Con la excepción de la guerra entre Rusia y Ucrania, hay prácticamente una única noticia que ha acaparado la atención de todos los medios argentinos en las últimas semanas (o bien “meses”, sin temor a exagerar) y se trata del acuerdo con el FMI por la reestructuración de la deuda contraída por el gobierno anterior.
Acuerdo que ha suscitado intensos debates y críticas de opositores y que fue aprobado recientemente por mayoría en la Cámara de Diputados y luego por la Cámara de Senadores en medio de disturbios y protestas.
“FMI” es casi una mala palabra en Argentina. Y es que, en definitiva, los lazos con este organismo han dominado el panorama económico del país en los últimos -casi- 70 años. Si bien el actual gobierno de Alberto Fernández señala como culpable a su inmediato antecesor, Mauricio Macri, lo cierto es que los pedidos de ayuda al prestamista internacional se remontan a 1958, durante la presidencia de Arturo Frondizi. Desde entonces, la relación con el FMI ha tenido un sinfín de idas y vueltas, espejando los vaivenes de la economía argentina. En este contexto, resulta interesante recordar la experiencia surcoreana cercana al “default” que dicho país, además -fiel a su estilo y gracias a su pujante industria cultural- decidió llevar a la pantalla grande hace unos años.
Luego de décadas de gobiernos autoritarios y fuerte intervención estatal en todos los campos, Corea del Sur encara 1990 con una apertura democrática y de mercado. Luego de la guerra que dividió al Norte y al Sur en los ’50, el país había logrado crecer significativamente en materia económica y social, como lo reflejan algunos números: a principios de los ‘60, más del 70 por ciento de la población vivía en áreas rurales, pero a finales de los ’70, el 60 por ciento residía en ciudades.
A fines de los ‘70, más de la mitad de la fuerza laboral estaba involucrada en el sector primario, pero esa cifra se redujo al 11% en 1995. El PBI per cápita a principios de los ‘60 estaba apenas por encima de los 100 dólares, pero alcanzó los 10.000 dólares en la primera mitad de la década del ‘90. Los medios locales anunciaban el continuo boom industrial y de la construcción, dejando un lugar destacado para la frutilla del postre: la incorporación del país a la OCDE como símbolo de su protagonismo internacional en aumento. Todo este contexto de aparente progreso infinito y futuro próspero es resumido, a modo de breve introducción, en los primeros minutos de Default , película del director Choi Kook-hee estrenada en noviembre de 2018, a poco más de 20 años del abrupto fin del “milagro del río Han” (como se conoció al meteórico crecimiento surcoreano).
Corría el año 1997 y los préstamos en Corea del Sur se otorgaban como pan caliente a las grandes corporaciones que buscaban expandirse ferozmente, casi sin restricciones ni chequeos crediticios. Sin embargo, la crisis asiática originada en la caída del baht tailandés que estalló en julio de ese mismo año generó un efecto dominó. Pronto se reveló la acumulación de deuda en la que había incurrido Corea, el won fue perdiendo valor y las reservas del Banco Central se licuaban rápidamente tratando de mantener el tipo de cambio (¿suena conocido?).
La situación se hizo insostenible y para evitar llegar al “día de la bancarrota nacional” (nombre real del film), Corea solicita el apoyo del FMI. La delegación se hace presente y las negociaciones se extienden durante pocos días -siendo éstas el núcleo de la cinta- hasta el desembolso de casi 60 mil millones de dólares.
Corría el año 1997 y los préstamos en Corea del Sur se otorgaban como pan caliente a las grandes corporaciones que buscaban expandirse ferozmente
Tres personajes reflejan distintas visiones de la crisis. Por un lado, la jefa de política monetaria del Banco Central, quien habiendo analizado minuciosamente la situación que se avecinaba intenta por todos los medios alertar a políticos que desoyen y evitar la injerencia del FMI, alegando una pérdida de soberanía.

Por otro lado, un joven analista financiero que anticipa cada paso-error que cometerá el gobierno, amasando así su propia fortuna (y explicando, en el proceso, todo lo acontecido al espectador). Y finalmente, el dueño de una pequeña empresa, que aceptó un gran encargo mediante un pagaré, que finalmente no cobraría debiendo afrontar una situación desesperante ante empleados y proveedores.
Corea: inversión corporativa de riesgo alcanzó los 276 billones de wones en 7 años
A pesar del panorama desolador, hay un detalle que sigue siendo recordado por los medios y es visto como un motivo de orgullo nacional. Surcoreanos de distintas clases sociales participaron en una campaña de recolección de oro para ayudar a la recuperación, vendiendo pertenencias como alianzas, medallas, estatuas y otros ítems. La película menciona el hecho, pero remarca -con cierta desazón y sensación de impunidad- que lo recaudado se utilizó para cubrir las deudas de las grandes corporaciones, como una nueva muestra de la gran brecha socioeconómica existente en el país.
Corea logró salir de la crisis dos años después, su economía ha vuelto a crecer y no ha solicitado préstamo al FMI desde entonces. Y es más, ha realizado acuerdos con países de la región para crear una suerte de “red de seguridad financiera” que evite situaciones de peligro similares a futuro. Sin embargo, la película no duda en exponer las controvertidas imposiciones del FMI y las consecuencias en los ciudadanos como el aumento del desempleo y la cantidad de suicidios.
Surcoreanos de distintas clases sociales participaron en una campaña de recolección de oro para ayudar a la recuperación, vendiendo pertenencias como alianzas, medallas, estatuas y otros ítems
Aunque con las diferencias que nos separan, es imposible para un argentino no mirar la película y sentirse identificados. ¿Será que el ejemplo surcoreano puede ayudarnos a entender mejor nuestra propia situación? Y si no, al menos, pasaremos un buen rato disfrutando de su cinematografía, ya muy experta en autorretratar a gusto cada aspecto de su historia, por muy insignificante que parezca.
Licenciada en Estudios Orientales (Universidad del Salvador). Especialista en Relaciones Públicas. Cuenta con una diplomatura superior en Educación, Imágenes y Medios (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales). Tiene una Maestría en Industrias Culturales, Política y Gestión (Universidad Nacional de Quilmes). Es profesora de la clase sobre Japón en la materia Procesos Interculturales, de la Maestría de Diversidad Cultural (Universidad Nacional de Tres de Febrero). Imparte cursos de capacitación sobre historia, cultura y protocolo de China, Corea y Japón (Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco).














