Ohaguro, la antigua práctica japonesa de ennegrecer los dientes, resulta un fascinante capítulo en la historia cultural de Japón. Esta tradición, cuyo nombre deriva de los caracteres japoneses para «dientes» (歯) y «negro» (黒), alcanzó su máximo esplendor entre los siglos X y XIX, especialmente durante los periodos Heian, Kamakura y Edo.
Más allá de la estética, un reflejo de los valores de la época
Como suele suceder con estas cuestiones, el ohaguro era mucho más que una moda estética: representaba ideales sociales, culturales y espirituales profundamente arraigados. Para las mujeres, simbolizaba la madurez y la transición a la vida adulta. Además, era una señal de fidelidad y compromiso matrimonial y se consideraba un signo de elegancia y refinamiento. Los hombres, particularmente los samuráis, también adoptaron esta práctica como una expresión de lealtad hacia su señor. Además, el color negro, que no puede ser alterado por otros colores, representaba la solidez, la dignidad y la sumisión, valores esenciales en la sociedad japonesa tradicional.
La técnica para ennegrecer los dientes era minuciosa y requería una mezcla de limaduras de hierro, vinagre y sustancias ricas en taninos, conocida como kanemizu. A pesar de lo que puede parecer a simple vista, esta solución, además de proporcionar el característico tono negro, tenía ciertos beneficios para la salud: actuaba como un sellador dental y protegía los dientes del deterioro y las caries. Esta resulta una cuestión importante si pensamos en que se trataba de una época en la que los estudios sobre la salud bucal aún eran escasos.

Las primeras referencias al ohaguro aparecen en textos clásicos como el «Genji Monogatari» del siglo XI y el «Tsutsumi Chūnagon Monogatari» del siglo XII. En estas obras, el aspecto de los dientes negros se asocia con los ideales de belleza de la época. No obstante, también se ha encontrado la mención de personajes que rechazan esta práctica, lo que sugiere que no todos compartían la misma visión sobre su atractivo y prestigio.
A lo largo de los siglos, el ohaguro evolucionó de ser una costumbre exclusiva de la aristocracia y la nobleza a convertirse en una práctica ampliamente adoptada por mujeres de clases sociales más bajas, especialmente las casadas y las geishas.
Durante el periodo Kamakura, los samuráis comenzaron a adoptar el ohaguro como parte de su ritual de madurez, conocido como genpuku, marcando su transición a la edad adulta y su compromiso con el código de honor bushido. En el caso de las mujeres, el ennegrecimiento de los dientes solía coincidir con el matrimonio, simbolizando su nueva posición en la sociedad y su dedicación a su familia.
Las sandalias tradicionales que acompañan el kimono japonés: geta y zori
De símbolo de prestigio a vestigio del pasado
El periodo Edo trajo consigo una mayor estratificación social en el uso del ohaguro. Mientras que los hombres comenzaron a abandonar esta práctica, se consolidó entre las mujeres casadas y las geishas, ya que se lo consideraba una parte esencial de su apariencia y un distintivo de su profesión. Las maiko, aprendices de geisha, también se ennegrecían los dientes como parte de su ceremonia de transición a geisha de pleno derecho, conocida como erikae. Este gesto simbolizaba su «matrimonio» con las artes que practicaban.
Con la llegada del periodo Meiji (1868-1912) y la apertura de Japón a influencias occidentales, el ohaguro comenzó a ser percibido como una práctica arcaica e incompatible con los ideales modernos de belleza. En 1870, el gobierno prohibió su uso entre los hombres. Más tarde, en 1873, la emperatriz Shōken apareció en público con dientes blancos, marcando así el comienzo del declive del ohaguro entre las mujeres. De esta forma, hacia finales de la época Meiji esta costumbre había desaparecido casi por completo y permaneció solo en algunas comunidades rurales y entre mujeres ancianas.

Hoy en día, el ohaguro se mantiene vivo en ciertos contextos culturales y artísticos. Puede observarse en festivales tradicionales (“matsuri”), representaciones de kabuki y en los distritos de geishas, donde las maiko continúan utilizándolo como parte de su entrenamiento. También es común que se recree en películas y series históricas.
Aunque para los ojos occidentales de la época Edo resultaba desconcertante e incluso repulsivo, para los japoneses era una expresión de identidad y pertenencia. Críticos extranjeros como Rutherford Alcock, quien visitó Japón en el siglo XIX, describieron el ohaguro como una costumbre «desfigurante» que restaba belleza a las mujeres. Sin embargo, no hay que olvidar que cada comunidad tiene sus propias costumbres y principios y que estos deben ser respetados. Los japoneses veían en esta práctica una reafirmación de los valores tradicionales y una manera de destacar los ideales locales frente a las influencias externas.













