El gobierno de Corea del Sur elevó este jueves su meta de exportaciones de K-cultura para 2030 de 35.000 a 110.000 millones de dólares, después de redefinir el alcance del concepto para incluir turismo, gastronomía, cosmética y moda como parte del ecosistema exportador cultural del país. El anuncio fue realizado por el ministro de Cultura, Deportes y Turismo, Chae Hwi-young, en una conferencia de prensa celebrada en el Museo Nacional de Arte Moderno y Contemporáneo de Seúl.
La revisión no solo cambia la meta: cambia la forma en que Corea del Sur mide y contabiliza el impacto económico de su cultura. Bajo el modelo anterior, el cálculo se concentraba en la creación cultural, el contenido y las artes tradicionales. El nuevo marco incorpora los sectores impulsados por la marca-país: el turismo entrante como consecuencia directa del atractivo cultural, y la demanda global de K-food, K-beauty y K-fashion como extensiones del mismo fenómeno de seducción cultural que convirtió al K-pop y los K-dramas en fenómenos globales.
Los números que justifican la nueva meta
La recalibración del modelo estadístico reveló que la exportación de K-cultura ya alcanzó en 2025 un valor tentativo de 71.800 millones de dólares, convirtiendo al sector en el tercer mayor rubro de exportación del país, detrás de los semiconductores —173.400 millones— y los automóviles —72.000 millones. El mercado total de K-cultura, incluyendo consumo doméstico e internacional, se ubicó en aproximadamente 274 billones de won —unos 182.000 millones de dólares— en el mismo año, cerca del umbral de 300 billones que la administración Lee Jae Myung había fijado como meta para 2030 cuando asumió el año pasado.
«En un momento en que muchos sectores tradicionales que han impulsado la economía coreana enfrentan desafíos, una cifra estadística actualizada demuestra que el sector K-cultura es efectivamente otro motor que puede liderar nuestro futuro», dijo la ministra Chae. «Creemos que esta imagen más clara ayudará a fomentar una mayor inversión en la industria.»
Una lógica que cierra: del drama a la aerolínea
Lo que la nueva definición formaliza es algo que los analistas del Hallyu venían observando desde hace años: el consumo de cultura coreana no termina en una pantalla. Un espectador que sigue un K-drama empieza a reconocer marcas de cosméticos, restaurantes y ropa que aparecen en los episodios. Un fan del grupo K-pop BTS que viaja a Seúl para un concierto gasta en hotel, gastronomía, compras y turismo. Un adolescente latinoamericano que aprende coreano por el K-pop termina comprando productos coreanos en supermercados y plataformas de comercio electrónico.
Ese encadenamiento —del contenido al producto, del producto al viaje, del viaje al estilo de vida— es lo que la ministra Chae describió al justificar la inclusión del turismo en la métrica: «El turismo entrante de extranjeros es un resultado natural y un beneficio adicional de la K-cultura, porque los visitantes vienen a Corea después de enamorarse de sus encantos culturales.»
El caso más reciente y más visible de ese encadenamiento fue la visita de BTS a México en mayo. Los conciertos agotados en 40 minutos, los 50.000 fans en el Zócalo y las 210.000 personas que asistieron a tres noches en el estadio derivaron en una reunión del ministro de Comercio coreano Yeo Han-koo con el secretario de Economía mexicano Marcelo Ebrard, una llamada del presidente Lee Jae Myung a la presidenta Claudia Sheinbaum y el inicio de conversaciones para un tratado de libre comercio entre Corea del Sur y México. La cultura como apertura de mercados.
Las medidas para llegar a 110.000 millones
Para alcanzar la nueva meta, el ministerio anunció un paquete de políticas que combina incentivos fiscales y financieros para las industrias culturales, mayor inversión en géneros artísticos distintos al K-pop y los K-dramas —incluyendo artes visuales, diseño y gastronomía—, y mejoras de infraestructura turística para atraer visitantes internacionales a destinos fuera de Seúl.
Este último punto es relevante en el contexto del debate sobre el impuesto al turismo extranjero que abrió el candidato al gobierno del Distrito Jung de Seúl, Lee Dong-hyun, quien propuso gravar a los visitantes internacionales para compensar a los residentes por los costos del turismo masivo en Myeong-dong. La tensión entre el objetivo del gobierno central de atraer más turismo y la presión de los gobiernos locales por distribuir mejor sus beneficios es uno de los desafíos concretos que el plan de 110.000 millones deberá gestionar.
Por qué la redefinición importa más allá de Corea
La decisión de incorporar turismo, gastronomía, cosmética y moda en la métrica de exportaciones culturales tiene implicaciones que van más allá del propio Corea del Sur. Es, en el fondo, una declaración sobre cómo debería medirse el impacto económico de la cultura en la era global: no como un sector separado de la economía real sino como el lubricante que habilita transacciones en todos los demás sectores.
Francia hace décadas que entiende esa lógica: el turismo a París, el consumo de vino bordelés, la demanda de moda de lujo y la percepción de sofisticación gastronómica son todos tributarios del mismo capital cultural acumulado durante siglos. Lo que Corea del Sur está demostrando es que ese proceso no requiere siglos: puede construirse en décadas con inversión estratégica, política pública activa y una industria privada que entiende el valor del producto cultural como palanca de expansión comercial.
La meta de 110.000 millones de dólares en exportaciones de K-cultura para 2030 no es solo un número. Es la formalización de un modelo de desarrollo que Corea del Sur viene ejecutando desde los años noventa y que en 2026 produce resultados lo suficientemente grandes como para aparecer en el tercer lugar del ranking de exportaciones del país, junto a los semiconductores y los automóviles.
Colaboradora en ReporteAsia.














