Hong Kong, entre dos sistemas y un entendimiento aún pendiente

Hong Kong

A 28 años de su regreso a la soberanía china, Hong Kong sigue siendo, para muchos en el continente, un enigma sin descifrar del todo. La metáfora del primer jefe de la oficina de enlace del gobierno central en la ciudad, Jiang Enzhu, aún resuena: comprender a Hong Kong es como leer un libro complejo. No obstante, a diferencia del pasado, hoy parecen escasear aquellos dispuestos a dedicar tiempo y esfuerzo a entender sus páginas. Esa incomprensión no es unilateral. Desde la otra orilla, la política china continúa siendo, para buena parte de la población hongkonesa, una estructura opaca y difícil de interpretar.

Esa brecha de entendimiento mutuo no es menor. Sobre ella se construye la frágil arquitectura del principio de “un país, dos sistemas”, que le otorga a la ciudad un alto grado de autonomía y preserva su sistema capitalista dentro de un país de orientación socialista. Pero con solo 22 años restantes de esta promesa, la distancia en la percepción recíproca amenaza con erosionar lo que aún queda de confianza.

Durante los primeros años tras la entrega en 1997, el entusiasmo era palpable. Tanto en Pekín como en Hong Kong se buscaba demostrar que la fórmula era viable. En ese entonces, el gobierno central mantenía una política de no intervención directa, resumida en el proverbio de Jiang Zemin que instaba a no mezclar las aguas del río con las del pozo. Pero bajo esa superficie apacible, ya se gestaban ansiedades. Mientras que los ciudadanos temían por sus libertades, el gobierno central desconfiaba de las influencias extranjeras que, en su visión, podían aprovechar la apertura de Hong Kong para debilitar el poder del Partido Comunista.

El año 2003 marcó un punto de quiebre. La intención de implementar el polémico Artículo 23 de la Ley Básica, orientado a castigar delitos como la traición y la subversión, desató una masiva movilización social. La marcha del 1 de julio, que reunió a medio millón de personas, forzó al gobierno a retroceder. Desde entonces, la relación entró en una etapa de recelo sostenido, que alcanzó su clímax con la imposición en 2020 de la ley de seguridad nacional por parte de Pekín. Para muchos, esa medida confirmó los temores de que el principio original estaba siendo sustituido, de facto, por una lógica de un solo país y un solo sistema.

Sin embargo, la realidad podría ser más matizada. Si el objetivo de China continental hubiera sido imponer esa visión desde el inicio, ¿por qué esperar más de dos décadas para actuar? A lo largo de este tiempo, también ha faltado voluntad desde Hong Kong para acercarse a las prioridades de Pekín. Algunos líderes opositores ni siquiera han vuelto a pisar suelo continental desde 1997. Mientras tanto, funcionarios chinos que conocen poco sobre el funcionamiento de una ciudad capitalista han asumido un papel cada vez más directivo, contrariando la idea original de Deng Xiaoping de que Hong Kong debía ser gobernada por su propia gente.

En paralelo, las autoridades locales parecen haber adoptado una lógica burocrática importada, más centrada en reproducir discursos que en plantear una visión genuina sobre el futuro de la ciudad. Esto plantea una disyuntiva crucial: ¿cómo reconciliar la integración nacional con la preservación de una identidad singular que ha hecho de Hong Kong un nodo estratégico para China? La ciudad necesita, más que nunca, ofrecer respuestas claras y mostrar cómo su carácter capitalista puede aportar al desarrollo nacional. Sin esa iniciativa, su destino quedará cada vez más en manos de quienes menos la comprenden.

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