Camboya: una transición doblemente milagrosa

Camboya

Hablar de Camboya suele evocar dos imágenes distintas. Por una parte, un destino atractivo para turistas gracias a sus imponentes templos budistas e hinduistas. Por otra, un país con un pasado reciente de “genocidio” que dejó una sociedad en ruinas y movilizó a la comunidad internacional en los esfuerzos por reconstruirla.

La vida en Camboya es una intersección entre el peso de un pasado traumático y el desafío de buscarse un porvenir pacífico; entre el aislamiento y la integración al sistema internacional. En este sentido, no es ninguna sorpresa que en las descripciones de su sistema político y económico la palabra clave sea “transición”.

Hoy en día, Camboya es un país en paz y con crecimiento económico. La estabilidad política tras décadas de conflicto permitió al país reinsertarse en la economía global como exportador de manufacturas textiles y destino turístico. Hasta que la pandemia de COVID-19 asestó un shock inédito a la economía global, Camboya sostuvo durante dos décadas una tasa de crecimiento promedio de 7.7 por ciento según datos del Banco Mundial.

Templo Angkor Wat
El templo Ankor Wat es una de las atracciones turísticas de Cambodia más populares.

Más allá de la velocidad impresionante de su crecimiento económico, este dato refleja una singularidad: Camboya es uno de los casos más exitosos de transición hacia situaciones de posconflicto. ¿Cómo es que pudo romper con la espiral de conflictividad endémica que agobia a muchos países desde hace décadas? ¿Cómo fue la transición hacia una economía integrada al mundo?

Ubicado al sur de la península Indochina, este país con una superficie un poco mayor a la de Uruguay se vio envuelto en algunos de los acontecimientos políticos más relevantes del siglo xx. Luego de casi un siglo como protectorado francés, Camboya se independizó en 1953. Durante la era colonial la economía tuvo un enfoque en la producción agrícola con el cultivo doméstico de arroz y las plantaciones de caucho para satisfacer la demanda francesa.

Ya como una nación independiente, buscó desarrollar su base industrial con una política desarrollista de economía mixta.

Pese a los desarrollos en infraestructura mediante inversiones extranjeras, la incipiente industria de manufacturas sobrevivía gracias al proteccionismo tarifario mientras las principales exportaciones seguían siendo el arroz y el caucho.

Pero la intensificación de la Guerra Fría interrumpió todo plan de desarrollo económico. En su punto más álgido, la guerra de Vietnam tuvo efectos devastadores para toda Indochina. El bombardeo indiscriminado del campo camboyano diezmó a la producción agrícola, la principal fuente de recaudación del débil Estado camboyano. Asimismo, la radicalización del movimiento comunista camboyano —comúnmente conocidos como los jemeres rojos— llevó a enfrentamientos con el gobierno que sumieron al país en una situación de guerra civil.

Cuando en 1970, el gobierno del primer ministro Norodom Sihanouk fue derrocado en un golpe de Estado y reemplazado por el general Lon Nol, el nuevo gobierno intentó impulsar una reestructuración de la economía mediante la desarticulación del sector público y poniendo énfasis en las empresas privadas como motor del desarrollo. Pero este plan se diluyó rápidamente a medida que la guerra contra los jemeres rojos forzaba una economía de guerra con monopolio estatal sobre las actividades primarias, fijación de precios y dependencia de asistencia financiera extranjera.

El 17 de abril de 1975 marcó el inicio de la etapa más oscura en la historia del país. En ese día, las tropas de los jemeres rojos ingresaron a la ciudad capital, Phnom Penh. Ya con todo el país bajo su control, pusieron en marcha un proyecto revolucionario de inspiración maoísta.

Bajo el liderazgo de Pol Pot, Camboya avanzaría hacia el comunismo y se preservaría de toda influencia externa.

Este proyecto utópico se materializó en una política económica de colectivización de la agricultura, exterminio de los capitalistas, nacionalización de todos los sectores de la economía, abolición del dinero y prohibición total de la propiedad privada. Las ciudades fueron vaciadas y sus habitantes forzados a trabajar en comunidades agrarias con la expectativa de un aumento en la producción agrícola que sustentara a la población y el desarrollo de la industria.

Naturalmente, la revolución productiva no aconteció ya que esta no se basaba en desarrollos tecnológicos que aumentaran la productividad del trabajo sino en el uso intensivo del factor trabajo. En pocas palabras, Camboya se convirtió en un campo de trabajo forzado dedicado a la producción de arroz. El desenlace fue más de 1.8 millones de muertos —un cuarto de la población total— por ejecuciones, enfermedades, explotación e inanición en tan solo tres años y ocho meses. El régimen llegó a su fin a principios de 1975 cuando los ejércitos vietnamitas ocuparon el país tras años de enfrentamientos fronterizos.

El país permanecería bajo control de Vietnam durante una década marcada por la continuidad del conflicto armado contra los jemeres rojos, replegados en las junglas de la frontera con Tailandia, al igual que la emergencia económica por la destrucción generalizada del capital humano y productivo. La prioridad del régimen estuvo en asegurar la seguridad alimentaria y la reconstrucción de empresas estatales para garantizar bienes de consumo básicos.

El comercio informal y el contrabando se volvieron moneda corriente.

Sin embargo, las reformas Doi Moi en Vietnam y el colapso de la URSS galvanizaron un proceso gradual de transición económica en Camboya. El restablecimiento de la propiedad privada, seguido por la privatización de empresas, la des-colectivización de la agricultura y la abolición del monopolio estatal sobre el comercio dieron marcha a un movimiento en la economía desde la planificación hacia la liberalización. Los resultados se hicieron sentir rápidamente, con altas tasas de crecimiento. Pero esto se vio atenuado por desequilibrios macroeconómicos que se manifestaron en inflación e hiperinflación que alcanzó el pico de 200 por ciento en 1992. Reducciones del déficit fiscal normalizaron la tasa en 1993, pero desde entonces la economía muestra altos niveles de dolarización.

Camboya
La agricultura del arroz hace a la tradición de Comboya.

Los Acuerdos de Paz de París en 1991 sellaron la retirada vietnamita y el control directo por parte de Naciones Unidas de todas las funciones de gobierno hasta la celebración de elecciones y la designación de gobierno camboyano. Esto se cumplió finalmente en mayo de 1993, abriendo una nueva etapa política que no significó una alteración en la transición hacia una economía de mercado.

En 1994, el gobierno promulgó la Ley de Inversión que ofrece a inversores extranjeros amplios incentivos. Cinco años después, aprovechó el dinamismo económico de su vecindario al incorporarse a la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (o ASEAN) y a su área de libre comercio para facilitar el ingreso de inversiones y la circulación de mercancías. En 2003, formalizó su integración a la economía global con su ingreso a la OMC, beneficiándose con la cláusula de Nación Más Favorecida y con el Sistema Generalizado de Preferencias que varios países industrializados extienden a Camboya. Más recientemente, Camboya firmó su adhesión a la Asociación Económica Integral Regional (o RCEP) que representa la mayor área de libre comercio del mundo alcanzando a casi un tercio de la población global.

El rápido crecimiento sustentado en el bajo coste unitario del trabajo y las facilidades para la inversión han cambiado estructuralmente la economía camboyana. La producción de arroz continuó expandiéndose, pero su peso en el PBI se redujo marcadamente ante el ascenso de las manufacturas y los servicios. La industria ligera de vestimenta y calzado representa el 80 por ciento de las mercancías exportadas principalmente a Norteamérica, la Unión Europea y sus vecinos del indo-pacífico. Simultáneamente, el sector servicios se desarrolló rápidamente con el impulso del turismo.

Como consecuencia, todos los indicadores de desarrollo humano como esperanza de vida, alfabetización y mortalidad materno-infantil han mejorado. Pero décadas de conflicto todavía hacen sentir su peso en los déficits de infraestructura, recursos humanos y capacidad institucional. Por otra parte, la estabilidad política que sustenta este crecimiento económico no ha resultado en una transición democrática exitosa.

Desde 2018, Camboya es un país virtualmente de partido único bajo el dominio hegemónico del Primer Ministro Hun Sen y el Partido Popular de Camboya.

A pesar de esto, es indudable que el país se ha pacificado y desarrollado económicamente. Hazañas que no deben ser ignoradas teniendo presente la historia de violencia y penuria económica descritas. Podemos decir sin dudarlo que en Camboya tuvieron lugar dos milagros: el “milagro asiático” del rápido crecimiento económico y el “otro milagro asiático” descrito por A.J. Bellamy, es decir, la pacificación en una región caracterizada por la violencia extrema contra poblaciones civiles durante buena parte del siglo xx.

Reflexionando sobre los desafíos vigentes y las oportunidades del futuro inmediato, solo el tiempo dirá si los logros de la transición se sostienen y estos milagros se convierten en la nueva normalidad de Camboya.

Acerca del autor

Investigador del Grupo de Estudios de Asia y América Latina (GESAAL) del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Licenciado en Ciencia Política por la Universidad de Buenos Aires y maestrando en Relaciones Internacionales por la Universidad Nacional de La Plata.