El tablero geopolítico de Medio Oriente atraviesa una mutación pocas veces vista en su historia reciente. La erosión del poder iraní, los reacomodamientos tras la guerra en Siria y la redefinición de la política exterior de Washington han abierto un espacio inédito para que Arabia Saudita busque convertirse en el principal arquitecto del orden regional. Sin embargo, esa aspiración no podrá materializarse sin enfrentar un dilema estratégico: algún grado de entendimiento con Israel será inevitable.
El nuevo contexto
La derrota militar de Hezbollah, el colapso del régimen sirio y los golpes directos contra Irán redujeron la capacidad de maniobra de Teherán como nunca en décadas. Este vacío lo han intentado ocupar Turquía y Arabia Saudita, cada uno desde sus fortalezas. Ankara dispone de despliegue militar y redes políticas en el Levante, mientras que Riad apuesta a su músculo financiero: inversiones multimillonarias destinadas a marcar presencia en la reconstrucción siria y, sobre todo, a impedir que otra potencia no árabe monopolice la agenda regional.
La autonomía como necesidad
La relación histórica con Estados Unidos ya no ofrece las mismas garantías de seguridad. Desde el fin de la Guerra Fría hasta las guerras de Irak y Afganistán, la confianza en el paraguas norteamericano se fue diluyendo. La estrategia de Washington apunta ahora a transferir responsabilidades a sus aliados, y en este esquema Arabia Saudita está llamada a asumir un papel mayor. El propio traspié en Yemen, aunque costoso, dejó al reino lecciones militares que fortalecieron su experiencia de campo, un déficit histórico en su aparato de defensa.
El dilema saudita frente a Israel
El mayor desafío saudita no es económico ni militar, sino diplomático. La normalización de relaciones con Israel, pensada en el marco de los Acuerdos de Abraham, quedó interrumpida tras los ataques terroristas de Hamas y la ofensiva en Gaza. Sin embargo, la realidad impone que el futuro de Palestina —en Gaza y Cisjordania— incide directamente en la estabilidad de Egipto y Jordania, aliados esenciales para Riad. Y en el Líbano, contener a Hezbollah exige coordinar, en mayor o menor medida, con Tel Aviv.
La paradoja es clara: si Arabia Saudita busca erigirse como líder del mundo árabe, deberá dialogar con un actor no árabe al que ha considerado históricamente una amenaza. Postergar esa conversación sería perder la oportunidad de moldear el rumbo de la región.
Una decisión ineludible
El príncipe heredero Mohammed bin Salman entiende que la historia ofrece un momento bisagra. Su proyecto de liderazgo regional descansa en tres pilares: el poder financiero para competir con Turquía e Irán, el fortalecimiento militar para sostener autonomía y, finalmente, la capacidad diplomática para gestionar el conflicto palestino-israelí.
El dilema saudita no es si dialogar o no con Israel, sino cuándo y cómo hacerlo. Solo asumiendo esa realidad Riad podrá aspirar a consolidar su lugar como potencia central en Medio Oriente.
Es Doctor en Relaciones Internacionales (Universidad del Salvador, Argentina), Master of Strategic Studies and Defense (China's National Defense University) y Master en Planeamiento Estratégico y Dirección por Objetivos del Instituto Internacional de Estudios Globales para el Desarrollo Humano (España). Asimismo, tiene un tercer Master of Strategic Studies (US National Defense University, Estados Unidos) y es Lic. en Estrategia y Organización del Instituto de Estudios Superiores del Ejército argentino. Asimismo, es miembro del Consejo Asesor Académico de la Facultad del Ejército, es profesor en el doctorado en Defensa de dicha entidad, profesor invitado en la Universidad de Cuyo y de la Universidad Católica de Córdoba, e integra el Consejo Asesor de la Fundación CIEPEI (Centro de Investigación en Estudios Políticos Económicos e Internacionales).














