y control político y social y que le reportan al PCCh. En China, la legitimidad proviene del PCCh, y fue refrendada en una resolución emitida por el Comité Central en noviembre pasado sobre los alcances históricos del Partido. El objetivo de expansión de los mecanismos partidistas por encima del Estado enunciado en dicha declaración se encuentra en el documento.
Lejos de ser un sistema multipartidista, la hegemonía del PCCh es incuestionable, se trata de un partido de élites —si nos atenemos a las características de su membresía— con una estructura piramidal. Donde estas élites tienen el verdadero poder de decisión, por encima de cualquier otra institución política, aun cuando apenas representa cerca del 7 % de su población.
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El protagonismo del pueblo
El pueblo es el eje del modelo, en teoría. La definición de «amos del país» sitúa al pueblo como elemento esencial de la democracia china. Sin embargo, en el discurso también se advierte que la concreción del bienestar pasa por el fortalecimiento del Partido; de manera que el pueblo termina siendo un elemento auxiliar. El pueblo es un vehículo, pero el fin último es el fortalecimiento del Partido, verdadero eje del sistema.
En sintonía con esa visión difusa, en China: democracia que funciona se nos dice que debemos juzgar la democracia si «las personas son verdaderamente los amos del país; si el pueblo tiene derecho a votar y, lo que es más importante, el derecho a participar ampliamente; si se les han dado promesas verbales en las elecciones y, lo que es más importante, cuántas de estas promesas se cumplen después de las elecciones; si existen procedimientos y reglas políticas establecidas en los sistemas y leyes estatales y, lo que es más importante, si estos sistemas y leyes se aplican realmente; si las normas y procedimientos para el ejercicio del poder son democráticos y, lo que es más importante, si el ejercicio del poder está realmente sujeto al escrutinio y los controles públicos».
El Partido constituye el eje de la vida en China, toda la estructura social está construida sobre la base de la intervención del Partido
Sin duda, votar, participar, consultar, administrar y supervisar son procesos políticos de indudable pedigrí potencialmente democrático. Pero también son compatibles con estructuras y procesos autocráticos institucionalizados.
Conclusiones
Así como no se puede ignorar que China es el caso más sorprendente de desarrollo económico acelerado de la historia humana tampoco es honesto asimilar que su régimen cumple, más allá de ciertos procesos de elección de base y ejercicios controlados de la opinión pública, con estándares democráticos.
Una cosa es revisar críticamente los fundamentos y funcionamientos de cualquier régimen particular —la democracia de EE.UU., por ejemplo, es severamente cuestionada hoy en la propia academia y sociedades abiertas— y otra muy diferente es manipular la realidad y los conceptos con los que la explicamos. Incluso si consideramos que las democracias representativas sufren, dentro de un respeto general por el Estado de derecho, de procesos de corrupción —inherentes al funcionamiento mismo del sistema— y oligarquización del poder —con minorías que abusan de las reglas del juego para perpetuar sus privilegios—la experiencia nos indica que estas democracias son superiores en respeto a las libertades y agencia de sus ciudadanos y en contrapesos al poder de las élites a regímenes como el del PCCh.
Entre la universalidad de legados y el estiramiento conceptual hay enormes diferencias epistémicas y prácticas. Autocracia y democracia son fenómenos universales, discernibles, cuyas expresiones y principios admiten y se arraigan en contextos socioculturales diversos. Y es ahí donde deberíamos comprobar si la naturaleza del sistema político chino —con un partido leninista, que excluye la competencia, el pluralismo y la exigencia ciudadana a la rendición de cuenta a sus máximas autoridades— permite realizar tan altas metas del discurso democrático de Xi Jinping. En ese sentido, entre la retórica formal del liderazgo político chino y las realizaciones prácticas de su régimen, hay un amplio trecho.
El déficit democrático del discurso oficial del PCCh no se sostiene en los basamentos teóricos o empíricos de una visión particular, otra, de democracia, supuestamente atenta a las especificidades históricas, culturales o étnicas de una nación milenaria. Sino en la ausencia y distorsión de los elementos básicos de la democracia —como régimen político, movimiento social, proceso histórico y modo de vida— reconstruidos y compartidos por la humanidad en sus diversas etapas de desarrollo. No es, pues, un asunto de grado, sino de vacío de una supuesta alternativa (el modelo chino) proyectado en la coyuntura global de disputas sobre la democracia.
Politóloga. Doctora en Ciencias Sociales, mención Estudios Culturales (Universidad de Carabobo, Venezuela). Profesora Visitante de Ciencia Política (U.S. Government, State and Local Government, International Politics), en Valencia College, Orlando Florida. Fue Profesora Asociada, jefe de la Cátedra de Gerencia Pública en la FaCES de la Universidad de Carabobo (2000-2018). Es Investigadora Adjunta de Gobierno y Análisis Político A. C. (GAPAC), y miembro de la Red de Politólogas.
Politólogo por la universidad de la Habana e historiador por la universidad veracruzana. Investigador de Gobierno y Análisis Político AC y experto-país del proyecto v-Dem. especializado en el estudio de los procesos de democratización y ‘autocratización’ en Latinoamérica y Rusia.















