Este artículo analiza la paradoja institucional del G20 en el contexto de la crisis del multilateralismo, utilizando la Cumbre de Johannesburgo 2025 como estudio de caso empírico. El objetivo es responder si la naturaleza informal del G20 le permite reorientar efectivamente la agenda global o si, por el contrario, la convierte en un catalizador de la crisis del consenso debido a la competencia geopolítica.
A partir del Institucionalismo Neoliberal (Keohane y Simon) y la Gobernanza Informal (Wright, Méndez y Jordana), se concluye que el G20 mantiene su utilidad funcional al reducir la incertidumbre y los costos de transacción, y que su informalidad facilita la expansión y reorientación de la agenda hacia las prioridades del Sur Global (deuda, financiamiento climático, inclusión de la Unión Africana), demostrando que es el mecanismo más eficaz para la cooperación en un mundo fragmentado.
Sin embargo, el artículo sostiene que la diversidad del foro es un catalizador de la fragmentación bajo el prisma de la Crisis de la Hegemonía. El boicot o la oposición de la potencia hegemónica (EE. UU.) y la Multipolaridad Asimétrica (Buzan/Dugin) confirman la tesis de Wallerstein sobre la bifurcación del sistema: la competencia geopolítica desplaza la cooperación económica, evidenciando que la hegemonía ya no puede imponer un consenso ideológico completo.
En síntesis, el G20 funciona como un refugio de la interdependencia (Okonjo-Iweala), donde los países emergentes utilizan la flexibilidad informal para negociar la gobernanza global bajo sus propios términos, transformando al foro de un mecanismo de contención de crisis a un epicentro de la reorientación del poder mundial. El G20 es fuerte por su capacidad de adaptación (agilidad) pero volátil por su vulnerabilidad al boicot informal.
Palabras Clave: G20; multilateralismo; informalidad; crisis de la hegemonía; BRICS+; gobernanza global.
1. Introducción
La crisis del multilateralismo es un fenómeno que describe la pérdida de eficacia y consenso de las instituciones de gobernanza global (como el G20, la OMC o la ONU) que fueron diseñadas en gran medida para la era posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Pero cobra significación especial en instituciones informales como el G20, que opera como una plataforma global de diálogo de alto nivel, convocando a los Jefes de Estados y de Gobierno, junto con los ministros de finanzas y presidentes de bancos centrales, de las economías más importantes del planeta, sumando a la Unión Europea.
La relevancia de este foro no radica únicamente en su peso económico (al concentrar aproximadamente el 85% del producto bruto mundial y el 75% del comercio global) sino también en la importancia estratégica o regional que sus miembros ostentan a nivel internacional. Entre sus integrantes se encuentran naciones de todos los continentes, como Alemania, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Canadá, China, Corea del Sur, Estados Unidos, Francia, India, Indonesia, Italia, Japón, México, Reino Unido, Sudáfrica y Turquía.

El G20 ocupa un lugar singular en el panorama de la gobernanza global debido a su diseño, dado que no es una organización formal, a diferencia de entidades como la Organización Mundial de Comercio (OMC), el G20 carece de personalidad jurídica o de una estructura burocrática permanente, su funcionamiento es informal, lo que le otorga agilidad para la toma de decisiones.
Otra característica es que no es un bloque homogéneo dado que reúne a países desarrollados con emergentes, tampoco es un club de países que convergen en términos de modelos políticos y de desarrollo, como la Unión Europea, o un proyecto de integración económica como la Alianza del Pacífico. (Merke y Zaccato; 2018:15)
Su finalidad inicial en 1999 era en la necesidad de contar con un grupo más representativo de la distribución de poder a nivel internacional (más de lo que representaba el G7), capaz de generar un mayor impacto. (G20, 2018).
No obstante, es recién a partir de la crisis financiera internacional de 2008 cuando el G20 toma verdadero protagonismo global, al mostrarse como la plataforma privilegiada para generar consensos entre los funcionarios de alto rango de las principales economías del mundo para la contención de esta crisis.
A partir de ese momento, las cumbres del G20 comenzaron a incluir reuniones entre jefes de Estado y Gobierno, y su agenda temática se fue expandiendo más allá de lo económico-financiero, para incluir tópicos relativos al desarrollo sostenible, la seguridad internacional, el medio ambiente, la lucha contra el crimen organizado transnacional y el terrorismo, la equidad de género, la educación, el futuro del trabajo, entre muchas otras. (Merke y Zaccato; 2018:17).
La naturaleza informal del G20, que es uno de los principales activos, puede convertirse paradójicamente en su foco de su debilidad, para alcanzar los consensos, especialmente en el contexto actual de crisis de multilateralismo, que afecta a todas las organizaciones internacionales, pero que cobra especial relevancia, tal como lo analizaremos en lo sucedido en la última Cumbre del G20 de Johannesburgo 2025.
Esta situación donde la competencia geopolítica supera la cooperación económica (la razón de ser post 2008) nos lleva a realizarnos la siguiente pregunta de investigación: ¿cuál es la utilidad del G20 como foro informal, para que su accionar le permitan reorientar efectivamente la agenda global o esa misma informalidad la convierte en el catalizador de la crisis del consenso y el declive del foro?
La pregunta combina los siguientes elementos que analizaremos, el primero la crisis del multilateralismo ocasionado por la prioridad geopolítica sobre lo económico, segundo la utilidad del G20 y tercero si la informalidad en su diseño es la solución o el problema por la facilidad de presentar boicots y la ruptura del consenso.
Utilizaremos como metodología un caso de estudio como es la Cumbre de Johannesburgo 2025 como evidencia empírica clave de esta tensión, para ello analizaremos cualitativamente la posesión de los principales actores y las consecuencias que han tenido.
2. Marco teórico: paradoja institucional del G20
Estructuraremos el marco teórico en torno a tres ejes que explican la tensión y la utilidad del G20: la naturaleza de las instituciones, la crisis hegemónica y el multilateralismo de la nueva era.
2.1. Naturaleza y eficacia de las instituciones informales
Para abordar este tema lo hacemos desde la teoría del Institucionalismo racional y neoliberal, para ello nos apoyamos en la obra de Robert Keohane “After Hegemony” (1984) en la cual define las instituciones (formales e informales) como mecanismos que reducen la incertidumbre y los costos de transacción. Según Keohane la teoría de la elección racional, aplicada a las instituciones sociales, supone que estas pueden explicarse examinando los incentivos que enfrentan los actores que las crearon y mantienen. Las instituciones existen porque cabía esperar razonablemente que aumentaran el bienestar de sus creadores; (Keohane, 1984:80), ello nos lleva a preguntarnos si el G20 sigue manteniendo la intención de su creación después de la crisis del 2008. Alimentando esta posición, tenemos la visión de Simon, que es un funcionalista quien expresa: “…la suficiencia de un patrón particular para desempeñar una función esencial, pero no puede demostrar su necesidad; no puede demostrar que no existan patrones de comportamiento alternativos, funcionalmente equivalentes, que satisfagan la misma necesidad” (1978: 161).
Las instituciones y prácticas que no cumplen con los requisitos funcionales especificados desaparecerán como resultado. Las teorías darwinianas de la selección natural y las teorías económicas de la fijación de precios al costo marginal en una economía competitiva se basan en esta última lógica. (Keohane,1984:82)
Resumiendo, la naturaleza y funcionalidad de las instituciones informales como es el G20 lo define a partir de los regímenes internacionales (que incluye reglas, normas y procedimientos, sean formales e informales) como mecanismos que surgen de la utilidad funcional y pueden persistir incluso después del declive de la potencia hegemónica que los creó.

La eficacia de estas instituciones informales radica en que facilitan la cooperación, al reducir la incertidumbre, disminuir los costos de transacción y generar reputación y reciprocidad al permitir el desarrollo de un sistema de cumplimiento descentralizado. En esencia, las instituciones informales son útiles porque transforman el interés egoísta de los estados en una cooperación mutuamente beneficiosa.
Para analizar la naturaleza tomamos la obra de Wright, Méndez y Jordana que nos habla de la gobernanza informal para explicar como la falta de personalidad jurídica y la ausencia de burocracia permanente permiten a las instituciones expandir su agenda, apartándose de aquello por lo cual fueron creadas.
La gobernanza informal, en este contexto, no sólo se trata de la ausencia de leyes formales (como en el análisis de Koehane), sino de prácticas, instrumentos y relaciones no reguladas que persisten y moldean el accionar de los gobiernos y las instituciones, incluso en entornos descentralizados y democráticos.
En la gobernanza informal, las interacciones son constantes entre los funcionarios, las cuales “no están formalmente ratificadas en acuerdos o rígidamente fijadas por estatutos o decisiones de los tribunales […]los continuos contactos de los funcionarios y los intercambios de información y de opiniones” (Wright, 1997: 81). Esta interacción, según el autor, es promovida principalmente porque los funcionarios buscan que las cosas se hagan, en otras palabras, buscan cumplir las metas políticas y administrativas que tienen o les imponen.
Por su parte Méndez (1997) expresa que: “Todos los funcionarios públicos son participantes potenciales o reales en los procesos de toma de decisiones” (Wright, 1997: 82). Estos actores influyen directa e indirectamente en la toma de decisiones como en la ejecución, implementación, evaluación y control de las acciones gubernamentales”.
Finalmente, Jordana (2002) enfoca las relaciones de gobernanza informal desde el punto de vista económico y las relaciones y desequilibrios que se producen de la interacción.
Para cerrar esta el primer eje que trata de la naturaleza de las instituciones internacionales nos enfocamos en el trabajo de Hurrell que trabaja la paradoja institucional del orden internacional, que es una tensión entre la reforma que buscan las potencias emergentes y la persistencia del orden liberal dominante. Para ello Hurrell examina las maneras en que los importantes Estados de segundo nivel han respondido a la hegemonía de EE.UU.; caracterizada por la dualidad de identidad que caracteriza a esos países, la cual es central para entender su política exterior. (Hurrell, 2006:1).
Referido a nuestro caso de estudio la doble identidad de estos Estados es que se ven a sí mismos como grandes potencias aspirantes, que deciden ser parte de los formadores de reglas; pero al mismo tiempo se ven como países en desarrollo que enarbolan la solidaridad Sur-Sur, como se puede apreciar en los BRICS+ o en el G20. (Hurrell, 2006).
En definitiva, esta dualidad refleja una tensión fundamental entre la aspiración a la influencia internacional y una persistente sensación de vulnerabilidad ante un mundo intrusivo. Los debates giran en torno a hasta qué punto estos países deben adoptar el orden liberal y globalizado, o cuál es su verdadero margen de autonomía. (Hurrell, 2006: 19).
2.2. Crisis de la hegemonía y la fragmentación del consenso.
Para el segundo eje del presente marco teórico que llamamos la crisis de la hegemonía y la fragmentación del consenso, buscamos analizar por qué la diversidad del G20 se convierte en un catalizador de la crisis del consenso. Para ello utilizamos la Teoría de la Estabilidad Económica de Robert Gilpin (1981) quien argumenta que el orden global requiere de una potencia hegemónica dispuesta a asumir los costos de mantener el sistema.
Paralelamente utilizamos el análisis del Sistema-Mundo de Immanuel Wallerstein (2007) donde extraemos el concepto de bifurcación o fin de ciclo, que expresa que las fluctuaciones son salvajes y el impacto de las entradas de menor importancia llega a ser, en consecuencia, mayor, y hay una bifurcación, dando por resultado un nuevo sistema. (Wallerstein, 2007:232) y finalmente la Multipolaridad Asimétrica de Barry Buzan (1983) que aborda como la competencia geopolítica filtra los foros económicos, desplazando la cooperación, que era el objetivo post 2008 del G20 y empieza a mencionar un sistema internacional posmoderno (Buzan y Little, 2010) como una opción abierta entre continuar con la globalización occidental, pero solo con el constante desdibujamiento de la orientación vertical del discurso hegemónico de Occidente, y el proyecto multipolar, en el que entran en juego estructuras olvidadas, pero recién despertadas de la anabiosis, de la sociedad tradicional, es decir, civilizaciones, culturas, religiones. (Dugin, 1999:59).
2.3. Crisis del multilateralismo
El tercer eje es la crisis del multilateralismo que se centra aprovechando la informalidad del G20 para reorientar la agenda hacia las prioridades de las potencias emergentes. Para ello se explora los trabajos sobre los BRICS+ y la cooperación Sur-Sur donde la informalidad permite a esta coalición forzar la agenda y lograr un consenso de la mayoría a pesar del boicot de EE.UU.
Para ello utilizaremos el texto de Ngozi Okonjo-Iweala, «Why the World Still Needs Trade» (Por qué el mundo sigue necesitando el comercio) (2023). Directora General de la Organización Mundial del Comercio (OMC), Ngozi Okonjo-Iweala, argumenta que, a pesar de las recientes crisis y el creciente escepticismo, la interdependencia económica global y el comercio internacional siguen siendo vitales para la prosperidad y la paz mundiales, y son esenciales para abordar los desafíos globales. Una serie de shocks (la crisis financiera global, la pandemia de COVID-19 y la guerra en Ucrania) han generado una narrativa alternativa que ve la interdependencia como un riesgo excesivo en lugar de una virtud. El nuevo enfoque busca la independencia económica o la integración limitada a un pequeño círculo de naciones amigas (friend-shoring). El comercio es indispensable para enfrentar los desafíos más apremiantes de la actualidad, como el cambio climático y la pobreza y desigualdad donde el comercio es crucial para sacar a más de mil millones de personas de la pobreza extrema. (Okonjo-Iweala, 2023)
3. Estudio de caso: Cumbre de Johannesburgo 2025
Comencemos por la naturaleza y eficacia de las organizaciones informales según Keohane (1984), Wright (1997), Méndez (1997) y Jordana (2002).
La Cumbre de Johannesburgo, celebrada en Sudáfrica, fue crucial porque se desarrolló en un contexto de profunda polarización geopolítica (guerra en Ucrania, tensiones entre EE. UU. y China) y mostró tanto la eficacia funcional del G20 como su flexibilidad informal y las paradojas de identidad de sus miembros.
Robert Keohane argumenta que las instituciones existen porque reducen la incertidumbre y los costos de transacción. El G20 demostró ser un mecanismo esencial para reducir la incertidumbre geopolítica y económica en un momento de crisis. A pesar de las profundas divisiones sobre la guerra en Ucrania, el G20 logró emitir una declaración consensuada, lo cual era incierto hasta último momento. En cuanto a la reducción de costos (Keohane), también se materializo porque en lugar de que 20 potencias intenten negociar bilateralmente (alto costo de transacción) temas complejos (deuda, clima, Ucrania), el G20 proporcionó un foro único y aceptado para estructurar un compromiso. El simple hecho de lograr un texto conjunto permitió a los mercados y a los actores saber, al menos, que el diálogo persistía.
En relación con la pregunta, es si el G20 mantiene la intención de su creación post-2008. Simon y Keohane sostienen que, si las instituciones son funcionales, persistirán. En el caso particular la Cumbre evidenció la persistencia funcional del G20, pero con una agenda expandida. En cuanto a su función original (post 2008), es decir, la coordinación económica y financiera para evitar otra crisis sistémica, sigue siendo vital, como se vio en los debates sobre la reestructuración de la deuda (Zambia, Ghana, Sri Lanka) y la reforma de los bancos multilaterales de desarrollo. Pero paralelamente observamos una función actual que es la gobernanza expandida, dado que el G20 ha demostrado ser funcional al expandirse a la gobernanza climática, sanitaria y, crucialmente en Johannesburgo, a la inclusión de la Unión Africana (UA) como miembro permanente. Esta expansión funcional demuestra que el G20 sigue siendo el patrón de comportamiento más adecuado para abordar problemas sistémicos complejos, confirmando la lógica de Keohane de que las instituciones persisten porque siguen aumentando el bienestar de sus creadores (al resolver problemas que de otra forma serían intratables).
Esta gobernanza expandida tiene su punto fuerte en la naturaleza informal del G20, que le permite ser flexible y superar parálisis burocráticas y Wright, Méndez y Jordana explican que la gobernanza informal permite a las instituciones expandir su agenda y que los funcionarios busquen que «las cosas se hagan». Ello se vio reflejado al abordar el tema más divisivo como es Ucrania. En lugar de atarse a un lenguaje formalmente vinculante o buscar un consenso imposible (que hubiera paralizado una institución formal como el Consejo de Seguridad de la ONU), la cumbre recurrió a interacciones constantes de los sherpas y funcionarios. Este contacto informal permitió el intercambio de información y opiniones necesario para elaborar una declaración con un lenguaje ambiguo pero aceptable para todos, que se basó en la declaración de Bali (2022).
Otro ejemplo de la flexibilidad es la admisión de la Unión Africana, que fue una decisión de alto impacto tomada rápidamente, sin los largos procesos de ratificación o estatutos que requeriría una institución formal, demostrando la expansión de la agenda hacia la representación global.

Por ello la eficacia informal radica en transformar el interés egoísta de los Estados en cooperación mutuamente beneficiosa, aplicando los conceptos de Keohane y Wright. Cada miembro del G20 (EE. UU., China, India, etc.) llegó con intereses egoístas y divergentes. Sin embargo, el mecanismo informal de la Cumbre, donde la reputación y la reciprocidad son vitales, forzó la cooperación. El compromiso sobre Ucrania y la declaración sobre combustibles fósiles fue un ejemplo de cooperación descentralizada. Ningún Estado quería ser el responsable del fracaso de la Cumbre, ya que el costo de reputación por la parálisis era mayor que el costo de aceptar un texto de compromiso.
Finalmente, para terminar con la naturaleza de esta institución, la teoría de Hurrell sobre la dualidad de identidad de las potencias emergentes es fundamental para entender el G20 y la Cumbre de Sudáfrica. Hurrell describe cómo las potencias de segundo nivel (como China, India, Brasil, Sudáfrica, etc.) se ven a sí mismas con una doble identidad, por un lado, como grandes potencias aspirantes que buscan ser formadoras de reglas e influir en el orden global; pero al mismo tiempo son países en desarrollo del Sur, que enarbolan la solidaridad y critican el orden liberal dominante. En la Cumbre de Johannesburgo, Sudáfrica, como anfitrión, encarnó perfectamente esta dualidad al centrar la agenda en temas del Sur Global, como la deuda y la financiación climática para países vulnerables. Sudáfrica, como miembro de los BRICS+, utilizó el foro del G20 para impulsar una narrativa que busca mayor autonomía frente al orden liberal liderado por EE. UU.
En esencia, la eficacia y naturaleza informal del G20 se vieron en Johannesburgo como el espacio ideal donde esta paradoja de identidad puede ser negociada: los países emergentes pueden criticar el orden hegemónico (Hurrell), mientras simultáneamente usan el mecanismo (Keohane) para reducir los riesgos de dicho orden a través de la cooperación (Wright).
Keohane define las instituciones (formales o informales) como mecanismos que reducen la incertidumbre y los costos de transacción. Permite contrastar la agilidad que la informalidad del G20 confiere a la hora de adoptar políticas con la ausencia de mecanismos de cumplimiento (cuasa aparente de su debilidad).
La gobernanza informal, en este contexto, no solo se trata de la ausencia de leyes formales (como en el análisis de Keohane), sino de prácticas, instrumentos y relaciones no reguladas que persisten y moldean el accionar de los gobiernos y las instituciones, incluso en entornos descentralizados y democráticos.
El enfoque central es que la gobernanza se realiza mediante una combinación de instrumentos por un lado están los instrumentos formales y regulados conformados por los estatutos, leyes, tratados y estructuras burocráticas (como el Canal de Finanzas y el Canal de Sherpas del G20), que son los que definen la estructura y las reglas oficiales del relacionamiento.
Por otra parte, están los instrumentos informales y no regulados que son las practicas, redes, confianza, reputación personal y las relaciones jerárquicas no escritas que definen la dinámica real de cómo se toman las decisiones y se negocian los consensos. Ello nos lleva a preguntarnos ¿Que implicancias tienen para el G20? como una primera aproximación podemos decir que el G20 es un instrumento de gobierno informal al carácter de personalidad jurídica y ser un club de «síntesis de la diversidad». Sin embargo, su eficacia depende de las prácticas informales entre los líderes (la confianza entre los Sherpas, la relación directa entre Jefes de Estado) para lograr los consensos.
Robert Keohane nos explica la importancia de las instituciones y la cooperación pero que se contrasta con la realidad vivida en la última Cumbre de Johannesburgo producida por el boicot de EE. UU. y la posterior adopción de la declaración sin su respaldo al igual que Argentina y ello demuestran la fragilidad de las instituciones en ausencia de un liderazgo hegemónico dispuesto a costearlas.
El boicot de EE. UU. (Trump) se puede analizar como la prioridad de una relación individualista y una visión de política exterior unilateral, que ignora el compromiso informal con el foro. El consenso se rompe cuando los líderes priorizan la relación personal o bilateral sobre el compromiso con el grupo. A pesar de la supuesta horizontalidad del G20 (como foro de iguales), las potencias grandes (EE. UU., China) siempre intentarán mantener relaciones jerárquicas o dominar la agenda. La presidencia sudafricana, al ser una potencia media, tiene que negociar en esta jerarquía informal para imponer la agenda del Sur Global.
En síntesis, el G20 al ser una institución informal le aporta fortaleza y debilidad al mismo tiempo lo que constituye una verdadera paradoja por un lado la agilidad (fortaleza) le da flexibilidad para adaptarse y reorientar la agenda (pasar de lo económico a lo climático, la deuda, etc) pero al mismo tiempo le aporta volatilidad (debilidad) dado que el consenso sea extremadamente vulnerable, sin normas coactivas y con la prevalencia de prácticas individualistas y jerárquicas, un solo actor puede catalizar la crisis del consenso al retirarse del compromiso informal como es el caso de EE.UU. y Argentina.
La utilidad del G20 no depende tanto de sus reglas escritas, sino de la calidad y la permanencia de las prácticas informales de cooperación que los líderes estén dispuestos a sostener.
Por su parte Wright (1997) enfoca la gobernanza informal en los continuaos contactos de los funcionarios y los intercambios de información y de opiniones que no están ratificados formalmente y el G20 ejemplifica esta idea a través de múltiples canales de trabajo que operan de forma continua a lo largo del año y la clave está en que estos buscan que las cosas se hagan priorizando el cumplimento de metas políticas sobre los procedimientos rígidos, ello le otorga al G20 flexibilidad y velocidad para responder a las crisis (como en el 2008 que dio lugar a su origen), una características de que las instituciones formales no tienen
Para Méndez (1997) subraya que todos los funcionarios públicos son participantes potenciales o reales en los procesos de toma de decisiones dado que las decisiones no solo recaen en los Jefes de Estado\Gobierno, sino que también en los funcionarios de segundo nivel como los Sherpas que diseña la arquitectura de los comunicados conjuntos.
Por su parte Jordana (2002) enfoca la informalidad desde el punto de vista económico, donde se presentan las relaciones y desequilibrios donde las potencias económicas imponen o bloquean la agenda informal, por ejemplo, en temas de deuda o financiamiento climático, haciendo de la informalidad un espacio de negociación constante y tenso.
Ello según Hurrell describe la paradoja institucional como la tensión entre la reforma que buscan las potencias emergentes (el Sur Global) y la persistencia del orden liberal dominante liderado por EE.UU. y esa tensión se refleja en los debates del G20, posibilitando a los primeros actores incluir temas que la agenda del G7 no se lo permite como la reforma de los bancos de desarrollo o la deuda soberana, pero que choca con la aspiración de consolidar el estatus de gran potencia adoptando normas liberales que dificultan el consenso en temas como Ucrania o las políticas climáticas. El canadiense Carney expreso: «El centro de gravedad en la economía global se está desplazando,» (RFI, 2025), y el G20 necesita incluir a las economías emergentes y del Sur Global, con ello Carney plasmaba la paradoja de identidad.
En resumen, el G20 es un foro donde la flexibilidad generada por las interacciones de los funcionarios (Wright/Méndez) se utiliza para gestionar la tensión estructural (Hurrell) que surge de la doble identidad de sus miembros clave.
El segundo eje del caso en estudio está referido a la crisis de hegemonía y la fragmentación del consenso para lo cual aplicamos las perspectivas de Gilpin, Wallerstein y Buzan/Dugin.
La Cumbre de Johannesburgo se desarrolló en un contexto donde el poder hegemónico estadounidense está en entredicho (Gilpin), la estabilidad del sistema es incierta (Wallerstein) y la competencia geopolítica (Buzan) se filtra en la agenda económica, haciendo que la diversidad del G20 sea un obstáculo para el consenso.
La teoría de la Estabilidad Hegemónica (Gilpin) postula que un orden económico global requiere una potencia hegemónica dispuesta a asumir los costos de mantener el sistema (seguridad, moneda estable, mercados abiertos). La crisis de consenso en el G20 refleja la disminución de esa voluntad y capacidad por diversos hitos entre los cuales está la fragmentación del consenso se hizo evidente en el debate sobre la guerra en Ucrania y la condena a Rusia. Por otra parte, Estados Unidos y sus aliados occidentales (el grupo G7) intentaron imponer un lenguaje de condena fuerte y específica, pero este intento de ejercer la hegemonía de las normas de seguridad occidental en un foro económico fracasó; potencias como India y Brasil (con intereses divergentes), junto con el anfitrión Sudáfrica, se negaron a cargar con el costo político de alinear su política exterior con el discurso occidental y argumentaron que el G20 es un foro económico y que la condena no era su objetivo original. La consecuencia es que el consenso solo pudo lograrse al diluir el lenguaje (como ya se hizo en Bali 2022) y centrarse en las consecuencias económicas de la guerra, evidenciando que la hegemonía ya no puede imponer un consenso ideológico completo sobre temas de seguridad en el G20. El costo de mantener el sistema abierto ya no es asumido por la hegemonía en términos de alineación política, sino que debe ser negociado con las potencias emergentes.
Por su parte el análisis del Sistema-Mundo de Immanuel Wallerstein sugiere que estamos en un período de bifurcación o fin de ciclo, donde las fluctuaciones son salvajes y el impacto de los eventos menores es mayor, llevando a un nuevo sistema. Ello se plasma por las crisis geopolíticas (Ucrania) y las crisis económicas (deuda soberana) que generan una incertidumbre sistémica y el G20 no es solo un foro para gestionar la crisis, sino un síntoma de esta inestabilidad y por ello nos parece oportuno la opinión de Macrón quien expreso: «El G20 podría estar llegando al final de un ciclo” (RFI, 2025), el comentario encapsula la sensación de que las «fluctuaciones salvajes» y la parálisis del consenso indican que el sistema de gobernanza nacido tras la crisis de 2008 ha llegado a su límite.
La inclusión de la Unión Africana (UA), que podría parecer un cambio menor en la membresía, tuvo un impacto desproporcionado. La adición de un bloque de 55 naciones al foro económico más importante (aunque sin cambiar el status quo de poder inmediato) actúa como un catalizador de bifurcación, inclinando la balanza simbólica y discursiva hacia el Sur Global y erosionando la orientación vertical del sistema occidental.
La dificultad para alcanzar un consenso claro en Johannesburgo no es un simple desacuerdo político, sino la manifestación de que el antiguo patrón hegemónico y de gobernanza está agotado. La diversidad del G20 (que incluye core, semi-periphery y periphery según Wallerstein) intensifica las contradicciones del sistema-mundo en su fase terminal, haciendo que el consenso sea la primera víctima de la inestabilidad.
Finalmente, para este segundo eje abordamos a Barry Buzan quien describe la Multipolaridad Asimétrica, donde la competencia geopolítica se filtra en los foros económicos y se refuerza la idea del desplazamiento del poder y la necesidad de una estructura multipolar (Buzan), ello se conecta con Hurrell, ya que el G20 debe responder a la doble identidad de las potencias emergentes, dándoles voz y poder.
El resultado es un sistema posmoderno donde la globalización occidental choca con el proyecto multipolar (Dugin) y fue precisamente en la Cumbre de Johannesburgo donde se puso en valor el objetivo post-2008 del G20 que era la cooperación económica, pero esa cooperación fue visiblemente desplazada por la competencia geopolítica; en donde la estructura de poder sigue siendo asimétrica (EE. UU. sigue siendo la superpotencia), pero la influencia efectiva está distribuida entre varios polos (China, India, UE, Rusia). China, por ejemplo, usó su peso económico en las discusiones sobre la deuda para contrarrestar la presión de EE. UU.
En un comunicado conjunto del G20, los líderes presentes declararon: «Nos reuníamos ‘en un contexto de creciente competencia e inestabilidad geopolítica y geoeconómica, intensificación de conflictos y guerras… y fragmentación” (RFI, 2025), valida que la competencia geopolítica filtra los foros económicos. El G20 ya no se define primariamente por la cooperación financiera (objetivo post-2008), sino por la fragmentación y la competencia geopolítica que desplaza el consenso.
El concepto de un sistema posmoderno abierto entre la continuidad de la globalización occidental y el proyecto multipolar de Dugin (1999), (basado en civilizaciones, culturas y religiones) se manifestó claramente en la Cumbre; por un lado, el discurso hegemónico de occidente que buscaba reafirmar la importancia de las normas liberales (libertad de navegación, condena a la agresión territorial) en la declaración; Por el otro lado el proyecto multipolar (Sur Global / BRICS+) priorizaron el discurso de la solidaridad Sur-Sur, la necesidad de una gobernanza global más justa (reforma de la ONU), y la neutralidad ante el conflicto Ucrania, rechazando la «orientación vertical» del discurso hegemónico.
Ello condujo a la fragmentación del consenso, puesto de manifiesto en la declaración que no fue solo sobre economía, sino sobre el propio destino del orden internacional. El consenso se fragmentó porque los miembros ya no comparten una visión única (occidental) del sistema internacional, sino que operan bajo lógicas geopolíticas, culturales y civilizatorias diferentes, tal como predice esta visión de la multipolaridad.
En conclusión, la diversidad del G20, bajo la crisis de la hegemonía, actúa como un espejo que refleja la bifurcación del sistema: la institución intenta reducir los costos de transacción para salvar el statu quo económico, pero la rivalidad geopolítica impide el consenso normativo.
Cerramos el estudio de caso con el tercer eje que ahonda en la crisis del multilateralismo que es como una consecuencia de los dos ejes analizados anteriormente.
El canadiense Carney, expreso «Demasiados países se están replegando en bloques geopolíticos o en campos de batalla del proteccionismo.»(RFI, 2025). Es un testimonio directo de la crisis del multilateralismo abierto, el «repliegue en bloques» es la manifestación geopolítica del friend-shoring (integración limitada a países amigos), que va en contra del principio de interdependencia económica vital de Okonjo-Iweala.
La Cumbre Johannesburgo sirvió como escenario para la confrontación de dos narrativas: la de la desconfianza y el friend-shoring (la crisis del multilateralismo tradicional) y la de la interdependencia económica y la cooperación Sur-Sur, impulsada por los países emergentes, pero la informalidad del G20 fue el mecanismo clave para reorientar esta agenda.

La Directora General de la OMC, Okonjo-Iweala, señala que los shocks globales han generado una narrativa que ve la interdependencia económica como un riesgo, promoviendo el aislamiento (friend-shoring o de-risking) en lugar de la virtud de la apertura y la cumbre se dio en el pico de esta tensión entre la narrativa occidental caracterizada por el riesgo donde las potencias del G7 presionaron para que se hiciera hincapié en la resiliencia de las cadenas de suministro y en la necesidad de diversificar el comercio lejos de China (estrategia de de-risking), este enfoque es una manifestación directa del escepticismo hacia el multilateralismo abierto.
Por el otro lado la narrativa emergente caracterizada por la virtud, donde las potencias como India y Sudáfrica se enfocaron en la necesidad de una mayor integración y comercio para sacar a las personas de la pobreza, esto reafirma el argumento de Okonjo-Iweala de que el comercio sigue siendo vital para el desarrollo y la paz. La agenda del G20 fue reorientada hacia la reforma del sistema de deuda y el financiamiento climático para el Sur Global, temas que promueven la interdependencia, pero con un sistema más justo.
Pero el eje central de esta crisis es cómo las potencias emergentes utilizan la informalidad del G20 para impulsar su agenda, aprovechando el fracaso de foros formales como el Consejo de Seguridad de la ONU o la parálisis de la OMC en algunos temas como el boicot de EE.UU. y el G7 sobre la condena a Rusia, donde buscaban mantener la hegemonía discursiva y, en esencia, boicotear una declaración que no se alineara a sus intereses de seguridad.
El boicot de EE. UU. por parte de Trump se manifestó por el rechazó al evento y quería acotar la cumbre a cuestiones económicas. Esta acción ejemplifica la crisis del hegemón, (Gilpin), la potencia dominante (EE. UU.) no está dispuesta a asumir el costo de mantener el sistema según las reglas ampliadas (clima, desarrollo) del G20. El intento de «acotar» la agenda es un esfuerzo por reafirmar la hegemonía en un sentido estricto, o retirarse de los costos de mantener un multilateralismo amplio.
Como contraparte el uso de la respuesta informal (BRICS+) donde el bloque de potencias emergentes utilizó la informalidad (la ausencia de voto formal, la dependencia del consenso sherpa) para forzar el resultado y negociaron un lenguaje que se centraba en las consecuencias humanitarias de la guerra, en lugar de la condena directa.
Al lograr este consenso mínimo en el tema más divisivo, la coalición emergente liberó espacio en la agenda para sus prioridades, esto permitió que la Declaración de Johannesburgo se concentrara fuertemente en la reforma de la arquitectura financiera global y la deuda soberana y la informalidad del G20 permitió a las potencias emergentes lograr un consenso de la mayoría (el «Sur Global» que incluye a la India, Sudáfrica, Brasil, Arabia Saudita, etc.) a pesar del deseo del G7. Demostraron que pueden utilizar la institución para reorientar la interdependencia (Okonjo-Iweala) hacia sus propios términos y prioridades de desarrollo, y no solo hacia los términos del orden liberal hegemónico.
El presidente de Sudáfrica Ramaphosa expresó: «El G20 subraya el valor de la relevancia del multilateralismo.» (RFI, 2025) y Oxfam: «Sudáfrica ha dado un ejemplo al mundo… defendiendo el multilateralismo a pesar de la poderosa oposición.». (RFI, 2025) Muestran cómo el Sur Global (liderado por Sudáfrica) utilizó el G20 para defender el multilateralismo, pero con una agenda reorientada a sus intereses (comercio, clima, desarrollo). Valida el argumento de que el G20 se convirtió en un refugio donde se defiende la interdependencia económica (Okonjo-Iweala) frente a la fragmentación occidental.
En definitiva, la Cumbre de Johannesburgo ilustra la paradoja de la crisis del multilateralismo.
4. Conclusiones
El análisis de la Cumbre del G20 de Johannesburgo, a través del lente del institucionalismo racional, la gobernanza informal y la crisis de la hegemonía, permite extraer conclusiones claras respecto al interrogante de investigación sobre la naturaleza y eficacia de las instituciones informales como el G20 y el desafío del consenso fragmentado.
La naturaleza informal del G20 demostró ser su mayor fortaleza y su principal debilidad en la Cumbre de Johannesburgo. Utilizando a Keohane con sus aportes de la utilidad funcional de las instituciones, el G20 demostró ser funcional y eficaz al cumplir su rol fundamental: reducir la incertidumbre sistémica y disminuir los costos de transacción en un entorno de polarización extrema. El simple hecho de emitir una Declaración de Consenso (aunque diluida) sobre la guerra de Ucrania sirvió como un piso de estabilidad; esto valida la teoría de Keohane donde toda institución persiste porque sigue siendo el mecanismo más eficiente para negociar acuerdos de gobernanza global entre potencias rivales.
Al mismo tiempo la informalidad permitió una rápida expansión de la agenda hacia prioridades del Sur Global (deuda, financiamiento climático, inclusión de la Unión Africana), lo que demuestra que el G20 es lo suficientemente flexible para evolucionar con la distribución de poder global, a diferencia de los foros formales más rígidos.
Apoyándonos en Wright y Méndez que observan la informalidad como un mecanismo de palanca para alcanzar una gobernanza informal; con la ausencia de estatutos rígidos y la dependencia de las negociaciones entre funcionarios (sherpas) fue utilizada estratégicamente por la coalición BRICS+ (y el Sur Global ampliado). Este mecanismo informal les permitió reorientar la agenda hacia sus prioridades (deuda, desarrollo, reforma del multilateralismo) a pesar del intento de boicot del G7 sobre la cuestión geopolítica.
Otro logro es que el G20 redefinió el concepto de interdependencia económica (Okonjo-Iweala). En lugar de ser solo un vehículo para la globalización liberal, se transformó en un foro donde la interdependencia se negocia en términos de justicia financiera y climática, desafiando la narrativa del friend-shoring y priorizando la reducción de la pobreza global.
El análisis de estos ejes nos permite arribar a la crisis del consenso como un síntoma sistémico y para ello nos ayudamos de los aportes de Gilpin, Wallerstein y Buzan, quienes expresan que la dificultad para lograr un consenso claro no es una falla de la institución, sino el reflejo directo de la crisis de la hegemonía (Gilpin) y la bifurcación del sistema-mundo (Wallerstein). La diversidad del G20 es un catalizador de la fragmentación, ya que representa la colisión de la globalización occidental con el proyecto multipolar (Buzan/Dugin).
Todo ello conduce a la paradoja de la identidad producto que la fragmentación es inherente a la doble identidad de las potencias emergentes (Hurrell), dado que por un lado son aspirantes a formadoras de reglas, pero a la vez, críticas del orden hegemónico. El G20 es el único lugar donde esta paradoja puede ser expresada y negociada simultáneamente.
A tal efecto, el presidente de Zimbabue Rodesia Gumede expreso: «Traer a potencias emergentes y países en desarrollo fue como crear un mundo completamente nuevo dentro del G20 y eso realmente ayudó a neutralizar la ausencia de Trump,» y «Esta cumbre en realidad ha lanzado una ‘línea de vida’ al multilateralismo.» (RFI, 2025). Este testimonio muestra como la gobernanza informal (invitando a más países africanos) le dio eficacia funcional al foro (Gumede) y sirvió para neutralizar el boicot hegemónico (Trump), impulsando la agenda del Sur Global y dando «nuevo aliento» al multilateralismo fragmentado.
La próxima cumbre en EEUU, en 2026, enfrentará desafíos críticos que pondrán a prueba la resiliencia de esta institución informal.
Cerrando con las palabras de Ralph Waldo Emerson, pensador norteamericano que comprendió la dinámica del cambio:
“El mundo pertenece a los enérgicos.”
Una reflexión que sintetiza el desafío del G20: solo aquellos actores capaces de adaptarse y actuar con decisión podrán moldear la gobernanza global del futuro.
Referencias bibliográficas
Buzan, B. (1983). People, States, and Fear. The National Security Problem in International Relations, Chapel Hill, The University of North Carolina Press.
Buzan, B y Hansen, L. (2009) The Evolution of International Security Studies. Cambridge: Cambridge University Press.
Buzan B., Little R. (2010). International Systems in World History. Oxford: Oxford University Press.
Dugin, A. (1999). La teoría del mundo multipolar. Disponible en https://archive.org/details/atombunker-libros/Alexander%20Dugin%20-%20Teoria%20del%20mundo%20multipolar
G20. (2018). Disponible en: https://www.g20.org/es/g20/que-es
Gilpin, R. (1981). War and Change in World Politics. Cambridge University Press.
Jordana, J. (2002). Documento De Trabajo: Relaciones intergubernamentales y descentralización en América Latina. Casos de Argentina y Bolivia. Proyecto Conjunto Indes Comunidad Europea. Washington: Banco Interamericano de Desarrollo
Keohane, R. (1984). After Hegemony. Cooperation and Discord in the World Political Economy. Princeton University Press Princeton, New Jersey.
Méndez, José Luis (1997). Estudio introductorio. Primera edición en español del libro “Para entender las relaciones intergubernamentales” de Deil S. Wright. México, D.F., Colegio Nacional de Ciencias Políticas y Administración Pública, A.C., Universidad Autónoma de Colima y Fondo de Cultura Económica.
Okonjo-Iweala, N. (2023). Por qué el mundo todavía necesita comercio El argumento a favor de reimaginar, y no abandonar, la globalización. Disponible en https://www.foreignaffairs.com/united-states/why-world-still-needs-trade#:~:text=Es%20comprensible%20que%20a%20los,s%C3%B3lido%20y%20basado%20en%20normas.
RFI. (2025). El G20, ante el desafío de un orden mundial fragmentado. Disponible en: https://www.rfi.fr/es/africa/20251123-el-g20-ante-el-desaf%C3%ADo-de-un-orden-mundial-fragmentado
Simon, H. (1978) Los usos de las matemáticas en las ciencias sociales. Matemáticas y Computación. En Simulación, 20(3): 159-166.
Wallerstein, I. (2007). El moderno sistema-mundo y la evolución. En Antiguo Oriente, Volumen 5, pp. 231-242
Wright, Deil S. (1997). Para entender las relaciones intergubernamentales. México, D.F., Colegio Nacional de Ciencias Políticas y Administración Pública, A.C., Universidad Autónoma de Colima y Fondo de Cultura Económica.
GB (R) PhD Oscar Armanelli
Ciencia Política UB
Defensa Nacional UNDEF
Profesor Universitario UA
Mg. Historia, Estrategia, Geopolítica, Ciencias Militares y Operaciones de Paz ACAGÜE Chile












