La estrategia monetaria de China ha comenzado a captar atención en los mercados internacionales: mientras que el yuan mantiene una paridad estable frente al dólar, ha venido debilitándose de manera sostenida frente a la mayoría de las demás monedas internacionales. Este fenómeno, interpretado por analistas como una política deliberada de las autoridades monetarias chinas, apunta a fortalecer las exportaciones del país hacia socios comerciales distintos a Estados Unidos, en un contexto de tensiones económicas persistentes entre Beijing y Washington.
El índice CFETS, que mide el valor del yuan frente a una canasta de 25 divisas, alcanzó en junio su nivel más bajo desde diciembre de 2020. A pesar de una leve recuperación reciente, el indicador ha perdido alrededor de un 5% de su valor en lo que va de 2025. Esta tendencia ha sido consistente a lo largo del año, reflejando una depreciación amplia de la moneda china.
Entre las monedas frente a las cuales el yuan se ha debilitado se encuentran el euro, el yen japonés, el won surcoreano y el baht tailandés. En particular, la moneda china ha caído cerca de un 10% frente al euro desde finales del año pasado, alcanzando en abril una cotización no vista en casi once años. Esta pérdida de valor frente a monedas clave de Asia y Europa ha ido acompañada de un sostenido crecimiento en las exportaciones chinas hacia dichas regiones.
Lo llamativo de este ajuste cambiario es que no ha alcanzado al dólar estadounidense. De hecho, el yuan se ha apreciado levemente frente a la divisa norteamericana durante 2025, situándose alrededor de los 7,18 yuanes por dólar, dentro de una banda estable que no ha superado los 7,20 yuanes. Esto sugiere una estrategia selectiva: mantener la estabilidad con el dólar mientras se ajusta el tipo de cambio con el resto del mundo.
China opera bajo un sistema de tipo de cambio flotante gestionado. El Banco Popular de China establece un tipo de referencia diario —conocido como fix— en torno al cual el yuan puede fluctuar dentro de un rango muy limitado. Aunque esta tasa oficial suele diferir del valor que la moneda alcanza en los mercados offshore, funciona como un indicador del objetivo de las autoridades. En este caso, la estabilidad frente al dólar parece responder a la necesidad de evitar tensiones con Estados Unidos, donde las relaciones comerciales siguen siendo frágiles.
Las exportaciones chinas a Estados Unidos han sido severamente afectadas por la política arancelaria de la actual administración norteamericana. A pesar de una reducción acordada en mayo, los envíos hacia el mercado estadounidense continúan cayendo. En contraste, las exportaciones chinas hacia el sudeste asiático y la Unión Europea han mostrado un crecimiento significativo en los últimos meses, con subas interanuales del 21% y 8% en abril, y del 15% y 12% en mayo, respectivamente.
Este dinamismo exportador hacia Asia y Europa ha sido posible, en parte, gracias a la depreciación del yuan frente a las monedas de esas regiones. Un tipo de cambio más débil hace que los productos chinos sean más competitivos en precio, un factor determinante en mercados donde el consumo también se ve afectado por presiones inflacionarias y moderación del crecimiento económico.
En el contexto interno, China atraviesa una etapa de debilidad en la demanda doméstica, lo que incrementa su dependencia de los mercados internacionales como motores de crecimiento. Las autoridades parecen estar utilizando la política cambiaria como una herramienta más para sostener la actividad económica. Un yuan más barato en términos multimonetarios, sin provocar tensiones con Washington, se presenta como un equilibrio estratégico en medio de crecientes desafíos estructurales.
Modelos econométricos estiman que una depreciación del 10% del yuan en promedio ponderado por comercio podría incrementar las exportaciones de bienes en un 5% en un lapso de tres meses. En términos macroeconómicos, ello implicaría un impulso de 75 puntos básicos en el crecimiento del Producto Interno Bruto, un margen significativo para una economía que busca consolidar su recuperación tras las restricciones derivadas de la pandemia y las incertidumbres geopolíticas globales.
Los efectos de esta devaluación no se distribuyen de manera homogénea. El sudeste asiático, por su cercanía geográfica y vinculación en cadenas de suministro, es uno de los principales beneficiarios. Países como Tailandia, Vietnam, Malasia e Indonesia han registrado un incremento en la demanda de bienes intermedios y productos manufacturados chinos, lo que fortalece la integración regional liderada por China.
En Europa, a pesar de las tensiones políticas y los controles tecnológicos, el comercio bilateral con China continúa siendo robusto. Las importaciones europeas de equipos electrónicos, bienes de capital y productos químicos procedentes de China han aumentado, favorecidas por un euro fuerte frente al yuan. En este escenario, la depreciación del yuan no solo favorece las ventas chinas, sino que contribuye a contener la inflación importada en el viejo continente.
A nivel financiero, esta estrategia devaluatoria también tiene implicancias. La relativa estabilidad del yuan frente al dólar ha permitido a Beijing mantener un flujo de capitales más controlado, evitando fugas abruptas o movimientos especulativos. Al mismo tiempo, el debilitamiento frente a otras monedas no ha generado tensiones internas significativas, debido a la limitada exposición de los hogares chinos a activos denominados en moneda extranjera.
No obstante, existen riesgos latentes. Una caída prolongada del yuan frente a sus principales socios podría generar tensiones con algunos países, especialmente aquellos con déficits comerciales crónicos con China. Además, una eventual desaceleración en Europa o Asia, o una reescalada de los conflictos en Medio Oriente, podrían afectar la demanda de exportaciones chinas, limitando el impacto positivo de la estrategia cambiaria.
En paralelo, el gobierno chino continúa promoviendo una mayor internacionalización del yuan. Sin embargo, la reciente devaluación podría ralentizar este proceso si los inversores internacionales perciben mayor volatilidad o incertidumbre en torno a la estabilidad de la moneda. Para contrarrestarlo, Beijing deberá reforzar sus instrumentos de política monetaria y su compromiso con la apertura financiera gradual, garantizando previsibilidad para los actores globales.
La evolución del yuan en 2025 revela una política económica pragmática que combina flexibilidad táctica con una visión estratégica de largo plazo. Frente a las restricciones impuestas por la geopolítica y la desaceleración interna, China parece haber encontrado en la devaluación selectiva de su moneda una herramienta eficaz para reposicionarse en los mercados globales. Aunque sin hacer ruido, el yuan está cumpliendo un rol central en la arquitectura económica china del presente año.
Colaborador en ReporteAsia.













