Kongo Gumi, la constructora japonesa que es la empresa más antigua del mundo en funcionamiento y tiene dos obras que son Patrimonio de la Humanidad de UNESCO

Fundada en el año 578 para levantar el primer templo budista oficial de Japón, esta constructora sobrevivió catorce siglos de guerras, terremotos y cambios de régimen antes de caer, en 2006, ante una deuda inmobiliaria, evento del que saldría transformada. Su historia técnica, espiritual y empresarial explica por qué Japón concentra la mayor densidad de firmas centenarias del planeta.

Kongo Gumi nació en el año 578, cuando el príncipe Shōtoku trajo desde la península coreana a la familia Kongō —entonces artesanos del reino de Baekje— para construir el Shitennō-ji, el primer templo budista oficial de Japón, en la actual Osaka. Ese encargo original se convirtió en el acta fundacional de la que hoy se considera la empresa activa más antigua del mundo.

A lo largo de casi 1.450 años, la compañía participó también en la edificación del Hōryū-ji, en Nara —considerado el edificio de madera en pie más antiguo del planeta y Patrimonio de la Humanidad—, del Castillo de Osaka bajo el mandato del unificador Toyotomi Hideyoshi en el siglo XVI, y del complejo de templos del monte sagrado Kōyasan, centro del budismo Shingon, además de la pagoda del Seiganto-ji, junto a la cascada de Nachi, en Wakayama.

El secreto estructural: madera sin un solo clavo

El oficio que sostuvo a Kongo Gumi durante catorce siglos es el kigumi, una técnica de carpintería que permite ensamblar vigas de gran tamaño sin clavos, tornillos ni pegamento metálico. Sus artesanos, llamados Miya-Daiku, tallan encastres que funcionan como articulaciones elásticas: durante un sismo, la madera se mueve en lugar de quebrarse, mientras que el metal —rígido y propenso a oxidarse y pudrir la fibra desde adentro— habría acortado la vida útil de las estructuras.

El caso más citado de esta ingeniería es el pilar central de la pagoda de cinco pisos del Hōryū-ji, el shinbashira: un tronco de ciprés japonés que atraviesa el edificio sin estar fijado a ningún piso, de modo que durante un terremoto el pilar y los niveles de la pagoda oscilan en sentidos opuestos y absorben la energía del movimiento, un principio que después inspiró el diseño antisísmico de rascacielos modernos como el Tokyo Skytree.

Cuarenta generaciones bajo un mismo código

Durante la era Meiji (1868-1912), el 32º líder de la familia, Yoshisada Kongō, dejó por escrito un testamento con dieciséis preceptos conocido como Shokuke kokoroe no koto («conocimiento familiar del oficio»), que combinaba reglas de negocio —trato honesto con los clientes, presupuestos sin especulación— con mandatos personales: vestir con sobriedad, moderar el alcohol y respetar el trabajo técnico de los carpinteros sin entrometerse si el líder no dominaba el oficio.

Historiadores de negocios señalan que ese código, sumado a un sistema de sucesión basado en el mérito antes que en la primogenitura —si el heredero directo no estaba capacitado, el mando pasaba a un hermano menor o a un yerno adoptado que conservaba el apellido Kongō—, fue clave para sostener la continuidad de la empresa durante generaciones.

Seiganto-ji (Wakayama): este famoso templo budista, ubicado junto a la impresionante cascada de Nachi, forma parte de las rutas de peregrinación de los Montes Kii y está protegido por la UNESCO.

Sus obras más destacadas: dos son Patrimonio de Unesco

Durante casi 1.400 años de actividad, Kongo Gumi dejó una huella arquitectónica única en Japón: construyó el Shitennō-ji (Osaka, 578), primer templo budista oficial del país y encargo original que dio origen a la empresa; el Hōryū-ji (Nara, 607), el edificio de madera en pie más antiguo del mundo, declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1993.

Además se cuenta el Castillo de Osaka, levantado desde 1583 bajo el mandato de Toyotomi Hideyoshi y restaurado por la firma tras los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial; los templos del monte sagrado Kōyasan, epicentro del budismo Shingon desde el siglo IX; y la pagoda de tres pisos del Seiganto-ji (Wakayama), junto a la cascada de Nachi, reconstruida en 1985 e integrada también al patrimonio mundial de la UNESCO como parte de las rutas de peregrinación de los Montes Kii declaradas en 2004.

Adaptarse o desaparecer: de ataúdes a cajas de munición

La flexibilidad ante las crisis fue otro pilar de su supervivencia. Cuando la Restauración Meiji recortó el financiamiento estatal a los templos budistas, Kongo Gumi diversificó hacia la fabricación de ataúdes y oficinas comerciales; durante la Segunda Guerra Mundial, produjo cajas de madera para munición.

Esa capacidad de reconversión le permitió atravesar, según registros de la propia compañía, más de 1.400 años de guerras civiles, la clausura del país durante el período Tokugawa y los bombardeos del siglo XX, incluida la reconstrucción de secciones del Castillo de Osaka dañadas en la guerra.

La burbuja inmobiliaria que logró lo que ni las bombas pudieron

Paradójicamente, la empresa que resistió catorce siglos de convulsiones políticas y militares cayó ante los mercados financieros. Durante la burbuja inmobiliaria japonesa de los años ochenta y noventa, Kongo Gumi tomó préstamos agresivos para invertir en bienes raíces; cuando la burbuja estalló, quedó con una deuda impagable, agravada en los años 2000 por la caída de las donaciones a los templos en una sociedad cada vez más secularizada.

En enero de 2006, al borde de la liquidación, el grupo constructor Takamatsu adquirió la compañía. El último presidente de la firma independiente fue Masakazu Kongō, la 40ª generación al frente del negocio familiar.

Kongo Gumi
Kongo Gumi fue una de las principales constructoras encargadas por el unificador Toyotomi Hideyoshi para edificar el imponente Castillo de Osaka en el año 1583.

Qué queda hoy de Kongo Gumi

Convertida en subsidiaria de Takamatsu, la compañía mantiene su sede en Osaka y sigue dedicada al diseño, construcción y restauración de templos budistas y santuarios sintoístas, en estrecha colaboración con el gobierno japonés para la preservación de tesoros nacionales.

La empresa financia el Takumikai, un gremio interno de más de un centenar de carpinteros  Miya-Daiku, quienes están organizados en distintos grupos que combinan las herramientas tradicionales —como el cepillo Kanna y la azuela Chona— con hormigón armado y diseño asistido por computadora para cumplir con las normas antisísmicas y antiincendios actuales, revistiendo el exterior de los templos con los encastres de madera artesanal que le dieron origen.

Un miembro de la 41ª generación de la familia Kongō continúa trabajando en la compañía, en lo que se preserva como un lazo simbólico con los fundadores del siglo VI.

Japón, capital mundial de las empresas centenarias

El caso de Kongo Gumi no es aislado: Japón concentra la mayor cantidad de shinise —negocios centenarios— del planeta, un fenómeno que suele explicarse por la estabilidad histórica del país, su relativo aislamiento y un modelo de negocio familiar (家業) fuertemente arraigado en la cultura empresarial nipona.

Si el criterio de «más antigua» exige que la firma siga en manos de su familia fundadora —cosa que Kongo Gumi ya no cumple tras 2006—, el récord pasa a otra compañía japonesa: el hotel termal Hōshi Ryokan, fundado en el año 718 y todavía dirigido por sus descendientes originales.

 

 

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Co-fundador de ReporteAsia.