Jorge Luis Borges nunca viajó a Asia. No leía chino, japonés ni sánscrito, y buena parte de lo que sabía sobre la región llegó filtrado por traducciones inglesas y francesas, además de la Encyclopaedia Britannica, una de sus fuentes de cabecera. Y sin embargo, pocos escritores latinoamericanos del siglo XX construyeron un vínculo tan denso —y tan particular— con el pensamiento asiático. Para Borges, Asia no fue nunca un objeto de conocimiento etnográfico, sino una cantera de ideas metafísicas: el tiempo, la identidad disuelta, el infinito, la ilusión de lo real.
El budismo como sistema filosófico, no como curiosidad
Borges dictó una serie de conferencias sobre budismo junto a Alicia Jurado, recopiladas luego en el libro Qué es el budismo (1976). Lo trató con la misma seriedad con la que abordaba a Berkeley o Schopenhauer, dos de sus referencias filosóficas centrales.
Le interesaba particularmente la idea budista de un yo sin sustancia fija —el individuo entendido como una corriente de estados mentales, no como un alma estable—, una noción que dialoga de manera directa con su ensayo «Nueva refutación del tiempo» y con uno de sus textos más citados, «Borges y yo», donde escribe sobre la relación entre el hombre que vive y el que escribe: «Yo vivo, yo me dejo vivir, para que Borges pueda tramar su literatura».
Para Borges, además, el Nirvana no era un paraíso sino la extinción del sufrimiento a través de la pérdida del yo: la muerte y el olvido funcionaban en su imaginario como formas posibles de alcanzar esa nada pacífica.

«El jardín de senderos que se bifurcan»: China como laberinto metafísico
Es probablemente el cruce más explícito entre Borges y Asia. El cuento gira en torno a Ts’ui Pên, un gobernador chino y sinólogo que renuncia al poder para escribir una novela infinita y construir un laberinto, y que termina descubriéndose que ambos proyectos eran, en realidad, el mismo.
Ahí Borges elabora su célebre teoría del tiempo ramificado, la idea de que el porvenir no es una línea sino una red creciente de futuros que divergen, convergen y se bifurcan —una de las primeras formulaciones literarias de lo que hoy se leería como hipertexto o universos paralelos. El propio narrador lo resume así: «Creía en infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes».
China funciona aquí como escenografía y como andamiaje filosófico al mismo tiempo: Borges no busca representar la China histórica, sino usarla como territorio propicio para una especulación que es enteramente suya.
«La muralla y los libros»: el poder y la memoria
Aunque geográficamente corresponde a Medio Oriente, es central para entender el vínculo de Borges con «lo oriental» en sentido amplio. En «Los traductores de las 1001 noches» (1936), Borges compara a Galland, Lane, Burton y Mardrus y muestra que cada uno inventó un libro distinto a partir del mismo material árabe: Galland lo suavizó para ofrecer maravillas, Lane persiguió sus asperezas como un inquisidor, y Burton lo cargó de exotismo erótico y arcaísmos hasta volverlo, según el propio Borges, más «oriental» que el original árabe.
Para Borges, ninguna de esas versiones es más fiel que otra: cada época occidental fabricó el Oriente que necesitaba fabricar. Las Mil y una noches se convierte así en el ejemplo perfecto de cómo Occidente no descubre Oriente sino que lo construye, una y otra vez, a través del lenguaje.

La enciclopedia china que no existió
En «El idioma analítico de John Wilkins», también incluido en Otras inquisiciones, Borges cita una supuesta enciclopedia china titulada Emporio celestial de conocimientos benévolos, que divide a los animales en categorías deliberadamente absurdas —animales pertenecientes al emperador, dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, y otras clasificaciones igual de arbitrarias.
La cita, casi con certeza inventada por el propio Borges, funciona como su argumento más contundente sobre la imposibilidad de clasificar el universo de manera objetiva: cualquier sistema de orden, sugiere, es tan arbitrario como cualquier otro, sea chino u occidental. Michel Foucault abriría Las palabras y las cosas citando justamente este pasaje, lo que terminó de instalarlo como una de las referencias «asiáticas» más influyentes de toda la obra de Borges, pese a no tener ningún correlato real en la cultura china.
Un prólogo a la mirada occidental sobre Oriente
En 1941 Borges escribió el prólogo a la traducción de Un bárbaro en Asia, del poeta belga-francés Henri Michaux, un libro de viajes que recorre India, China y otros países asiáticos con una mirada deliberadamente extrañada.
El prólogo es interesante porque ahí Borges reflexiona explícitamente sobre la posición del viajero occidental frente a la alteridad asiática, un tema que él mismo nunca experimentó en primera persona pero que le interesaba como problema literario: qué significa «ver» una cultura ajena sin poder integrarla del todo.

Las Mil y una noches: la traducción como reinvención de Oriente
Aunque geográficamente corresponde a Medio Oriente, es central para entender el vínculo de Borges con «lo oriental» en sentido amplio. En su ensayo «Los traductores de las 1001 noches» —uno de los más importantes que escribió sobre teoría de la traducción— sostiene que cada traductor (Burton, Lane, Mardrus) no trasladó el texto original sino que lo reinventó según su propia época y su propia lengua.
Para Borges, ese libro se convierte en el ejemplo perfecto de cómo Occidente no descubre Oriente sino que lo construye, una y otra vez, a través del lenguaje.
«El guardián de los libros»: la voz prestada de un letrado chino
En Los conjurados (1985), su último libro de poemas, Borges publicó «El guardián de los libros», donde adopta la voz de un personaje chino, Hsiang, guardián de una biblioteca imperial, para meditar sobre la relación entre la poesía, el poder y la memoria de los anales dinásticos.
Es un ejercicio de ventriloquía cultural que resume bastante bien el método borgeano frente a Asia: no describir desde afuera, sino narrar desde una voz asiática imaginada, construida enteramente con material de lectura occidental.
Haiku y tanka: las formas japonesas como último experimento
Borges no solo pensó Asia a través del budismo o de la imaginería china: también incorporó formas poéticas japonesas a su propia obra. Ya en El oro de los tigres (1972) había experimentado con la brevedad del tanka y el haiku, fascinado por su capacidad de sugerir universos enteros en apenas unas pocas palabras.
Ese interés se profundizó en La cifra (1981), donde publicó una serie de diecisiete haikus escritos en español pero respetando la estructura silábica tradicional de 5-7-5. No fue un gesto aislado: la síntesis extrema y la sugerencia antes que la descripción ya estaban presentes en buena parte de su prosa breve, así que el haiku terminó funcionando como una destilación natural de procedimientos que Borges usaba desde joven. En sus haikus tardíos aparecen los mismos temas de siempre —el tiempo, la memoria, la extinción del yo, la contemplación de lo mínimo como puerta a lo infinito— condensados en apenas tres versos.

El orientalismo consciente de sí mismo
Si se aplica la lectura de Edward Said, autor de en Orientalismo (1978), Borges encaja en buena medida en la tradición del orientalista: Asia funciona en su obra como espejo para pensar problemas propios y europeos, no como objeto de conocimiento directo. La diferencia es que Borges era plenamente consciente de esa distancia y hasta la volvía tema explícito de su literatura.
Por ejemplo, en «El escritor argentino y la tradición» defiende la idea de que un escritor argentino puede apropiarse libremente de toda la cultura occidental —y, por extensión, de cualquier cultura— sin necesidad de una pertenencia directa: «Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental», escribe, en una frase que también explica su forma de acercarse a Asia: sin autoridad etnográfica, pero con total libertad imaginativa.
Un Oriente pensado, no visitado
Lo que queda, al final, es un Borges que convirtió a Asia en una de las principales fuentes de su metafísica literaria sin necesidad de pisarla nunca: a través del ensayo, el cuento, la voz prestada de un letrado imaginario o, en sus últimos años, la síntesis extrema del haiku.
Un caso límite —y fascinante— de cómo la literatura puede construir puentes culturales genuinos incluso desde la distancia, el error de traducción y la imaginación pura. Para los estudios de relaciones Asia–América Latina, Borges funciona como un antecedente incómodo pero productivo: demuestra que el vínculo cultural entre ambas regiones empezó, muchas veces, no por el contacto directo sino por la lectura, la traducción y la reinvención.









