Hombres que eligen no ser padres: el fenómeno crece en Australia y espeja la transición demográfica latinoamericana

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El 15% de los varones australianos ya descarta la paternidad, según la encuesta HILDA. La tendencia, que combina razones familiares, económicas y culturales, dialoga con el desplome de la natalidad en América Latina, donde la fecundidad cayó a mínimos históricos.

La decisión de no tener hijos dejó de ser una rareza estadística para convertirse en un fenómeno social medible. En Australia, la edición 2025 de la encuesta HILDA (Household, Income and Labour Dynamics in Australia), uno de los relevamientos socioeconómicos más importantes del país, registró que cerca del 15% de los varones afirma no querer descendencia, frente al 11% de 2005. El dato, que a primera vista parece una curiosidad local, es en realidad una pieza más de un rompecabezas global que también atraviesa —y con particular intensidad— a América Latina.

Un fenómeno con nombre propio: los childfree

Lo novedoso del caso australiano no es solo la cifra, sino el objeto de estudio. La investigación académica sobre la infancia voluntariamente descartada —lo que en inglés se conoce como ser childfree— se concentró históricamente en las mujeres, sobre quienes recae un mandato social más fuerte y mayores costos asociados a la maternidad. La experiencia masculina quedó relegada, y recién ahora comienza a analizarse de manera sistemática.

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Imogene Smith, psicóloga clínica y docente del Cairnmillar Institute, es una de las pocas investigadoras australianas que estudió específicamente a los hombres sin hijos por elección. Sus relevamientos identifican un patrón de motivos recurrentes: la familia de origen aparece en primer lugar, con varones que señalan la relación con sus propios padres o la experiencia de crecer en hogares numerosos como factores disuasivos. Le siguen los temores por el contexto climático y político, la posibilidad de transmitir condiciones hereditarias de salud y, de manera llamativa, las preocupaciones económicas: aun tratándose de profesionales de clase media, muchos participantes explicaron que no veían forma de costear una vivienda más grande para criar un hijo.

A eso se suma el efecto contagio de la paternidad ajena: la observación directa de hermanos y amigos con hijos, sin tiempo libre y con la vida íntima condicionada por la crianza, funciona como confirmación de la decisión. Y un dato cultural relevante: la mayoría de los entrevistados asegura que la presión social por perpetuar el apellido o los cuestionamientos a su masculinidad simplemente les resultan indiferentes. Lejos de sentirse señalados, reivindican otras formas de dejar legado: trabajo con jóvenes, donaciones y tareas comunitarias.

El sesgo de género persiste

La comparación con las mujeres revela una asimetría que trasciende fronteras. Un estudio de la Universidad de Nueva Gales del Sur (UNSW) encontró que los hombres sin hijos son percibidos con mayor calidez interpersonal que las mujeres que toman exactamente la misma decisión.

Otra investigación sobre estigma social lo resume con crudeza: mientras a ellas se las etiqueta como «solteronas», a ellos se los ve como personas que «viven el sueño». El fenómeno es el mismo; la vara social, no.

El espejo latinoamericano: una región que dejó de ser joven

Si en Australia el fenómeno se mide en encuestas de intención, en América Latina ya se lee en las estadísticas vitales. La CEPAL describe la caída de la fecundidad regional como un fenómeno sin precedentes: el promedio latinoamericano descendió a 1,8 hijos por mujer, muy por debajo de la tasa de reemplazo de 2,1, con lo cual la región ya registra una fecundidad menor que la de África, Oceanía e incluso Asia, y apenas superior a la de Norteamérica y Europa.

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El Cono Sur encabeza la transición. Chile ostenta la tasa más baja de América Latina y una de las más bajas del mundo, en torno a 1,1 hijos por mujer, un registro comparable al de Corea del Sur o Japón, los casos extremos del «invierno demográfico» asiático. Uruguay ronda 1,4 y Argentina 1,5, aunque los datos más recientes del Ministerio de Salud argentino profundizan el cuadro: en 2024 se registraron 413.135 nacimientos, una caída del 47% respecto de los casi 777.000 de 2014, y en la Ciudad de Buenos Aires la fecundidad se desplomó a 0,9 hijos por mujer, uno de los valores más bajos del continente.

Las causas se superponen con las que describen los estudios australianos: urbanización, mayor educación y participación laboral femenina, cambio de valores en las nuevas generaciones, hogares unipersonales en expansión y una presión económica que convierte la crianza en un proyecto percibido como inviable. La región pasó de ser una sociedad joven a una adulta joven en 2021, y se proyecta que hacia 2050 será una sociedad envejecida.

Lo que Australia adelanta y lo que América Latina confirma

La diferencia entre ambos casos es de registro, no de fondo. Australia mide la intención declarada —hombres que verbalizan y asumen públicamente su decisión de no ser padres—, mientras América Latina exhibe el resultado agregado: cunas vacías, maternidad postergada y pirámides poblacionales que se invierten. Pero el hilo conductor es el mismo: la paternidad dejó de ser un destino automático para convertirse en una elección, y una porción creciente de la población —masculina incluida— está eligiendo que no.

Para una región que construyó su bono demográfico sobre la juventud, y que mira a Asia Oriental como espejo anticipado de su propio envejecimiento, el fenómeno childfree ya no es una excentricidad anglosajona: es el próximo capítulo de su propia historia demográfica.

 

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Colaboradora en ReporteAsia.