El Papa Francisco, China y el arte de la diplomacia espiritual

Francisco China

Cuando el Papa Francisco miraba hacia China, no veía  simplemente un mercado de almas; tampoco un desafío político: percibía una civilización milenaria, un “otro” cultural al que no se puede evangelizar ni confrontar desde categorías simplistas. Quizás a eso obedecieron todos sus esfuerzos, desde el inicio de su pontificado, en gestos y acciones de acercamiento a China, sus consecuentes y continuas acciones de cercanía con ese país y en especial con los feligreses. Todo comenzó con su carta a Xi Jinping, en la que lo invitaba a visitar el Vaticano (hito histórico en esa relación). La misma fue llevada a Beijing por dos expertos en la relación con China y entregada en mano al más prestigioso diplomático chino, Xu Yicong, ex embajador de China en Argentina, quien le dio el curso correspondiente.

El diálogo entre China y el Vaticano encarna la tensión -y la posible convergencia-  de dos sistemas de pensamiento: el humanismo cristiano y el pragmatismo confuciano-comunista con características chinas.

La historia larga: Matteo Ricci y la visión jesuita sobre China

El catolicismo llegó a China en el siglo XVI de la mano de los jesuitas, figuras como Matteo Ricci, quienes entendieron que para dialogar con el Imperio del Centro, nombre auténtico  de China, debían conocer su idioma, su cultura y sus ritos. Durante siglos, la relación fue de avances cautelosos y retrocesos traumáticos.

En 1951, tras el triunfo comunista, Mao Zedong rompió relaciones diplomáticas con el Vaticano. Surgió así la Asociación Patriótica Católica China, una iglesia nacional separada de Roma, con la anuencia de las  autoridades chinas. Desde entonces, la fractura entre la Iglesia oficial y la Iglesia no oficial  marcó el terreno de tensiones y discusiones.

Entender esta historia es clave para comprender por qué Francisco -el primer Papa jesuita- abordó China con una estrategia de respeto y paciencia, evitando cualquier intento de colonialismo religioso.

Francisco y la apertura estratégica: el Acuerdo Provisional de 2018

En 2018, tras años de arduas negociaciones, el Vaticano y Beijing firmaron un Acuerdo Provisional,  similar a lo que se denomina un “Concordato”. Aunque sus términos exactos no fueron revelados, el núcleo era claro: establecer un consenso sobre el nombramiento de obispos, una cuestión crucial para la autonomía eclesiástica y la soberanía estatal. El Vaticano, con gran dedicación, ya había avanzado en la normalización de las relaciones con la República Socialista de Vietnam, logrando acuerdos relevantes que de algún modo son un antecedente para este caso por la similitud de los regímenes políticos.

La firma del acuerdo fue, en palabras de la Santa Sede, “un acto de fe”. No faltaron críticas al mismo. Sin embargo, en la lógica de Francisco, se trataba de dar un primer paso: construir confianza en lugar de imponer demandas.

Al igual que Henry Kissinger en su histórico acercamiento a China en 1972, Francisco entendió que abrir canales de diálogo en condiciones de desconfianza mutua exige pragmatismo, visión de largo plazo y aceptación de imperfecciones inevitables. Ese acercamiento cambió la historia del mundo del Siglo XX.

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El papa Francisco en Ulan Bator, capital de Mongolia, septiembre de 2023 (fuente: Vaticano).

Francisco: pragmatismo evangélico en acción

Lejos de ver su misión como una cruzada, Francisco aplicó un “pragmatismo evangélico”. Entendía, en mi opinión, que en culturas profundamente diferentes el testimonio silencioso y la presencia humilde son más efectivos que la confrontación abierta.

Su estrategia recordaba  los principios ignacianos: “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”, incluso en estructuras políticas adversas. Su objetivo, por sus acciones concretas, parecía buscar que la Iglesia católica en China no fuera un páramo, sino una presencia viva.

Francisco eligió  a Matteo Ricci como embajador espiritual ante China

En el complejo arte de tejer vínculos con China, Francisco  eligió a Matteo Ricci -el misionero jesuita del siglo XVI- como símbolo de lo que él llama “la mejor tradición evangelizadora de la Iglesia”. Su figura no es una evocación anecdótica, es una decisión estratégica y espiritual.

En una Audiencia General celebrada el 31 de mayo de 2023 en la Plaza de San Pedro, el Papa relató ante miles de fieles el itinerario de Ricci en China, desde su llegada a Macao en 1582 hasta su muerte en Beijing en 1610. Destacó su comprensión profunda de la cultura china, su dominio de la lengua y de los textos clásicos, su acción concordante con los sabios confucianos y su respeto por la cosmovisión local.

Francisco subrayó que Ricci no impuso su fe con arrogancia, sino que ofreció el Evangelio como un acto de diálogo y sabiduría compartida, incluso traduciendo conocimientos científicos y astronómicos para ganarse la confianza de la corte imperial. Fue, en palabras del Papa, “un puente de conocimiento, de paz y de humanidad”.

Ese mismo día, el Vaticano anunció el inicio formal del proceso de beatificación de Mateo Ricci, reconociendo no sólo su virtud heroica, sino también el profundo simbolismo que su vida representa: una forma de presencia católica en China que no pretende dominar, sino convivir, comprender y acompañar.

Francisco, al reconocer de ese modo a Ricci, está enviando un mensaje claro: su visión para China no era la de un choque de civilizaciones, sino la de una historia de encuentros. Y para ello, el pionero Ricci, jesuita convertido en sabio de la corte Ming, es el mejor embajador espiritual. Un símbolo de encuentro.

China: armonía, estabilidad  y poder blando

Para las autoridades chinas, la religión debería alinearse con el sistema de valores chinos. El objetivo no es erradicar la fe, sino “sinizarla”: adaptarla a las características chinas. En este contexto, el acercamiento al Vaticano sirve a intereses estratégicos: mejorar la imagen externa y evitar que el cristianismo en general y el catolicismo en particular se conviertan en un factor de inestabilidad.

China realiza muchas acciones para  consolidar su “poder blando” a través del diálogo religioso. No por cercanía  doctrinal, sino como parte de su diplomacia multivectorial. Gobernar un país como China, que tiene 56 etnias distintas, con características culturales, religiosas, estilos de vida, valores y costumbres diversas, es un enorme desafío. Lograr la armonía de los intereses de las mismas requiere una política gubernamental más parecida a la “acupuntura” que a las prácticas gubernamentales tradicionales.

Desafíos, críticas y dilemas

El Acuerdo Vaticano-China fue renovado en 2020 y 2022, pero no sin controversias. Hubo voces críticas, tanto dentro como fuera de la Iglesia, pero debería entenderse en una aproximación sucesiva a una relación estable entre dos organizaciones que tienen en común algo particular: ambas son milenarias.

La diplomacia china y la vaticana, con sus largas tradiciones de meritocracia, evidentemente buscan que se los juzgue por los resultados y los avances. Seguramente Francisco siguió de cerca esta temática nada fácil. En definitiva, el difícil arte de avanzar sin perder el alma.

Catedral del Sur en Beijing. Antigua residencia de Matteo Ricci.

Lo que está en juego: el alma de China y la diplomacia religiosa

China, hoy más que nunca, se enfrenta a sus propias tensiones internas: modernización económica, armonía  social, ansias de reconocimiento internacional. En ese cruce de caminos, el catolicismo  -discreto, minoritario, pero persistente- representa una semilla de trascendencia.

La apuesta de Francisco, en mi opinión, no fue  conquistar China, sino acompañar su modernización desde dentro, dando un camino de fe al pueblo chino, confiando en que los valores religiosos crecen como un grano de mostaza, invisible al poder, pero imparable en el tiempo.

Francisco, China  y el arte de tender puentes

El Papa Francisco, hasta su reciente fallecimiento, no buscó victorias inmediatas. Como Kissinger en su momento, entendía  que algunas acciones estratégicas sólo se juzgan correctamente en el tiempo largo de la historia.

En un mundo que parece volver a levantar muros -geopolíticos, ideológicos, religiosos-, su diálogo con China ofreció una lección profunda: en la era de las potencias fragmentadas, guerras con sus tragedias humanitarias terribles, la diplomacia espiritual sigue siendo una de las pocas herramientas capaces de construir puentes que resistan el embate de los siglos.

Porque conquistar los corazones no es obra de la fuerza sino de la paciencia, algo que caracteriza tanto al Vaticano como a los chinos.

El Papa del fin del mundo y su viaje al fin del mundo: Mongolia como parábola

En septiembre de 2023, Francisco emprendió el que quizás fue su viaje más simbólico: una peregrinación a la República de Mongolia, uno de los países con menor número de católicos en el planeta, enclavado entre Rusia y China y separado de esta última sólo por una línea política, no cultural (la Región de Mongolia Interior).

Fue un gesto silencioso pero elocuente: un Papa que proviene del fin del mundo visitaba otra periferia olvidada, tocando con su presencia el corazón de Asia. Para llegar allí, su avión atravesó todo el espacio aéreo chino. No pisó tierra en China, pero la sobrevoló. Y ese gesto -invisible para los radares del poder duro, pero inmenso para quienes leen los símbolos- tuvo un contenido profundo.

Desde el avión papal, Francisco envió a Xi Jinping un mensaje breve y respetuoso: “Envío un saludo de buenos deseos al cruzar el espacio aéreo de su país en mi ruta a Mongolia. Asegurándole mis oraciones por el bienestar de la nación, invoco sobre todos ustedes las bendiciones divinas de unidad y paz”.

En la diplomacia vaticana, estos saludos son protocolo. Pero en este caso, el tono revelaba algo más: una cercanía sincera, una voluntad de armonía. Esa palabra -armonía- no es menor: fue central en la filosofía de Confucio, el sabio que aún hoy estructura el alma colectiva de los pueblos asiáticos. Y en muchos aspectos, los valores confucianos -el respeto por los ancestros, la centralidad de la familia, la justicia como equilibrio- dialogan con pasajes esenciales de las Sagradas Escrituras.

En su homilía en Ulán Bator,capital de Mongolia, Francisco pronunció una frase que resume su apuesta: “Les pido a los católicos chinos que sean buenos cristianos y buenos ciudadanos”. “Quisiera aprovechar su presencia para enviar un cordial saludo al noble pueblo chino. A todo el pueblo le deseo lo mejor y que siga adelante, siempre progresando”.

El Papa del fin del mundo viajó al fin del mundo, no sólo para acompañar a una pequeña grey dispersa en las estepas, sino para dejar un testimonio: la fe no se impone, se ofrece; la paz no se decreta, se construye; y los caminos, aunque largos y pedregosos, sólo se abren si alguien se atreve a caminar primero.

Francisco lo hizo. Y aunque no haya pisado China, voló sobre ella.

Fuentes:

  • Transcripción de la catequesis de la Audiencia General del 31 de mayo de 2023 en la Plaza de San Pedro. Papa Francisco vatican.va
  • Publicación sobre la visita del Papa Francisco a la Republica de Mongolia catholicnewsagency.com
  • Publicación “Acuerdo Santa Sede – Vietnam” vaticannewa.va
  • Publicación “Fieles chinos rezaron por la beatificación de Matteo Ricci en la Catedral de Pekin” AICA,org
  • Infobae: “Un enviado argentino llevó una carta del papa Francisco al presidente de China”, 09.2014.
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Ex Secretario de Comunicaciones de la Nación. Ex Intendente de la Ciudad de Córdoba, 1999-2003.