El yen japonés protagonizó el lunes uno de sus movimientos más abruptos de las últimas semanas: se apreció desde el rango de 157,20 unidades por dólar hasta el rango alto de 155, su nivel más fuerte desde el viernes previo, en una sesión marcada por la escasez de participantes debido al cierre de los mercados japoneses por la Semana Dorada. La menor liquidez amplificó la volatilidad y convirtió un movimiento que en condiciones normales hubiera sido gradual en un salto brusco que tomó por sorpresa a varios operadores del mercado de divisas.
El contexto inmediato era de alta tensión cambiaria. El jueves anterior, el Banco de Japón había intervenido en el mercado comprando yenes, en una operación que los participantes del mercado estimaron en alrededor de cinco billones de yenes —unos 32.000 millones de dólares—, una de las mayores intervenciones cambiarias de los últimos años. La medida frenó temporalmente la depreciación de la moneda japonesa, pero el efecto se fue diluyendo el viernes, cuando el yen volvió a debilitarse y llegó a cotizar nuevamente en el rango de 157,30 por dólar antes del cierre de la semana.
Katayama no confirma ni desmiente la intervención
La ministra de Finanzas japonesa, Satsuki Katayama, fue consultada el lunes sobre si Japón había intervenido en el mercado cambiario mientras se encontraba de visita en Uzbekistán. Su respuesta fue la fórmula estándar que Tokio utiliza cuando no quiere confirmar una intervención pero tampoco negarla: «No tengo comentarios sobre eso», dijo, antes de añadir que «han existido movimientos especulativos por bastante tiempo», una frase que funciona simultáneamente como justificación implícita de una eventual intervención y como advertencia a los operadores que apuestan contra el yen.
Un día antes, el viernes, el viceministro de Finanzas para Asuntos Internacionales, Atsushi Mimura, había intentado mantener la guardia alta del mercado con una declaración cuidadosamente formulada: señaló que el período de la Semana Dorada —que comenzó el miércoles y se extiende hasta el 6 de mayo— estaba «todavía en una etapa temprana», un comentario leído por los operadores como una advertencia de que el gobierno japonés seguía atento y dispuesto a actuar nuevamente si la presión sobre el yen se intensificaba.
La lógica de la Semana Dorada como ventana de vulnerabilidad
El episodio del lunes ilustra un patrón recurrente en el mercado de divisas japonés: los períodos de feriados prolongados, como la Semana Dorada, son ventanas de vulnerabilidad estructural para el yen porque la ausencia de los principales actores locales reduce drásticamente la liquidez del mercado. Con menos participantes, cada orden de compra o venta tiene un impacto desproporcionado sobre el precio, lo que hace al mercado más susceptible tanto a movimientos especulativos como a las intervenciones del gobierno.
Los operadores con posiciones vendidas en yen —es decir, aquellos que apostaban a que la moneda japonesa seguiría debilitándose— quedaron expuestos durante la sesión del lunes a un movimiento adverso de más de dos yenes por dólar en pocas horas, un desplazamiento inusualmente amplio para el mercado de divisas de una economía desarrollada en un solo día de operaciones.
El trasfondo: el yen y la política monetaria del Banco de Japón
La presión sobre el yen no es un fenómeno nuevo ni acotado a la Semana Dorada. La moneda japonesa viene debilitándose de manera estructural desde 2022, cuando la divergencia entre la política de tasas de interés del Banco de Japón —que mantuvo tasas negativas o cercanas a cero mientras el resto de los bancos centrales del mundo las subían agresivamente para combatir la inflación— y la Reserva Federal de Estados Unidos generó un diferencial de tasas que hacía económicamente rentable vender yenes y comprar dólares.
Aunque el Banco de Japón comenzó a normalizar su política monetaria a partir de 2024, las tasas japonesas siguen siendo significativamente más bajas que las estadounidenses, lo que mantiene activo el incentivo estructural para el carry trade en contra del yen. En ese contexto, las intervenciones del gobierno en el mercado cambiario funcionan como frenos temporales sobre una tendencia que los fundamentos macroeconómicos no terminan de revertir.
Para el conjunto de Asia, un yen débil tiene consecuencias que trascienden a Japón: encarece las importaciones japonesas de energía y alimentos —especialmente relevante en el contexto del conflicto en Medio Oriente y el cierre del Estrecho de Ormuz—, presiona a los exportadores regionales que compiten con productos japoneses en terceros mercados, y complica la gestión de los bancos centrales de Corea del Sur, Taiwán y el sudeste asiático, que deben evitar que sus propias monedas se aprecien demasiado respecto al yen y pierdan competitividad exportadora.
Colaboradora en ReporteAsia.













