Un navío y una fragata partidos desde el Virreinato del Perú documentaron, con mapas y descripciones minuciosas, una sociedad polinesia y sus moáis todavía erguidos, décadas antes de que conflictos internos derribaran gran parte de las estatuas. Los europeos no tuvieron noticia documentada de Rapa Nui hasta 1722, cuando la expedición neerlandesa comandada por Jacob Roggeveen llegó a la isla un domingo de Pascua, origen del nombre con el que se haría célebre en Occidente.
Para entonces, sus habitantes ya llevaban siglos desarrollando una cultura propia y habían levantado centenares de moáis, las grandes figuras de piedra vinculadas a la memoria de los antepasados y a la organización social de las distintas comunidades de la isla.
Una expedición ordenada desde el Virreinato del Perú
Casi cincuenta años después del paso de Roggeveen, la Corona española decidió explorar esa región del Pacífico Sur. El virrey del Perú, Manuel de Amat y Juniet, encargó la misión al oficial de la Armada Felipe González de Ahedo, veterano de la campaña de Nápoles y de la batalla de Cartagena de Indias.
La expedición partió de El Callao el 10 de octubre de 1770, integrada por el navío San Lorenzo y la fragata Santa Rosalía, con el objetivo de reconocer territorios estratégicos y verificar la presencia de otras potencias europeas en el Pacífico, en un momento de creciente expansión británica por la región.
Cinco días de reconocimiento y una isla registrada al detalle
Los barcos españoles avistaron Rapa Nui el 15 de noviembre de 1770 y permanecieron allí durante los días siguientes, en los que recorrieron la costa, realizaron sondeos, trazaron los primeros mapas detallados de origen europeo y establecieron contacto con la población local.
Esas descripciones y dibujos tienen hoy un valor histórico enorme porque retratan la isla antes de los grandes cambios demográficos, sociales y culturales del siglo XIX: los expedicionarios observaron numerosos moáis todavía erguidos sobre sus ahu, las plataformas ceremoniales rapanui, muchos de los cuales serían derribados décadas más tarde como consecuencia de conflictos internos y profundas transformaciones de la sociedad isleña.
La ceremonia de posesión y el nombre de San Carlos
El 20 de noviembre de 1770, la expedición formalizó una toma de posesión de la isla en nombre de Carlos III, bautizándola como isla de San Carlos en honor al monarca. La ceremonia se realizó en el sector noreste de la isla, donde se izaron tres cruces de madera sobre otras tantas colinas del volcán Poike, y el acta correspondiente fue firmada por oficiales españoles y por tres jefes rapanui, en lo que constituye uno de los primeros documentos escritos que registran signos similares a los de la escritura rongorongo.
Interpretar esas firmas como una aceptación consciente de la soberanía europea, sin embargo, implicaría trasladar categorías políticas españolas a una sociedad que entendía el encuentro de una manera completamente distinta. España tampoco estableció guarnición, ciudad ni administración permanente: los barcos terminaron partiendo y la reclamación nunca se tradujo en una colonización efectiva de la isla.
El legado real de la expedición: un testimonio, no una conquista
La importancia de la expedición de González de Ahedo está, por lo tanto, menos en una supuesta conquista que en el extraordinario testimonio que dejó de una de las sociedades más remotas del planeta en un momento muy concreto de su historia. Sus mapas figuran entre las primeras representaciones detalladas de origen europeo de Rapa Nui, y sus observaciones permiten hoy reconstruir cómo eran sus lugares y monumentos antes de las enormes transformaciones que sufriría la isla en las décadas siguientes.
Una isla que ya llevaba siglos habitada
En 1770, marinos procedentes del Virreinato del Perú atravesaron miles de kilómetros del Pacífico Sur hasta desembarcar ante los moáis de Rapa Nui. No encontraron una isla vacía esperando ser descubierta, sino una sociedad polinesia que llevaba siglos allí y cuyo mundo quedó registrado, durante apenas unos días, en mapas y diarios españoles que hoy son una de las fuentes más valiosas para entender la Rapa Nui anterior al contacto sostenido con Occidente.
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