La compañía Lucasfilm retomó en 1984 las andanzas del famoso arqueólogo en la piel de Harrison Ford. Sin embargo, esta vez llevaría al extremo una exótica visión originada bajo el dominio británico del Indostán. ¿Una cinta de aventuras o de terror?
Indiana Jones and the Temple of Doom fue realizada por leyendas de la industria cinematográfica estadounidense: el director Steven Spielberg, la productora Kathleen Kennedy, la guionista Gloria Katz, el compositor John Williams y el cinematógrafo Douglas Slocombe, entre otros.
Su trama de 118 minutos se basó en la accidental llegada del doctor Henry Jones al Sur de Asia en 1935, donde enfrentaría a la secta thug, la cual había hechizado a un príncipe y luego atacado a unos míseros aldeanos, quienes vieron en Indy a un mensajero del dios Shiva. De esta manera, el largometraje supo diferenciarse del resto de la saga, ya que reemplazó los escenarios europeos o los villanos nazis y soviéticos por fanáticos del subcontinente índico, mientras combinaba el género de aventuras con el de terror.
Este último aspecto se vio en escenas con ataques de alimañas, secuestros de niños, sesos de monos helados como banquete, sacrificios humanos, posesiones, muñecos vudú, una persecución en tétricas canteras, y tiroteos en un puente de cuerdas sobre un desfiladero.
Video Agujeros de Guión: INDIANA JONES 2 y el TEMPLO MALDITO (Errores, review, reseña, análisis y resumen).
Éxito de taquilla, fracaso en la crítica
Indiana Jones y el Templo de la Perdición se convirtió en un triunfo comercial neto, ya que costó casi 29 millones de dólares y recaudó más de 334 millones a nivel mundial. Al mismo tiempo, su banda sonora fue la más reproducida de 1984 según Broadcast Music Inc. No obstante, recibió múltiples cuestionamientos desde la prensa técnica o los especialistas cinematográficos debido a la violencia, al tono oscuro, al rol de la coprotagonista Willie Scott como una joven rubia e histérica, y a la forma de representar a la cultura índica.
La Motion Picture Association de EEUU, por ejemplo, creó el rótulo de «apta para mayores de 13 años» en sus calificaciones ante las quejas de asociaciones de padres; por otro lado, en el New York Times se calificó al film de «película de clase b y de mal gusto». Mientras tanto el gobierno indio encabezado por Indira Gandhi le negó a Spielberg el permiso de rodar en su territorio, e incluso vetó la proyección de su obra en los cines.

El duro recibimiento de la crítica no negó la aclamación por un nicho de la misma; todo ello gracias al eximio uso de maquillaje, vestuario, efectos especiales, fotografía y música incidental, hasta por el rol de Willie como «la dama frágil en apuros» típica del slasher. Esto se tradujo en premios por rubros técnicos en los Óscar, el BAFTA británico y el Jupiter; junto a nominaciones en la British Society of Cinematographers, la Academia Japonesa de Cine y la californiana Academy of Science Fiction Fantasy and Horror Films. Indiana Jones y el Templo de la Perdición compitió en 1985 para dos categorías: mejor banda de sonido y mejores efectos visuales.
La sombra del imaginario colonial
¿Pero, dónde se originaron esos estereotipos acerca de la cultura y del territorio índicos? La respuesta nos lleva al siglo XVIII con el inicio del dominio británico en el Sur de Asia; en ese momento, se cristalizó una representación de la sociedad india como una milenaria civilización integrada por campesinos fatalistas, príncipes extravagantes y fanáticos religiosos.

En cuanto a estos últimos, se construyó la idea de la secta asesina thug que adoraba a la diosa Kali y buscaba derrocar al orden metropolitano. Muchos historiadores teorizaron allí la creación de una ficción jurídica destinada a combatir el bandidaje rural. La mente imperialista completó ese cuadro con un paisaje distinguido por caminos solitarios, montañas nevadas y junglas infestadas de peligrosos animales.
Esa amalgama de miseria, corrupción, fundamentalismo con una naturaleza agresiva para definir a India fue exportada al resto del mundo por las plumas de los eruditos orientalistas y de los escritores victorianos. Sin duda, el inglés Rudyard Kipling (1865-1936) -ganador del premio nobel de literatura en 1907- sobresalió en ese ámbito en virtud de obras como El hombre que quería ser rey, La carga del hombre blanco y las historias de Mowgli presentes en El Libro de la Selva.
La cinta de Spielberg alcanzó el éxito comercial al resignificar elementos que el imaginario colonial del imperio británico concibió para el subcontinente indio. Pero sobre todo evidenció la vigencia de estereotipos del siglo XVIII a fines del siglo XX.
Es Profesor de Enseñanza Media y Superior en Historia (UBA), Especialista en Gestión para la Defensa (UNTREF-EDENA) y en Periodismo y Comunicación Digital (ETER), con Diplomatura en Estudios Coreanos (USAL). Enseña Historia de Asia en los profesorados Joaquín V. González y Alicia Moreau de Justo, e Historia en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Fue profesor invitado en la Jamia Millia Islamia de Nueva Delhi y ha publicado artículos académicos sobre la historia del Sur de Asia.













