Durante más de medio siglo, el pensamiento militar global operó bajo una lógica heredada de la Guerra Fría: una doctrina estructurada para el enfrentamiento entre superpotencias industriales, con despliegues masivos, frentes definidos y retaguardias seguras. Este paradigma, centrado en la superioridad cuantitativa, descansaba sobre una noción de poder militar basado en volumen, profundidad logística y capacidad de desgaste sostenido.
Incluso tras la disolución del bloque soviético, esa lógica persistió. La ausencia de un adversario simétrico y el predominio tecnológico estadounidense permitieron extender el modelo, ahora aplicado a escenarios de intervención asimétrica mediante bases permanentes, mando centralizado y una estructura operacional pesada. No obstante, el entorno estratégico del siglo XXI ha desestabilizado por completo ese equilibrio.
El auge de tecnologías disruptivas –como los sistemas ISR (Intelligence, Surveillance and Reconnaissance) en tiempo real, la proliferación de drones, la guerra electrónica y las capacidades de ciberataque– ha eliminado la posibilidad de ocultar, concentrar o maniobrar fuerzas a gran escala sin ser detectado y neutralizado. La retaguardia, antes considerada un santuario logístico, se ha convertido en un blanco más. Los conflictos recientes, desde la guerra en Ucrania hasta las simulaciones de conflicto en el Indo-Pacífico, han puesto en evidencia esta transformación: ya no se trata de acumular potencia, sino de dispersarla inteligentemente y conectarla en red.
Las doctrinas clásicas, como AirLand Battle o Full-Spectrum Operations, fueron diseñadas para un campo de batalla segmentado por dominios y cronologías lineales. Hoy, la simultaneidad operativa en tierra, mar, aire, espacio, ciberespacio y espectro electromagnético impone una lógica distinta: la de la sincronización distribuida, la adaptabilidad táctica y la superioridad en la toma de decisiones.
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En respuesta, las Fuerzas Armadas de Estados Unidos han iniciado una reconversión doctrinaria profunda. Conceptos como Agile Combat Employment en la Fuerza Aérea, Force Design 2030 en el Cuerpo de Marines, Multi-Domain Operations en el Ejército y Distributed Maritime Operations en la Armada buscan redefinir la arquitectura operativa para escenarios saturados de sensores y amenazas de largo alcance. Esta transformación exige abandonar estructuras rígidas y adoptar configuraciones modulares, ágiles y resilientes.
El volumen ya no desaparece, pero se disgrega. La nueva concepción de masa militar se basa en nodos móviles, plataformas autónomas y redes interconectadas capaces de operar en ambientes contestados. La superioridad ya no depende del control físico de espacios, sino de la capacidad de integrar sensores, armas y decisiones en tiempos comprimidos.
El rediseño de la fuerza debe ir acompañado de un rediseño industrial: sistemas reconfigurables, producción ágil, interoperabilidad entre dominios y una lógica de adquisición que priorice la resiliencia sobre la permanencia. La supremacía militar futura no se medirá en divisiones o arsenales estáticos, sino en la capacidad de detectar, decidir y actuar más rápido que el adversario en un entorno operacional continuo, dinámico y transparente.
La era de la acumulación ha terminado. La ventaja estratégica pertenece ahora a quienes comprendan que la guerra ya no se gana con volumen, sino con flexibilidad, inteligencia distribuida y maniobra en red.
Es Doctor en Relaciones Internacionales (Universidad del Salvador, Argentina), Master of Strategic Studies and Defense (China's National Defense University) y Master en Planeamiento Estratégico y Dirección por Objetivos del Instituto Internacional de Estudios Globales para el Desarrollo Humano (España). Asimismo, tiene un tercer Master of Strategic Studies (US National Defense University, Estados Unidos) y es Lic. en Estrategia y Organización del Instituto de Estudios Superiores del Ejército argentino. Asimismo, es miembro del Consejo Asesor Académico de la Facultad del Ejército, es profesor en el doctorado en Defensa de dicha entidad, profesor invitado en la Universidad de Cuyo y de la Universidad Católica de Córdoba, e integra el Consejo Asesor de la Fundación CIEPEI (Centro de Investigación en Estudios Políticos Económicos e Internacionales).














