Uso de esteroides: cómo se volvió un fenómeno global

El uso de esteroides está en auge entre hombres jóvenes en todo el mundo. Lo que comenzó como una práctica reservada a atletas profesionales se ha convertido en un fenómeno social impulsado por redes sociales, modelos corporales inalcanzables y el fácil acceso a sustancias ilegales o mal reguladas.

De los gimnasios clandestinos al fenómeno público

Durante décadas, el uso de esteroides anabólicos androgénicos se asoció con atletas de alto rendimiento o fisicoculturistas de élite. Sin embargo, a partir de la década de 2000, la práctica comenzó a trasladarse fuera de los gimnasios de competición. En Estados Unidos, Reino Unido, Australia y diversos países de América Latina, los organismos de salud pública han identificado un crecimiento sostenido en el consumo recreativo de esteroides entre hombres jóvenes de entre 18 y 35 años. Investigadores de la Universidad de Harvard estiman que más del 80 % de los consumidores actuales no participan en competencias deportivas, sino que buscan mejorar su apariencia física o alcanzar un ideal de masculinidad promovido por internet.

Según un estudio de la Organización Mundial de la Salud de 2022, se calcula que al menos 30 millones de personas han usado o usan actualmente esteroides anabólicos alguna vez en su vida. Esta cifra incluye tanto a usuarios médicos legítimos —tratamientos hormonales o terapias de reemplazo de testosterona— como a consumidores no supervisados que adquieren los productos en el mercado negro o en tiendas en línea. En América Latina, el acceso sin receta continúa siendo habitual pese a las restricciones legales.

¿Qué impulsa el auge actual del uso de esteroides?

El factor principal detrás del aumento es el cambio cultural en torno al cuerpo masculino. Durante la segunda mitad del siglo XX, los estereotipos mediáticos comenzaron a celebrar cuerpos extremadamente musculosos, desde actores como Arnold Schwarzenegger en los años setenta hasta la generación actual de influencers fitness. La diferencia es que ahora las redes sociales permiten una exposición constante: una galería interminable de cuerpos trabajados que establece nuevos estándares de comparación.

Harrison Pope, psiquiatra de la Escuela de Medicina de Harvard y uno de los investigadores pioneros en el tema, sostiene que la exposición diaria a estos modelos físicos ha generado una forma de dismorfia muscular: la creencia persistente de que uno no tiene suficiente tamaño o definición, incluso cuando el cuerpo es objetivamente musculoso. Este fenómeno afecta desproporcionadamente a hombres jóvenes y adolescentes, muchos de los cuales consideran los esteroides como un atajo para lograr un cambio rápido y visible.

Un ejemplo ilustrativo es el del exsoldado estadounidense Daniel Coffeen, quien tras dejar el Ejército comenzó a usar esteroides buscando un físico más marcado. Su caso retrata el punto de inflexión en el que el rendimiento deja de ser el objetivo y la imagen corporal pasa a ocupar el centro de la motivación.

De la legalidad a la clandestinidad

El marco legal de los esteroides varía ampliamente según el país. En Estados Unidos, fueron incluidos en 1990 dentro de la lista de sustancias controladas de la Ley de Esteroides Anabólicos, equiparándolos con los opioides moderados en términos de penalización por posesión o venta sin receta médica. En Europa Occidental, el control es igualmente estricto, aunque la fiscalización suele enfocarse en los distribuidores más que en los usuarios. En América Latina, el mosaico normativo es más disperso. Países como México o Brasil permiten el acceso a ciertas variantes mediante prescripción médica, una brecha que ha sido explotada por vendedores informales.

El auge de laboratorios clandestinos —muchos de ellos operando a través de canales digitales y redes sociales— ha multiplicado la disponibilidad de productos. Estas estructuras van desde operaciones domésticas rudimentarias hasta pequeñas factorías que importan sustancias activas desde Asia para su venta en frascos con etiquetado profesional. Investigaciones recientes en el Reino Unido y Australia revelan que gran parte del contenido de los viales adquiridos en línea no coincide con la formulación anunciada: pueden incluir contaminantes, dosis inexactas o sustitutos químicos desconocidos.

¿Qué riesgos reales encierra el uso prolongado de esteroides?

Los riesgos médicos de los esteroides anabólicos han sido documentados durante décadas, pero su carácter multifactorial —y su uso no estandarizado— dificulta predecir sus consecuencias a largo plazo. Los efectos más conocidos incluyen hipertensión arterial, dislipidemias, cambios hepáticos y atrofia testicular. A nivel endocrino, los ciclos prolongados pueden suprimir la producción natural de testosterona, generando dependencia de terapias de reemplazo hormonal. Además, estudios recientes de la Universidad McLean vinculan el uso crónico con un mayor riesgo de infarto agudo de miocardio antes de los 50 años.

Los riesgos psiquiátricos también son notorios. Diversas investigaciones refieren una relación entre el abuso de esteroides y el aumento de episodios de irritabilidad, agresión, insomnio y cuadros depresivos tras interrumpir su uso. En redes de usuarios, algunos relatan síntomas de abstinencia similares a los de otras drogas estimulantes, lo que refuerza la noción de dependencia psicológica más que fisiológica.

La “polifarmacia” del culturismo moderno

En el entorno del fitness actual, el uso de esteroides se combina cada vez más con otros compuestos: hormona del crecimiento, insulina, moduladores selectivos de estrógenos y medicamentos veterinarios adaptados al consumo humano. Este fenómeno es conocido como polifarmacia, un entramado en el que los usuarios mezclan sustancias para potenciar sus efectos o contrarrestar efectos adversos.

Según la investigadora australiana Katinka van de Ven, quienes practican polifarmacia exponen su organismo a interacciones impredecibles. Algunos compuestos, como el clenbuterol —aprobado solo para el tratamiento del asma en caballos— o el trenbolona, un esteroide usado para engorde de bovinos, se comercializan abiertamente entre culturistas pese a carecer de aprobación médica humana. Las consecuencias incluyen fallas metabólicas y dependencia de dosis de mantenimiento para evitar colapsos hormonales.

¿Cómo influyen las redes sociales y los influencers fitness?

Las plataformas digitales han transformado el uso de esteroides en un tema cotidiano. Lo que antaño se comentaba en vestuarios hoy se muestra en transmisiones en vivo con guías, porcentajes de dosificación y testimonios de transformación física. Influencers con audiencias millonarias comparten rutinas que mezclan entrenamiento con estrategias químicas. En algunos casos, se presentan como “educadores” sobre uso responsable, mientras otros banalizan su consumo a través del humor o la autoparodia.

Canales como More Plates More Dates, en YouTube, o cuentas de TikTok conocidas como The Tren Twins, se han convertido en referentes de una cultura que mezcla información técnica con entretenimiento. Este tipo de contenido normaliza la práctica y reduce las barreras morales hacia las drogas de mejora del rendimiento. Al mismo tiempo, algunos creadores admiten su propio consumo, reforzando la idea de que un físico hipertrófico solo es posible mediante esa vía.

Entre la identidad y la dependencia

Más allá del aspecto físico, el uso continuado de esteroides modifica la percepción de identidad del usuario. Exfisicoculturistas como el británico David Crosland sostienen que, tras años de consumo, el cuerpo se convierte en un signo identitario: el tamaño y la fuerza pasan a definir quién se es. Algunos usuarios relatan que abandonar los esteroides equivale a perder no solo masa muscular sino autoestima y propósito. La comunidad médica reconoce esta dimensión psicológica, pero son escasos los programas de apoyo específicos para la dependencia de esteroides.

En varias regiones, las clínicas de desintoxicación tratan a consumidores de opioides o alcohol, pero no cuentan con protocolos especializados en suspensión de esteroides. Los pocos servicios disponibles se ubican en centros deportivos universitarios o en proyectos piloto de salud masculina, donde el énfasis se centra en la educación y la monitorización de sangre y presión arterial.

La respuesta institucional: lenta y fragmentaria

Hasta ahora, la respuesta de las autoridades sanitarias ha sido desigual. Mientras que la Agencia Antidopaje Mundial mantiene regulaciones estrictas para el deporte profesional, el espacio recreativo carece de estándares uniformes. Algunos países han lanzado campañas de prevención dirigidas a menores, poniendo el foco en los riesgos cardiovasculares y de fertilidad. Sin embargo, estas estrategias enfrentan el reto de una generación que obtiene su información médica en comunidades digitales más influyentes que los organismos oficiales.

En Estados Unidos, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) retiró hace años la aprobación de ciertos anabólicos como oxandrolona por problemas de seguridad. En la práctica, las versiones genéricas siguen circulando bajo nombres comerciales en foros y tiendas de suplementos. Lo mismo ocurre en Europa, donde los controles fronterizos detectan un flujo constante de viales importados ilegalmente desde Europa del Este. En América del Sur, la situación es aún más compleja por la falta de coordinación entre aduanas y autoridades de salud.

La normalización cultural y sus costos

La última década ha visto emerger una narrativa de autooptimización masculina: suplementos, hormonas y rutinas extremas como parte legítima del cuidado personal. En este contexto, el uso de esteroides deja de considerarse trampa o desviación, y se presenta como una herramienta legítima de mejora corporal. Pero esta normalización encierra un costo sanitario todavía incalculable.

Diversos expertos predicen que dentro de 20 o 30 años se observarán los efectos del consumo masivo en cohortes de varones jóvenes: problemas cardíacos prematuros, infertilidad persistente y trastornos de salud mental asociados a la autoexigencia estética. Los médicos ya reportan un aumento de consultas por terapias de reemplazo de testosterona en hombres de menos de 35 años, una tendencia antes reservada a adultos mayores.

Aun así, quienes continúan usando esteroides sostienen que su decisión es una cuestión de libertad individual. Muchos, como Coffeen, afirman ser conscientes de los riesgos, pero priorizan la satisfacción inmediata de sentirse más fuertes o congruentes con la imagen que proyectan. Es esta brecha entre la percepción del riesgo y la recompensa visual lo que mantiene el ciclo de consumo.

Un espejo de nuestra era digital

El uso de esteroides está dejando de ser un fenómeno marginal para convertirse en un reflejo de la cultura contemporánea: obsesión por la mejora constante, idolatría del cuerpo y la búsqueda de reconocimiento a través de la imagen. En ese contexto, el fenómeno no puede entenderse solo como un problema de dopaje o salud pública, sino como un síntoma del modo en que la sociedad define hoy el éxito físico y la identidad masculina.

La pregunta ya no es quién usa esteroides, sino cuántos lo hacen sin saber realmente qué están introduciendo en su cuerpo. Entre la indiferencia institucional y la glorificación digital, el desafío que viene consiste en diseñar políticas de daño reducido, educación y seguimiento médico que enfrenten la realidad sin estigmas pero sin complacencia. Porque, en última instancia, la normalización del uso de esteroides es también la normalización de una cultura que exige a los hombres ser más grandes, más definidos y más visibles, sin importar el costo interno.

Médica clínica especializada en nutrición y longevidad |  + posts

Oli Seoane es médica clínica especializada en nutrición y longevidad. Se dedica a la prevención y a derribar mitos de salud con información clara, basada en evidencia. Como comunicadora, traduce la ciencia a un lenguaje simple para ayudar a las personas a vivir mejor.