Irán exhibe los daños en mezquitas de Teherán tras las protestas más violentas

Teheran

El gobierno iraní organizó este miércoles un recorrido para medios internacionales por distintos puntos de Teherán con el objetivo de mostrar los destrozos sufridos por mezquitas y centros religiosos durante las protestas masivas que sacudieron al país a comienzos de enero. Las autoridades señalaron estos ataques como una prueba del carácter violento de las manifestaciones y volvieron a responsabilizar a Estados Unidos e Israel de alentar los disturbios que derivaron en una represión con miles de muertos, según denuncian organizaciones de derechos humanos.

Durante la visita, periodistas extranjeros pudieron ingresar a dos mezquitas y a un seminario religioso que fueron incendiados en la noche más tensa de las movilizaciones, cuando las protestas alcanzaron su punto máximo tras varios días de creciente confrontación en las calles. Las manifestaciones, que habían comenzado a fines de diciembre impulsadas por el deterioro económico, evolucionaron rápidamente hacia consignas políticas que cuestionaban directamente la continuidad de la República Islámica.

En el barrio oriental de Tehranpars, la mezquita Beheshti mostraba aún las huellas de aquella noche. El interior se encontraba completamente calcinado, con alfombras reducidas a cenizas y ejemplares del Corán quemados. En las paredes ennegrecidas podían leerse consignas hostiles dirigidas contra Estados Unidos y el entonces presidente Donald Trump. Mojtaba Shaterali, integrante de la junta directiva del templo, relató que una multitud enfurecida llegó hasta el lugar, rompió ventanas y puertas y puso en riesgo la vida de quienes se encontraban dentro. Según su testimonio, miembros de los basij intentaron contener el ataque, pero no lograron impedir que el edificio fuera incendiado.

Una escena similar se repetía a poca distancia, en la mezquita Al Aqsa. Allí, uno de sus responsables explicó que cientos de personas ingresaron al recinto y destruyeron todo a su paso, desde motocicletas hasta alfombras y equipamiento interno. Varios miembros del personal resultaron heridos durante el asalto, mientras el fuego consumía buena parte del edificio.

Las mezquitas ocupan un lugar central en la simbología del sistema político iraní y, según fuentes oficiales, decenas de ellas fueron atacadas solo en la capital. El líder supremo, Ali Jameneí, aseguró en un discurso que los daños alcanzaron a cientos de templos en todo el país, una cifra que el gobierno utiliza para reforzar su narrativa sobre la gravedad de los disturbios.

Las autoridades insisten en que la violencia fue provocada por grupos infiltrados apoyados desde el exterior, mientras que organizaciones como Amnistía Internacional describen la respuesta estatal como una masacre. Según estas denuncias, las fuerzas de seguridad dispararon contra manifestantes desarmados desde distintos puntos elevados y los centros médicos se vieron desbordados por la llegada de cadáveres.

En paralelo a la represión, el gobierno desplegó un amplio operativo de seguridad que aún se percibe en las calles de Teherán y ordenó un apagón casi total de las comunicaciones. El corte de internet y de las llamadas internacionales aisló al país del exterior en los días más críticos, en un intento por frenar la coordinación de las protestas.

Las personas consultadas durante el recorrido oficial coincidieron en describir movilizaciones de gran magnitud, con cientos y hasta miles de manifestantes en algunas zonas. Mientras Irán busca consolidar su versión de los hechos ante la comunidad internacional, las imágenes de mezquitas destruidas se convierten en un nuevo capítulo de una crisis que sigue dejando profundas heridas en la sociedad iraní.

 

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