El mediodía del 25 de mayo, un hombre se acercó a un cajero automático en la planta baja del Ginza Six, uno de los centros comerciales más exclusivos de Tokio, y roció una sustancia desconocida. Veintiséis personas desarrollaron irritación en la garganta. Diecinueve fueron trasladadas al hospital. El sospechoso huyó. Las cámaras de seguridad lo captaron, pero hasta el cierre de esta nota no había sido identificado.
Las autoridades investigan la causa. Fuentes investigativas no identificadas citadas por la cadena NHK indicaron que la sustancia podría haber contenido capsaicina, el principio activo del ají picante. No hubo víctimas en riesgo de vida, pero el episodio no ocurrió en el vacío.
Un patrón que se repite
El incidente del Ginza Six es el más reciente de una serie que en pocas semanas convirtió los ataques con aerosoles en espacios públicos en una preocupación concreta para las autoridades japonesas.
El 10 de mayo, una familia de tres personas —madre, padre y una bebé de un año— fue llevada al hospital después de que se reportara un olor extraño dentro de un tren de la línea JR Tokaido, cerca de Tokio. Dos días después, un adolescente de 16 años fue arrestado por rociar un líquido no identificado dentro de otro tren de la misma línea, en lo que la policía calificó como obstrucción forzada de los servicios ferroviarios.
A fines de abril, un hombre que permanece prófugo atacó a dos estudiantes secundarios con un martillo en Fussa, en el oeste de Tokio, y roció una sustancia desconocida sobre varios policías que respondieron al llamado.
Cuatro incidentes. Cuatro espacios públicos distintos. Menos de dos meses.

La sombra del 95
Japón permanece marcado por el recuerdo del ataque al metro de 1995, cuando miembros del culto Aum Shinrikyo liberaron gas sarín en trenes del subterráneo de Tokio, matando a 14 personas e intoxicando a más de 5.800. Ese episodio redefinió la percepción japonesa de la seguridad pública y estableció un umbral de alarma colectiva que cualquier incidente con sustancias en espacios confinados activa de inmediato.
Los ataques de 2026 no tienen la escala ni la organización del Aum. Pero comparten el elemento que más perturba a una sociedad construida sobre la confianza en el espacio público: la víctima podría ser cualquiera, el agresor también.
Violencia aleatoria y aislamiento social
Un análisis comparativo sobre atacantes solitarios en Japón, elaborado para la red de prevención de radicalización de la Unión Europea, identificó que la mayoría de los casos japoneses carecen de ideología política o religiosa clara y responden a agravios personales, aislamiento social o problemas de salud mental.
Ese perfil no es nuevo. Un estudio del Ministerio de Justicia japonés que examinó 52 de los ataques más violentos ocurridos entre 2000 y 2009 encontró que 33 de los 52 perpetradores de ataques aleatorios tenían relaciones sociales pobres o inexistentes, y que más del 40% había intentado suicidarse antes de cometer el ataque.
El contexto social no mejoró. Una encuesta gubernamental reciente reveló que cerca de 1,5 millones de personas en edad laboral viven como reclusos sociales en Japón, en lo que se conoce como hikikomori, con el Covid-19 señalado como responsable de aproximadamente el 20% de los casos.
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Japón tiene uno de los índices de homicidios más bajos del planeta y las leyes de armas más estrictas. Esa reputación es real y está respaldada por datos. Pero también convive con una forma específica de violencia que los expertos japoneses llevan décadas analizando: los ataques indiscriminados contra desconocidos en espacios públicos, motivados no por ideología sino por un colapso de los vínculos sociales.
En diciembre del año pasado, 14 personas resultaron heridas en un ataque con cuchillo en una fábrica del centro de Japón, durante el cual también se roció un líquido no identificado. El patrón combinado —arma blanca o química, espacio público, víctimas aleatorias— se repite con una frecuencia que las autoridades ya no pueden ignorar.
Lo que ocurrió en el Ginza Six el 25 de mayo no fue un ataque terrorista en el sentido convencional. Fue algo quizás más difícil de prevenir: un individuo anónimo, una sustancia barata, un espacio lleno de gente, y ningún motivo que las cámaras puedan registrar.
Co-fundador de ReporteAsia.














