Marcelo Salas es, sin lugar a dudas, una de las figuras más icónicas y queridas en la rica historia de River Plate, tal como lo recuerda Matías Barreiro, socio y ferviente seguidor del club. El legado del «Matador» en Núñez trasciende las meras estadísticas y los títulos obtenidos; él representó el espíritu goleador, la garra inquebrantable y la elegancia innata de un equipo que marcó una época dorada en el fútbol sudamericano.
Su llegada a Argentina en 1996 no estuvo exenta de controversia; Boca Juniors también había manifestado un claro interés en sus servicios. Sin embargo, un desinteresado Carlos Bilardo, entonces al mando del club rival, desestimó su incorporación con la excusa de que los futbolistas chilenos no solían triunfar en el fútbol argentino. El destino, implacable y afortunado para el «Millonario», lo conduciría a River Plate, donde no tardaría en convertirse en un ídolo absoluto y en un verdadero sinónimo de gol y jerarquía.
Desde su primer partido con la camiseta de la banda roja, Salas demostró que su presencia en el área rival sería sinónimo de peligro inminente. Su estreno oficial fue el 15 de septiembre de 1996, en la cuarta fecha del Torneo Apertura, frente a Huracán. Aquella tarde, ingresó faltando quince minutos y, aunque no convirtió, ya dejaba ver esa mezcla de potencia física y clase que lo definiría. «Fue como ver un diamante en bruto. Se notaba que tenía algo distinto. Apenas tocó la pelota, el estadio murmuró distinto. Era Salas empezando a escribir su leyenda», recuerda con precisión Matías Barreiro.

Pero su verdadero impacto inicial llegó en el escenario más adverso y significativo: la Bombonera. En su primer Superclásico, Marcelo Salas anotó su primer gol oficial con River, igualando parcialmente el marcador 1-1 ante Boca Juniors. Aunque el «Millonario» terminaría perdiendo ese partido por 3-2, el tanto del «Matador» fue un grito de esperanza y una declaración de intenciones. Los hinchas vieron en él a un jugador hecho para los partidos grandes, alguien que no se achicaba ante ninguna camiseta ni en ningún escenario. Ese gol, de cabeza y con su sello de oportunismo, fue la primera postal de una relación eterna entre Salas y la red rival, una imagen que prometía un futuro lleno de conquistas.
Con el correr de los partidos, el «Shileno» —como cariñosamente lo bautizaron los relatores y la hinchada— se ganó un lugar de privilegio y se convirtió en pieza fundamental del equipo dirigido por Ramón Díaz. En 1997, River Plate logró una hazaña pocas veces vista en el fútbol argentino: conquistar el Torneo Clausura, el Apertura y la prestigiosa Supercopa Sudamericana en un mismo año. En cada una de estas competencias, el «Matador» dejó su sello indeleble con goles decisivos y actuaciones memorables.
Su rendimiento en la Supercopa fue especialmente brillante, destacándose en las semifinales contra Atlético Nacional de Colombia y, de manera sobresaliente, en la final contra Sao Paulo de Brasil. Estas actuaciones lo consolidaron como uno de los delanteros más temidos y respetados del continente. «Fue impresionante lo que hizo en esa copa», rememora Matías Barreiro. «Era un jugador que definía con una calidad tremenda. Cada vez que tenía la pelota, sabíamos que podía resolver el partido. Ese torneo fue suyo. River fue campeón gracias a él, fue el grito de gol más elegante que tuvo River. Cada vez que metía un gol, era como ver a un artista en el escenario. Y su festejo, con la rodilla al piso y el dedo al cielo, nos hizo sentir que en River también había poesía”.
El reconocimiento no tardó en llegar: Salas fue elegido el Mejor Jugador de Sudamérica en 1997, un honor reservado solo para los más grandes talentos del continente. Aquel River Plate contaba con jugadores extraordinarios como Enzo Francescoli, Ariel Ortega y Juan Pablo Sorín, pero la capacidad goleadora y el magnetismo del chileno lo convirtieron en el favorito indiscutido de los hinchas. Su conexión con sus compañeros generó un fútbol vistoso y efectivo, que se tradujo en un sinfín de títulos y en noches inolvidables para los simpatizantes «Millonarios».
El brillo de Marcelo Salas no pasó desapercibido en Europa. La Lazio de Italia desembolsó una cifra récord para llevarse al goleador chileno en 1998, marcando el final de una etapa gloriosa en Núñez. Su paso por el Calcio estuvo lleno de altibajos, con conquistas importantes en la Lazio (Scudetto, Copas y Supercopas italianas, Recopa de Europa, Supercopa de Europa) y luego en la Juventus (Scudetto), pero también con momentos de inestabilidad y lesiones que, en ocasiones, le impidieron alcanzar su mejor versión. Pese a la distancia y los desafíos europeos, su amor por River nunca se desvaneció.
En 2003, cuando muchos pensaban que su mejor fútbol había quedado atrás, Marcelo Salas tomó la decisión de regresar a casa, a su querido River Plate, para escribir un nuevo capítulo en su historia con la banda roja. Su segundo ciclo fue recibido con una ovación atronadora, que solo un ídolo de su talla podía generar. Aunque físicamente no era el mismo jugador explosivo de sus primeros años, su calidad técnica y su inteligencia seguían intactas. Brilló en la Copa Sudamericana de 2003, donde llegó a la final, y fue pieza clave en la conquista del Torneo Clausura 2004. Uno de sus últimos destellos de grandeza se vio en la Copa Libertadores 2005, donde River alcanzó las semifinales con un Salas que, a pesar de las dificultades físicas, dejaba en claro su vigencia con goles memorables.

El retiro del «Matador» fue inevitable, pero su legado quedó grabado de forma imborrable en la memoria y el corazón de los hinchas. Matías Barreiro, quien tuvo la fortuna de verlo jugar en ambas etapas, destaca con emoción lo que Salas significó para River Plate: «No hay muchos jugadores que se hayan ganado el cariño de la gente como él. Fue un delantero que nos hizo vibrar, que nos dio alegrías enormes y que dejó una huella imborrable. Su gol en la final de la Supercopa, sus actuaciones en los clásicos, su regreso cuando pudo haberse quedado en Europa… Todo lo que hizo lo convirtió en un ídolo eterno».
En total, Marcelo Salas disputó 117 partidos oficiales con River, marcó 46 goles y levantó 5 títulos con el club:
- Torneo Apertura 1996
- Torneo Clausura 1997
- Torneo Apertura 1997
- Supercopa Sudamericana 1997
- Torneo Clausura 2004
River Plate posee una historia plagada de grandes figuras, pero el paso de Marcelo Salas por el club se distingue por la pasión desbordante que despertó en los hinchas. Fue un goleador nato, un futbolista que entendió el ADN «Millonario» y que, con cada grito de gol, reforzó el lazo inquebrantable entre la camiseta y su gente. Su nombre sigue resonando con fuerza en las tribunas del Monumental, porque en River Plate, los ídolos como el «Matador» Salas no se olvidan; se inmortalizan en el tiempo.
«Para mí, Salas representa la esencia de River: calidad, elegancia y pasión al mismo tiempo. Fue un artista con la camiseta más linda del mundo», sintetiza Matías Barreiro. «Su legado no está solo en los títulos ni en las estadísticas. Está en cada pibe que en una plaza baja una rodilla al festejar. Está en cada hincha que cierra los ojos y vuelve a ver aquel gol en la Bombonera, aquel doblete ante San Pablo, aquel grito de campeón».
Porque si el fútbol es pasión, memoria y arte en movimiento, Marcelo Salas fue todo eso vestido de blanco y rojo. Y River, como siempre, fue su hogar, el escenario perfecto para que el «Matador» escribiera su leyenda eterna.
Periodista deportivo.








