El 37° aniversario de la represión de Tiananmen encuentra a los organizadores históricos de la vigilia de Hong Kong ante un tribunal de seguridad nacional, mientras las conmemoraciones se multiplican en la diáspora en más de 30 ciudades del mundo.
Treinta y siete años después de que el Ejército Popular de Liberación dispersara con tanques y fusiles las protestas estudiantiles en Beijing, el 4 de junio de 1989 sigue siendo una fecha que divide al mundo chino entre el silencio oficial y la memoria activa.
En los 37 años transcurridos desde la represión, todo debate sobre el incidente ha sido intensamente censurado en China continental, y las autoridades han borrado efectivamente el evento de su versión oficial de la historia. Pero la memoria, lejos de extinguirse, ha encontrado nuevos espacios.
Hong Kong: de la vigilia masiva al banquillo de los acusados
Durante décadas, Hong Kong fue la excepción en el mundo de habla china: multitudes de hasta cientos de miles de personas se reunían anualmente en el Victoria Park para recordar a los muertos y exigir que las autoridades chinas revelaran la verdad sobre lo ocurrido. La última gran vigilia organizada por la Alianza de Hong Kong se celebró en 2019.
La Ley de Seguridad Nacional impuesta por Beijing en 2020 cerró ese espacio. La vigilia fue prohibida en 2020 y 2021, inicialmente bajo el argumento del Covid-19. Desde entonces, la ley ha criminalizado efectivamente la protesta pacífica en la ciudad, incluidas las conmemoraciones de Tiananmen.

Este año, el telón de fondo del 37° aniversario de aquella fatídica jornada es un juicio de alto perfil. Chow Hang-tung y Lee Cheuk-yan, miembros de la Alianza de Hong Kong, fueron acusados de «incitar a la subversión del poder del Estado» en virtud de la Ley de Seguridad Nacional en septiembre de 2021. Llevan en prisión preventiva desde entonces, con la fianza denegada en múltiples ocasiones, y enfrentan hasta 10 años de cárcel si son declarados culpables.
Desde su celda, Chow Hang-tung anunció una huelga de hambre de 37 horas —una por cada año transcurrido desde la masacre— y reflexionó sobre el contraste: en Hong Kong no solo están prohibidas las vigilias con velas, sino que año tras año se organizan ferias y eventos festivos en los mismos lugares donde antes se conmemoraba a las víctimas.
Amnistía Internacional calificó el proceso como un intento de borrar la memoria histórica, y señaló que el caso no tiene que ver con la seguridad nacional, sino con reescribir la historia y castigar a quienes se niegan a olvidar a las víctimas.
La memoria que migró
La memoria se ha desplazado. Los hongkoneses en el exterior han asumido la tarea de la conmemoración en ciudades como Taipei, Londres, Manchester, Vancouver y Toronto. La migración de estas vigilias es algo más que un acto de desafío: es la evidencia de una reubicación forzada de la memoria pública.
En 2026, las conmemoraciones están previstas en más de 30 ciudades de 7 países, incluidos Australia, Canadá, Taiwán, el Reino Unido y Estados Unidos.
Taiwán ocupa hoy el lugar que Hong Kong no puede. En la edición 2025, alrededor de 3.000 personas se presentaron bajo la lluvia en la Plaza de la Libertad de Taipei para conmemorar el evento, según la organización Nueva Escuela para la Democracia. Este año, la vigilia en Taipei vuelve a ser el referente simbólico del mundo chino libre.
Zhou Fengsuo, ex líder estudiantil del movimiento de 1989, señaló que las decenas de actos conmemorativos en el exterior cumplen un rol fundamental contra los esfuerzos del gobierno chino por borrar la memoria: «Cuando el gobierno chino intensifica la represión de las conmemoraciones del 4 de junio, más personas en la comunidad de la diáspora se sienten impulsadas a ayudar a organizar o participar en los actos conmemorativos en todo el mundo».
América Latina: del apoyo de Cuba al silencio estratégico de hoy
La reacción latinoamericana de 1989 fue más heterogénea de lo que suele recordarse. El canciller cubano Isidoro Malmierca felicitó a las autoridades chinas por «derrotar los actos contrarrevolucionarios», y Fidel Castro apoyó abiertamente la represión como forma de frenar los elementos reformistas dentro del propio régimen cubano y consolidar las relaciones con Beijing. Fue la excepción regional.

El canciller chino Qian Qichen realizaba en ese momento una gira por América Latina en plena represión, y describió el contraste: mientras La Habana lo recibió con calidez, muchos gobiernos de la región expresaron su desaprobación, cancelaron sus visitas, e incluso los chinos de ultramar —que habitualmente recibían con entusiasmo a los funcionarios visitantes— lo recibieron con caras serias y cuestionaron el uso de la fuerza.
Treinta y siete años después, ese malestar inicial ha cedido paso a un pragmatismo casi uniforme. Ningún gobierno latinoamericano importante emitió declaraciones por el 37° aniversario. La profundización de los vínculos comerciales, financieros e infraestructurales con Beijing —litio, soja, puertos, préstamos— hace que Tiananmen sea, para la mayoría de las cancillerías de la región, un tema que no existe en el calendario diplomático.
Ese silencio es en sí mismo un dato político. No es neutralidad: es una elección.
37 años y sin responsables
El gobierno chino nunca ha aceptado su responsabilidad por la masacre ni ha exigido rendición de cuentas legal a ningún funcionario por las muertes. El número de víctimas continúa siendo disputado: las estimaciones oficiales chinas hablan de decenas de muertos; otras fuentes independientes elevan la cifra a varios cientos o incluso miles.
Lo que no está en disputa es el movimiento mismo: fue protagonizado mayoritariamente por estudiantes y trabajadores chinos que reclamaban reformas al interior de su propio sistema. No eran agentes extranjeros ni separatistas. Eran ciudadanos que querían una China mejor.
Esa distinción es la que la memoria de la diáspora se niega a dejar morir.
Periodista con sede en Brasil, experto en Relaciones Internacionales.












