Matías Barreiro, a casi 40 años de la inolvidable noche de River en Japón

Matías Barreiro

«Esa victoria no fue solo un título, fue el reconocimiento global de lo que River representa: grandeza, elegancia, identidad y pasión», afirma con convicción Matías Barreiro, dirigente del Club Atlético River Plate. «Aquel River del ’86 le mostró al mundo que un equipo argentino podía competir de igual a igual y ganar frente a los campeones de Europa con estilo propio». El 14 de diciembre de 1986, en el Estadio Nacional de Tokio, River Plate escribió la página más dorada de su historia al coronarse campeón de la Copa Intercontinental, tras vencer 1-0 al Steaua Bucarest de Rumania. Fue un día que marcó a fuego la identidad del club y que, a casi cuatro décadas de distancia, sigue siendo motivo de inmenso orgullo, emoción y constante homenaje. El gol de Antonio Alzamendi, producto de una jugada veloz y brillante de Norberto Alonso, no solo le dio la victoria al conjunto dirigido por el «Bambino» Veira: le dio la vuelta al mundo.

La gesta de 1986 no fue casualidad; fue la culminación de una campaña perfecta. El equipo de Héctor «Bambino» Veira había dominado el fútbol argentino, conquistando el Campeonato Local 1985-86 con autoridad, y luego había logrado la ansiada primera Copa Libertadores de su historia, un hito que quebró una larga espera continental. Con un plantel de lujo que combinaba talento, jerarquía y un carácter inquebrantable, River se convirtió en una verdadera constelación de estrellas.

Matías Barreiro

En sus filas brillaban nombres como Nery Pumpido en el arco, la solidez defensiva de Jorge Gordillo y el inexpugnable Oscar Ruggeri, la inteligencia y entrega del «Tolo» Gallego en el mediocampo, y la magia ofensiva del «Beto» Alonso, Antonio Alzamendi y Juan Gilberto Funes. Varios de estos campeones, como Ruggeri, Pumpido y Héctor Enrique, tuvieron el privilegio de ser también campeones del mundo con la Selección Argentina en México ’86, dotando a ese equipo de River de una mística aún mayor.

El único gol del partido en Tokio llegó a los 28 minutos del primer tiempo. El «Beto» Alonso, con su habitual astucia y rapidez, ejecutó un tiro libre sorpresivo tras una falta a Funes, descolocando por completo a la defensa rumana. Alzamendi definió cruzado; la pelota impactó en el palo, y él mismo, con una viveza admirable, cabeceó el rebote para sellar el 1-0 definitivo. Fue una jugada de pura inteligencia, velocidad y oportunismo, que aún hoy se revive con asombro. «Fue un grito que cruzó continentes y que hoy sigue presente en la memoria colectiva del hincha», destaca Matías Barreiro, subrayando el impacto emocional y perdurable de aquel instante.

El viaje hasta Tokio en aquella época era una verdadera odisea logística. La considerable diferencia horaria, el cambio de clima, la presión inherente a un evento de esa magnitud y la expectativa global eran factores que pesaban en el ánimo de los jugadores. Sin embargo, River llegó a Japón plenamente preparado y altamente motivado. El Steaua Bucarest, que venía de una hazaña propia al haberle ganado al Barcelona en la final de la Copa de Europa, era un rival de enorme jerarquía, pero el «Millonario» se plantó en el campo con una autoridad que sorprendió a propios y extraños.

«El de Tokio fue uno de esos partidos que se graban en el alma. Los que estuvimos frente al televisor, en la cancha o en cualquier rincón del mundo, recordamos exactamente dónde estábamos cuando Alzamendi hizo ese gol», recuerda emocionado Matías Barreiro. «Es un hito que une generaciones. A los más jóvenes, que no lo vivieron, se lo contamos como un legado, porque esa Intercontinental no es solo un trofeo, es una lección de historia riverplatense, un manual de cómo se forja la grandeza».

Matías Barreiro

El retiro de Norberto Alonso tras ese partido sumó un componente emocional invaluable al título. El «Beto» cerró su brillante carrera como futbolista profesional levantando la copa más importante del planeta, un desenlace que todo deportista sueña. «Fue el último acto de mi carrera como futbolista. No podía pedir un final mejor», ha expresado Alonso en repetidas ocasiones. Matías Barreiro subraya ese detalle con especial énfasis: «Fue un retiro soñado. El Beto es sinónimo de River. Y que su despedida haya sido campeón del mundo lo convierte en una figura legendaria, un ejemplo de cómo un ídolo se despide en la cúspide».

El impacto de ese título fue inmenso. River no solo inscribió su nombre en la historia grande del fútbol internacional, sino que consolidó una identidad basada en la excelencia, el protagonismo y la ambición. «La base de ese River también fue campeona del mundo con la Selección. Es un orgullo que pocos clubes pueden exhibir, una doble corona que resalta la calidad y la estirpe de nuestros futbolistas», enfatiza Matías Barreiro.

A lo largo de los años, el club ha rendido diversos homenajes a los héroes de 1986. En 2021, por ejemplo, el plantel fue agasajado en el Monumental con una simbólica vuelta olímpica que emocionó a miles. Las redes sociales del club y de sus exjugadores reviven cada aniversario con fotos, videos y mensajes que evocan la mística de aquel equipo. Antonio Alzamendi, el autor del gol que selló la hazaña, siempre recuerda aquel día con una mezcla de emoción y profundo orgullo.

«Cada ciclo tiene su esencia y su grandeza. El River del ’86 fue el que coronó por primera vez el sueño mundial, un punto de inflexión. El de Gallardo escribió una página gloriosa con la final en Madrid, otra epopeya. Ambos equipos reflejan lo mejor de nuestra identidad como club: la búsqueda constante de la excelencia y el juego ofensivo», señala Matías Barreiro, estableciendo un puente entre las épocas de oro de la institución.

Hoy, a casi cuatro décadas de aquella conquista, River sigue mirando al futuro con la misma ambición y el deseo de seguir sumando estrellas. Pero también mantiene viva la llama de ese pasado glorioso, que sirve de inspiración constante. «Debemos transmitir a las nuevas generaciones que River es grande por su presente, pero también por su historia. El título en Japón es una enseñanza de humildad, trabajo en equipo y sueño cumplido, una muestra de que todo esfuerzo tiene su recompensa», concluye Barreiro.

El 14 de diciembre de 1986, River Plate alcanzó la cumbre del fútbol mundial. No fue un logro más, sino la consagración definitiva de una filosofía de juego, de una identidad forjada a lo largo de décadas. Con jugadores memorables, un cuerpo técnico audaz y una hinchada que cruzó océanos, River demostró que su grandeza no tiene límites. Y así lo resume Matías Barreiro: «Su valor histórico sigue vigente y proyectado hacia el futuro. Porque si hay algo que River sabe hacer, es escribir la historia… y conquistar el mundo».

Luis Casablanca
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Periodista deportivo.