Dorinda Nicholson, de 90 años, y Chiyoko Motomura, de 87, coincidieron este domingo en la ciudad japonesa con un mensaje compartido: la paz mundial empieza en la bondad entre las personas.
Una testigo viva del ataque sorpresa de Japón a Pearl Harbor en 1941 y una sobreviviente del bombardeo atómico estadounidense sobre Nagasaki en 1945 se reencontraron el domingo en esa ciudad del suroeste japonés. El encuentro, cargado de un simbolismo que atraviesa ocho décadas de historia entre ambos países, se dio en el marco de la ceremonia por el 81° aniversario del bombardeo.
Dorinda Makanaonalani Nicholson, de 90 años, y Chiyoko Motomura, de 87, se abrazaron durante un acto público. Ya se habían encontrado antes, el 7 de diciembre del año pasado, en el aniversario del ataque a Pearl Harbor, cuando Motomura viajó a Estados Unidos para la ocasión.
«Estaba muy feliz», dijo Motomura, casi gritando de alegría al reencontrarse con Nicholson, apenas horas después de dar un discurso en la ceremonia conmemorativa. «Estoy muy agradecida de haber tenido esta oportunidad», agregó.
Nicholson, que asistió a la ceremonia en el Parque de la Paz de Nagasaki y escuchó el discurso de Motomura, la describió como una oradora extraordinaria. En su compromiso por la paz, Motomura sostuvo que el diálogo es la clave para que los seres humanos logren comprenderse verdaderamente.
Ambas coincidieron en que la paz global empieza en lo individual. Nicholson remarcó que lo que cada persona puede aportar a la paz mundial pasa por la bondad cotidiana y por enseñarles a los hijos a ser respetuosos, mientras que Motomura subrayó la importancia de llevarse bien con los vecinos y querer a quienes están cerca.
Nicholson tenía 6 años cuando presenció el ataque aéreo sorpresa sobre la base naval estadounidense en Hawái. Contó que ella y su padre vieron los aviones japoneses sobre su casa, tan cerca que podían distinguir los ojos y las gafas de los pilotos, y que se refugiaron en un cañaveral cercano.
Motomura también tenía 6 años cuando vivió el bombardeo atómico, el segundo sobre Japón después de Hiroshima, a unos 4,5 kilómetros del hipocentro. Recordó que la explosión la tiró al piso del patio de su casa, y que su abuela, que estaba preparando el almuerzo, la cubrió de inmediato con su propio cuerpo. Gracias a eso salió ilesa, aunque su abuela resultó herida en la espalda por fragmentos de vidrio, restos de shoji y otros escombros que salieron disparados por la onda expansiva.
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Para Nicholson, este viaje a Nagasaki representó su «visita real» a la ciudad, ya que en una ocasión anterior solo había estado cuatro horas en tierra durante una escala de crucero. Describió a Motomura como una persona llena de corazón y de verdad, y la comparó con ella misma en una imagen potente: «Vos y yo somos como los extremos de la guerra, donde empezó y donde terminó». Japón y Estados Unidos, enemigos durante el conflicto, son hoy aliados cercanos.
Motomura reconoció que antes de su primer encuentro en diciembre sentía tensión, e incluso cierta hostilidad hacia Nicholson, pero que rápidamente entendió la importancia de dialogar mirándose a los ojos. Dijo que ese encuentro le trajo a la memoria una frase de su abuela, ya fallecida: que cada persona es buena en el fondo, aunque en grupo a veces las personas se comporten distinto, pero que no existe tal cosa como una persona verdaderamente mala.
Nicholson, residente en Missouri, bailó para Motomura y luego se fundieron en un abrazo. Dijo que percibió el «espíritu hermoso» de Motomura desde el primer momento, y que aunque no hablan el mismo idioma, ambas hablan «el lenguaje del amor».
Este tipo de encuentros, que Japón cultiva de manera sistemática cada aniversario de Hiroshima y Nagasaki, cumplen una función que excede lo conmemorativo: forman parte de la construcción narrativa con la que Tokio y Washington sostienen su alianza actual, la más estrecha de todo el Indo-Pacífico.
Que una testigo de Pearl Harbor y una hibakusha —sobreviviente de la bomba atómica, en japonés— compartan escenario no es casual ni espontáneo; es parte de un ejercicio de memoria bilateral que Japón viene puliendo desde hace décadas para transformar el trauma de la guerra en un activo diplomático de reconciliación, algo que contrasta fuertemente con la manera en que Tokio gestiona su memoria histórica con China y las dos Coreas, donde episodios como Nanjing o las llamadas «mujeres de confort» siguen siendo heridas abiertas sin un relato compartido equivalente.
La asimetría no es menor: mientras la relación con Washington se narra en clave de superación y alianza, la relación con sus vecinos asiáticos sigue tensionada por la falta de un capítulo de reconciliación similar.
Colaboradora, especialista en Comunicación & Relaciones Internacionales.











