El BOJ dejó su tasa de referencia sin cambios en 0,75%, pero revisó al alza las proyecciones de inflación y dejó abierta la puerta a una suba en junio. El conflicto en el Medio Oriente, y su impacto directo sobre el precio del petróleo, se instaló como la principal variable de incertidumbre.
El Banco de Japón (BOJ) decidió mantener su tasa de referencia en torno al 0,75% en su última reunión de política monetaria, en lo que representa la tercera reunión consecutiva sin cambios. La decisión era ampliamente esperada por los mercados, pero el comunicado oficial y la conferencia de prensa del gobernador Kazuo Ueda dejaron en claro que la calma en las tasas no refleja tranquilidad en el diagnóstico: el conflicto en el Medio Oriente se ha convertido en la principal fuente de incertidumbre para la economía japonesa.
El BOJ revisó al alza su proyección de inflación núcleo —que excluye alimentos frescos— para el año fiscal 2026, llevándola al 2,8% desde el 1,9% estimado en enero. Al mismo tiempo, recortó su proyección de crecimiento para el ejercicio en curso al 0,5%, frente al 1,0% previsto anteriormente. El diagnóstico es claro: el alza del petróleo presiona los costos, comprime las ganancias corporativas y erosiona el ingreso real de los hogares.
La vulnerabilidad energética de Japón frente al conflicto en Medio Oriente es estructural. El país importa más del 90% de su petróleo crudo desde esa región, lo que lo convierte en uno de los grandes demandantes globales más expuestos al cierre efectivo del Estrecho de Ormuz. Desde el inicio de los ataques estadounidenses e israelíes sobre Irán el 28 de febrero, la ruta marítima que conecta los proveedores del Golfo Pérsico con los mercados asiáticos ha sufrido disrupciones severas. Para Tokio, una escalada prolongada no es un riesgo geopolítico abstracto: es una amenaza directa a su matriz energética y a su cadena de suministro industrial.
Ueda reconoció públicamente que la situación presenta un dilema de manual para cualquier banco central: la inflación sube, pero por razones de oferta —el alza del petróleo— y no por demanda doméstica robusta ni por aumentos salariales sostenidos, que es el tipo de inflación que el BOJ busca consolidar para declarar cumplida su meta del 2%. Subir las tasas para contener precios que vienen del exterior podría enfriar aún más una economía ya debilitada. No subirlas, en cambio, arriesga dejar al yen sin ancla y acelerar la inflación importada.
La tensión quedó expuesta en la votación interna: tres de los nueve miembros del Consejo de Política —Hajime Takata, Naoki Tamura y Junko Nakagawa— votaron a favor de subir la tasa al 1,0%, argumentando que los riesgos inflacionarios están sesgados al alza. Fue la mayor disidencia registrada desde que Ueda asumió la conducción del banco en abril de 2023. El propio gobernador admitió tomar esa posición «con seriedad» y reconoció que refleja la «dificultad» de navegar un shock de oferta en simultáneo con presiones de precios.
El BOJ ajustó además el lenguaje de su informe trimestral: donde antes decía que seguiría normalizando la política monetaria en función de la «mejora» de la actividad económica y los precios, ahora habla de hacerlo en respuesta a los «desarrollos» en esas variables. El cambio es sutil pero significativo: sugiere que el banco está más atento a los riesgos de desviación —tanto al alza en inflación como a la baja en crecimiento— que a un sendero de normalización predefinido.
Los mercados cambiarios reaccionaron de inmediato: el yen se apreció frente al dólar tras el anuncio, quebrando brevemente la barrera de los 159 yenes por dólar. La expectativa de que el BOJ podría subir tasas en la reunión de junio actuó como soporte para la moneda japonesa, que había estado bajo presión sostenida por el diferencial de tasas con Estados Unidos. Mantener esa expectativa viva es, en sí mismo, parte del instrumento de política: un yen demasiado débil amplifica la inflación importada y retroalimenta el problema que el banco intenta resolver.
Para América Latina, el escenario no es neutro. Un yen que se fortalece encarece las importaciones japonesas para la región y puede afectar las decisiones de inversión de empresas japonesas con presencia en mercados como México, Brasil y Argentina. Al mismo tiempo, la normalización monetaria del BOJ —aunque gradual— forma parte de un reajuste global de tasas que reconfigura los flujos de capital hacia economías emergentes. La velocidad y el timing de ese proceso dependerán, en buena medida, de lo que ocurra en el Estrecho de Ormuz.
Co-fundador de ReporteAsia.













