México y Japón construyen una red submarina para anticipar el próximo gran terremoto del Pacífico

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Un proyecto conjunto en el Océano Pacífico entre la UNAM, Kioto y Tōhoku instala sensores en el fondo del océano frente a Oaxaca para detectar señales sísmicas antes de que se conviertan en catástrofe.

Bajo las aguas del Pacífico se extiende una cadena montañosa invisible: volcanes sumergidos que forman parte del Cinturón de Fuego, la franja responsable de más del 80% de los terremotos que sacude a México. Ya los griegos atribuían a la furia divina los temblores y maremotos; hoy la ciencia sabe que volcanes y sismos son fenómenos hermanados, productos de un mismo subsuelo en movimiento constante.

Una herida compartida desde 2011

México y Japón comparten esa costa golpeada por el mismo cinturón sísmico. En 2011, el sacudón de placas bajo el Pacífico japonés desencadenó una de las peores tragedias naturales del siglo: más de 15.000 muertos en una cadena de eventos que fue de terremoto a tsunami y de ahí a la fusión de tres reactores en la central de Fukushima. Cinco años más tarde, una delegación de sismólogos japoneses llegó al Instituto de Geofísica de la UNAM con una pregunta en común: cómo anticiparse a la próxima sacudida.

De ese encuentro nació un proyecto pionero entre la UNAM, la Universidad de Kioto y la Universidad de Tōhoku para desplegar una red de sensores submarinos y estaciones terrestres en las costas de Oaxaca, capaces de registrar en tiempo real deformaciones tectónicas, cambios de presión y actividad sísmica. A diferencia de los sensores en tierra, los equipos submarinos permiten observar de manera directa lo que ocurre en la zona de subducción, el corazón donde se cocina cada gran terremoto.

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Bajo las aguas del Pacífico se extiende una cadena montañosa invisible: volcanes sumergidos que forman parte del Cinturón de Fuego, la franja responsable de más del 80% de los terremotos que sacude a México.

Sismos lentos, la clave del aviso temprano

Esa precisión permite detectar incluso los llamados sismos lentos: liberaciones graduales de energía que generan señales de baja amplitud conocidas como tremores tectónicos. Estos tremores funcionan como posibles precursores de terremotos mayores cuando la placa ha acumulado suficiente energía.

El investigador del Instituto de Geofísica de la UNAM, Víctor Manuel Cruz Atienza, uno de los principales impulsores del proyecto, explicó que el interés está en saber si estos eventos ocurren cerca de la fosa oceánica, porque ahí pueden anticipar procesos que desemboquen en una ruptura sísmica de gran magnitud.

La memoria de lo que un terremoto puede desatar no es hipotética: frente a las costas de Oaxaca ya ocurrió en 1787 un sismo estimado en magnitud 8,6 que generó un tsunami de gran escala, un antecedente que la región no puede permitirse olvidar. Por eso uno de los objetivos centrales del proyecto es reducir el tiempo de reacción: cada minuto ganado antes del estallido sísmico puede ser decisivo para evacuar zonas costeras y salvar vidas.

Como resume Cruz Atienza, los terremotos amenazan en silencio la tranquilidad cotidiana, y la ciencia binacional busca, precisamente, romper ese silencio antes de que sea demasiado tarde.

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Colaboradora, especialista en Comunicación & Relaciones Internacionales.